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16 Jun 2012

“Antes muerto que separado de mis hijos”

Los desahucios amenazan la unidad de las familias. La Consejería de Asuntos Sociales ofrece alojar a los hijos en casas de acogida. Una veintena de desalojos han sido aplazados hasta la finalización del curso escolar.




El dominicano Ronale de la Cruz, de 48 años, es un ejemplo de lucha. Así lo sienten los amenazados por desahucios que se reúnen cada martes en el local de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), situado en la calle Bocangel 2 (Ventas) para organizar nuevas acciones contra los desalojos.

Su historia se hizo pública en febrero: “El día 9 salí en los periódicos como si fuera un actor ¡Coño chico! Parecía un comando, había decenas de agentes, teníamos las de perder”, cuenta con una sonrisa pletórica. Esa mañana varios furgones de antidisturbios acudieron a su casa de Villaverde para desalojar a su familia. Desde que perdió el trabajo en 2009, Ronale no pagaba la hipoteca que había contraído con Bankia. De La Cruz llevaba dos años en paro y apenas podía mantener a su familia. No podía ni pagar las excursiones del colegio a sus dos hijas pequeñas, matriculadas en el concertado Nuestra Señora del Carmen, situado en frente de su casa. Cuando la policía estaba a punto de entrar en el edificio, los indignados de la PAH bloquearon el portal e impidieron el paso a los agentes y a la comisión judicial enviada por el banco. Pero fue la mediación de la directora del colegio, Sor Inmaculada -bautizada por el 15M como la monjaflauta- la que convenció a la comisión judicial de aplazar el desahucio hasta el fin del curso escolar. Gracias a ella, sus hijos podrán finalizar su curso. Y hasta el 9 de julio tendrán casa.





Desde ese día Ronale de la Cruz se unió de lleno a la causa. Desde febrero asiste a todos los desahucios que puede para apoyar a las familias amenazadas de desalojo y para tratar de organizarlos. De la Cruz fue el primer caso aplazado hasta el fin de curso y gracias a su ejemplo la PAH, que ya han paralizado más de 230 desahucios en toda España, reivindica en cada nuevo desalojo que se respete la asistencia de los hijos al colegio. Lo han conseguido en una veintena de ocasiones, según afirma Rafael Mayoral, abogado de la plataforma. “Poco a poco las entidades están empezando a aceptar el aplazamiento de los desahucios hasta finalizar el curso escolar, porque supone un gran obstáculo en el proceso educativo de los alumnos”, comenta.

Como consecuencia de estos aplazamientos, a partir del 30 de junio una veintena de familias podrían estar en la calle. Esta acumulación de desahucios puede dificultar la actuación de la PAH, que suele congregar a unos 30 indignados y afectados en cada caso de desalojo. Ni Bankia, ni el Ayuntamiento ni su Conserjería de Asuntos Sociales han dado ninguna explicación.

El nerviosismo y la incertidumbre crecen en las familias. ¿Qué harán si son expulsados de su casa? La mayoría de los consultados se niegan a ocupar ilegalmente una casa. “Sería un infierno tener que estar viviendo con miedo a que nos vuelvan a echar. La recaída sería peor”, comenta la ecuatoriana Teresa Margot, cuyo desahucio está pre-visto para comienzos de julio. Los afectados prefieren intentarlo por la vía legal, pero la solución que les ofrece Asuntos Sociales es demasiado dolorosa: el internamiento de sus hijos en casas de acogida.

La marroquí Hayat M., cuyo piso de Carabanchel puede ser desahuciado el 9 de julio, afirma que la asistenta social le amenazó con llevar a su hija de 6 años a una casa de acogida de menores con problemas. “Me dijeron que me estarían vigilando por si dejo a mis hijos desatendidos. No volví a contactar con Asuntos Sociales nunca más”, comenta Hayat.

Marisol, ecuatoriana de 35 años amenazada de desahucio en la misma fecha que Hayat, afirma que acudió a la oficina de Asuntos Sociales para pedir ayuda. “Me recomendaron dejar a mis dos niños de 5 y 2 años en una casa de acogida. Pero yo prefiero mil veces perder la casa a perder a mis hijos”.

Este periodista consultó con las casas de acogida gestionadas por los colectivos Aldeas Infantiles y el Instituto del Menor (dependiente de la Consejería de Asuntos Sociales). Ambos aseguraron que no han acogido aún a ningún hijo de desahuciados, pero creen posible que esto ocurra. “Si los padres son tan irresponsables como para vivir en la calle, Asuntos Sociales pueden quitarles la custodia y enviárnosles”, comenta Gracia Escudero, de Aldeas Infan-tiles. El régimen de estas casas de acogida es muy estricto, ya que están especializadas en tratar a menores aban-donados y víctimas de maltratos. “Los padres pueden visitar a sus hijos una vez por semana con la presencia de un educador, incluso a veces pueden venir dos días”, comenta Pilar, del Instituto del Menor.
Fuentes del Samur Social, otro servicio de asistencia a familias necesitadas dependiente del Ayuntamiento, afirman que disponen de centros para acoger a toda una familia sin necesidad de separar a sus miembros. Pero la práctica demuestra lo contrario: la familia de Carmen Castilla, anciana enferma de 77 años, fue desahuciada de su piso en abril junto a sus tres hijas. El Samur Social acogió a la familia durante 25 días tras los cuales les dio de baja. Llevan un mes viviendo en la calle.

Lo que sucederá a primeros del mes de julio es una incógnita. “Puede ser una tragedia o una revolución” comenta Ronale. A pesar de las dificultades a las que se enfrenta mantiene una amplia sonrisa en la cara. Pero cuando se le pregunta por el futuro de sus hijos en el caso de verse en la calle cambia el semblante. ¿Aceptaría que fueran alojados en una casa de acogida? Un largo silencio, el primero en la conversación, se apodera del salón de su casa. Parece que ni se atreve a pensar en ello. “No… no, no, no”, responde al fin, “Antes muerto que separado de mis hijos”.




Reunión de los afectados por desahucio en el local de la PAH.

12 May 2012

El 15M, un superhéroe colectivo contra los desahucios

Un año después, el movimiento de los indignados ha conseguido parar más de 200 desalojos. En la semana de su aniversario se enfrentan a nueve



Desde el balcón de su casa, los ecuatorianos Gonzalo y Teresa observan nerviosos la carretera. No han dormido en toda la noche. Llevan desde las ocho de la mañana esperando la llegada de los policías que les echarán para siempre de su casa, un piso segundo de la calle de Carcastillo, en el popular barrio madrileño de Pan Bendito, al sur de Madrid. A las 11:30 ven llegar dos vehículos, en uno está la comisión judicial, el otro es un coche patrulla con dos agentes dispuestos a efectuar el desahucio. Gonzalo parpadea nervioso y solloza mientras baja las escaleras corriendo. Pero no todo está perdido: en la calle más de 70 militantes del 15M y de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) taponan la acera y el portal al grito de: “Este desahucio lo vamos a parar”.


El barrio vive momentos de tensión. Mientras la comisión judicial negocia con Javier Rubio, abogado voluntario de la PAH, los indignados bloquean el acceso y no dejan de corear. Diez minutos después, Rubio da la mano a los policías, se vuelve y guiña el ojo a la pareja de ecuatorianos. “Lo hemos conseguido”, dice. Todo el mundo aplaude y grita emocionado. Gracias al 15M, la comisión judicial ha aceptado aplazar el desalojo un mes y medio. Luis Gonzalo, visiblemente emocionado, agarra un altavoz y grita: “Muchas gracias a todos. Yo estaré en el próximo desahucio para ayudar a los que vienen detrás. Estaremos juntos en esta lucha. Y unidos venceremos”.

Gonzalo firmó una hipoteca en 2005 con el banco Santander, cuando ganaba 1.300 euros mensuales como carpintero. Aunque no tenía contrato de trabajo, le dieron todo tipo de facilidades para pagar el préstamo. Desde entonces comparte el piso (de 87 metros cuadrados, valorado en 218.000 euros) con su mujer Teresa y su sobrina, que hace seis meses dio a luz a un bebé. Al principio pagaban 800 euros mensuales, pero la letra comenzó a subir de precio: de 800 euros a 900, y finalmente a 1.400. En 2008 Gonzalo perdió su trabajo y dejó de pagar la renta. Debe más de 100.000 euros al banco.

La Unión de Créditos Inmobiliarios del Grupo Santander llevó el caso a los tribunales. Teresa narra indignada las innumerables llamadas con amenazas que recibió de parte de Reintegra, la empresa de recobro del banco: “Me dijeron que me dejarían en la calle, que nos denunciarían y que nos excluirían de la sociedad”. El Santander contrata a esta asesoría de recobro que emplea a actores para simular agresividad en las conversaciones e intimidar a los hipotecados que han dejado de pagar. “Nos presionan para que les atemoricemos hasta el límite de lo moral” comenta Daniel, actor, contratado como teleoperador de recobro de morosidad. Daniel, que no quiere dar su apellido, mostró a este periódico el argumentario utilizado por la empresa, en el que los agentes como él deben leer las amenazas a los endeudados: “Cualquier bien que posea será embargado y vendido o adjudicado por nuestro banco y usted será incluido en los ficheros de morosidad. Teniendo en cuenta estas graves consecuencias ¿no cree que debería realizar un esfuerzo mayor para pagar su deuda?”.

En 2009, sin conseguir que la pareja arruinada pagara su deuda, el Santander adquirió la vivienda en subasta judicial. La fecha del desalojo se fijó para el lunes siete de mayo de 2012. Todo parecía perdido para ellos, pero 15 días antes de la fecha, gracias a un conocido del barrio, Teresa se puso en contacto con el 15M y con la PAH. Desde entonces la familia cuenta con una ayuda y un asesoramiento imprevisto. Militantes voluntarios y otros afectados por desahucios protegen a la pareja, les asesoran y se enfrentan a la policía para evitar que se queden en la calle. Gracias a ellos el desalojo se ha aplazado un mes y medio. En ese tiempo, van a intentar que el banco conceda a la familia el alquiler social, una renta a precio asequible que algunas entidades conceden a personas afectadas por la crisis.
Gonzalo está en paro y cobra 425 euros mensuales de subsidio. Teresa, que tiene una minusvalía del 45% por una dolencia en las cervicales, gana 380 euros como limpiadora a media jornada. De momento tienen un respiro. Pero en un mes y medio podrían estar en la calle. “Al segundo intento, vienen con lecheras y antidisturbios” advierte el abogado de la PAH.


Los héroes anónimos de la lucha contra los desahucios

Entre el tumulto de gente que rodea a Gonzalo y Teresa para felicitarles, se encuentran rostros comunes en la lucha contra los deshaucios como Feli, militante del 15M y dirigente de la PAH y la búlgara Tatyana Roeva, la primera amenazada de desahucio en Madrid a cuyo rescate acudió el 15M el 15 de junio de 2011. A Tatyana y a su pareja el BBVA les ofreció un préstamo de 215.000 euros a pagar en 37 años a pesar de que ninguno de los dos tenía nómina. Gracias a la presión de los indignados, la entidad les concedió la dación en pago: les condonó el total de la deuda con la condición de que abandonaran inmediatamente la casa. Hoy Tatyana es una líder del movimiento y ejerce de psicóloga de la PAH en Madrid. "Y no se pierde un deshaucio", comentan sus compañeros.

El peruano Jorge de la Cruz también acude a felicitar a la pareja. Él se hipotecó con el Banco Santander en 2005 aceptando pagar 650 euros mensuales. Al igual que en el caso de Gonzalo y Teresa, el Santander subió la letra hasta 1200 euros. Jorge se quedó sin trabajo y dejó de pagar. Finalmente, en febrero de 2012, el banco negoció con Jorge y le permitió quedarse en el piso como inquilino pagando 500 euros mensuales. Desde entonces apoya a los afectados por la hipoteca y asiste a los “bloqueos humanos” de los indignados porque, como afirma “es la única forma de que el banco nos escuche”.

Desde noviembre de 2010 hasta mayo de 2011, la PAH había conseguido impedir 10 desahucios. Pero fue el impulso del 15M lo que les ha llevado a repetir el modus operandi que “asegura una dinámica de victoria” en palabras de Adriá Alemany, economista y miembro de la PAH de Cataluña. El grito de guerra que la PAH usó en Cataluña se repite en cada nuevo desahucio impedido: “Sí, se puede”, una adaptación del Yes we can de Obama. “Podemos parar los desahucios con la resistencia pacífica”, corean los voluntarios en un altavoz. Y tienen razón; ya han parado más de 200 en toda España.

El abogado de la pareja ecuatoriana, Javier Rubio, explica que las ejecuciones hipotecarias responden a una estrategia calculada de las entidades financieras que concedieron hipotecas a sectores vulnerables de la sociedad. “Los bancos sabían que esta gente no podría pagar, pero les daba igual”. Según Rubio, los bancos hacen un negocio vendiendo casas muy caras y dando todo tipo de facilidades de pago, porque les respalda la Ley Hipotecaria, según la cual, si el deudor no puede pagar al banco, este se hará con la vivienda pagando solo el 50% de su valor, mientras que el desahuciado se queda con una deuda perpetua que nunca podrá pagar. “Cuanto más hipotecas firman y mayor es la tasación de las viviendas, mayor es el paquete de deuda titulizada que colocan en los mercados y mayor es el capital que captan” explica.

Esta semana, que coincide con la celebración del aniversario del 15M, ha sido especialmente dura. Había 9 desahucios programados a los que los indignados hicieron frente. Solo uno se ha llevado a cabo. Desde que en 2007 estalló la crisis, más de 350.000 familias han sido víctimas de un procedimiento de desahucio. Pero desde el 15 de mayo de 2011, los bancos son conscientes de que su reputación está siendo muy perjudicada por las imágenes de los desahucios y la aparición en la prensa de las historias personales de las familias afectadas.

El banco Santander ha refinanciado más de 40.000 operaciones por un valor de 4200 millones de euros. La opción de alquilar el piso por un precio acorde a los ingresos del inquilino cada vez se utiliza más. Para Rafael Mayoral, abogado voluntario de la PAH, el aumento de estos alquileres se debe a la movilización social. Pero sólo las familias que denuncian su situación y contactan con el 15M y la PAH obtienen la ayuda necesaria para hacer frente al desahucio. El resto siguen siendo atemorizados por las amenazas de las empresas de recobro y en muchos casos expulsados de sus casas por la policía. Para quienes lo han perdido todo, la indigencia y la mendicidad es el único futuro.



30 Dec 2011

LA DEUDA. UN RELATO DE NO FICCIÓN.

-Buenos días. Pregunto por Don Mario Quispe Huyu... disculpe, Huy-hua.
-Si señor, soy yo.
-¿Es usted Don Mario Quispe Huyhua?
-El mismo para servirle. ¿Qué desea?
-Encantado de saludarle. Mi nombre es Abel Medina y le llamo de REINGRESA S.A. asesoría jurídica externa del Banco Cantabria. Se nos ha encargado la recuperación por vía judicial de la deuda impagada que usted mantiene con nuestro banco.

Al otro lado del teléfono el silencio reinaba y se oía casi imperceptiblemente una respiración cada vez más honda. Rodeando a Abel, en la oficina había tres personas de pié mirándole fijamente, Doña Marta, Don Luis y Don Ángel. Doña Marta tenía unos 39 años, era delgada y menuda, muy elegante pero nada atractiva. Llevaba altos tacones de al menos 10 centímetros que a pesar de espigarla no lograban elevarla más allá del metro cincuenta y cinco. Sus ojos eran oscuros y brillantes y en ese momento miraban tensos y amenazantes. Tenía el ceño y los labios permanentemente fruncidos y arrugados.
Abel quedó unos segundos a la espera de la respuesta de su interlocutor telefónico, pero no oía nada al otro lado de la línea. Marta abrió un poco sus labios fruncidos y Abel pudo ver sus dientes amarillentos apretados con mucha fuerza. Decía, o más bien vocalizaba, vamos, vamos, vamos.

-¿Está usted ahí Don Mario?
-No… Sí, si aquí me encuentro señor.
-¿Conocía usted esta situación Don Mario?
-No… Bueno…
-¿No conocía esta situación?
-Si, algo sabía de que debía un monto, pero no sé bien señor.

Díselo ya, díselo que se entere dijo Marta en un susurro cada vez más elevado, sabiendo que el micrófono auricular de Abel no alcanzaba a su voz, ya que estaba diseñado para captar solamente la voz de quien lo portaba. A su lado Don Ángel entrecerró un poco los ojos y le sonrió con su sonrisa tramposa.


Al lado de Doña Marta estaba Don Luis, un hombre de edad indefinida entre los 50 y los 70 años y de estatura media. Era delgadísimo y su piel estaba muy bronceada, pero de un bronceado más cancerígeno que playero. Tenía profundas ojeras y arrugas por todo su rostro, como si alguien le hubiera tapado los ojos con las dos palmas de las manos y hubiera estirado hacia abajo con fuerza. Su rostro reflejaba un cansancio infinito, el cansancio y la lasitud de los enfermos terminales, pensó Abel. La nariz le sobresalía afilada y pequeña como el pico de un gorrión, tenía un pelo canoso y abundante que le nacía, como a los monos, a dos o tres centímetros de las cejas y que cada mañana se peinaba hacia atrás con gran esmero. Sus ojos eran grises, muy claros e inexpresivos. Eran los ojos de un ciego. Portaba un traje de alpaca azul oscuro con gemelos de plata, un traje elegante que no se "llenaba", un traje vacío, que parecía vestir a un esqueleto abandonado hace años, un esqueleto de lagartija.
Marta alzo un dedo como una garra y señaló la parte subrayada del argumentario, en la cual ponía: Aclaración sobre el saldo total vencido. Abel, intentó leer, lo más neutro posible. Pero era complicado leer de forma natural un texto así.

-Don Mario, nuestro Banco Cantabria, en el ejercicio de sus derechos y conforme se contempla en las cláusulas anteriormente estipuladas su contrato, ha decidido dar por vencido el plazo y exigirle el pago total e inmediato de su préstamo imgadado, habiéndole sido comunicada esta operación mediante burofax.
Las palabras “impagado”, “vencido”, “exigirle” y “pago inmediato” estaban escitas en negrita en el argumentario, indicando que había que pronunciarlas con mayor volumen y acerbo. Es decir con mayor agresividad.

-No le entiendo mi señor.
-Dígame.
-Que no entiendo bien lo que me dice señor. ¿Cuánto debo?
-El total de su deuda asciende a 145.000 euros, sin incluir intereses ni gastos judiciales.
Al otro lado del teléfono se oyó un vahído, una respiración profunda e intermitente, como si el aire parara en varias estaciones.
- Ay mi diosito…
Durante 5 segundos no se oyó nada. Al grano, dijo Don Ángel y casi imperceptiblemente dejó de sonreír. Don Ángel, era el que mejor aspecto tenía y sin duda el de mayor categoría. Tendría unos 50 años y también estaba muy bronceado y muy bien vestido. Era calvo y gordo y en su rostro destacaba una nariz aguileña larga y curvilínea imposibilitando el contacto de los ojos con las lentes que reposaban unos 4 centímetros por debajo de su mirada. Una mirada feliz e irónica reflejada en dos ojos pequeños y brillantes. Una barba negra y espesa tapaba una sonrisa simpática y agradable, bajo la que se escondía una amenaza constante, como queriendo decir, sí, me estoy riendo contigo, pero no te confíes amigo, en cuanto quiera puedo fulminarte. Abel pensó que podría ser un perfecto mercader árabe en una película de gladiadores romanos.

-¿Está usted ahí? Preguntó Abel.
-Yo… Señor yo… yo…
Se oían balbuceos seguidos de silencios. Hazle hablar, dijo Marta, que desembuche lo que sabe.
-Cuénteme Don Mario. Cuénteme.
-Señor… Yo recién había llegado a España y pensaba pagar un alquilercito como siempre. Empecé a trabajar en la obra y no me iba mal, ganaba mi platica. Pero el día en que me abrí la cuenta en el banco ese, unos señores me convencieron de que firmara un montón de papeles, para poder comprar una casa. Cuando leí que se trataba de 150.000 euros les dije que no podía pagarlo. Pero ellos me ofrecieron un monto para poder pagar la casa así de a poquito. Y la pagaba cada mes, a 900 euros al mes. Pero me botaron del trabajo cuando llegó la crisis. Conseguí una nueva chamba pero me pagaban bien poquito y no tenía ni para la escuela de mis hijos.

-Podría haber consultado su problema con su banco en ese momento.
-Si lo hice, señor. Les llamé a los señores del banco para pedirles pagar un poco menos, unos 500 euros al mes, pero no quisieron escucharme y me denunciaron por impago. Además, me dijo la señorita que de todas formas, iban a quitarme la casa. Después de eso me quedé sin chamba y no pude pagar más. Nos botaron de la casa y tuvimos que dormir una semana en la estación de Atocha. Si no es por mi prima que vive acá nos quedamos en la mera calle. En la casa de ella nos turnamos para dormir mi familia y otros familiares de su esposo que también se quedaron en la calle. Por eso yo pensaba que el préstamo ya no contaba señor.

La garra afilada de Marta señaló el nuevo texto del argumentarlo mientras susurraba “que corte el rollo ya”. Abel leyó.
-Don Mario, ya hemos oído su historia en otras ocasiones. Desde el momento en que su caso entró en la vía judicial ya no hay vuelta atrás. Le informo que la Ley Procesal y la Ley de Enjuiciamiento civil solo admiten la posibilidad de frenar un procedimiento judicial en dos casos; que se hayan equivocado en el titular de la deuda y que se pague el importe adeudado más las costas del procedimiento judicial. ¿Me podría decir cuando va a proceder al pago de dicho importe?
“Cuando”, “pago” e “importe”, venían en negrita.

-Señor, ahorita no tengo ni para dar de comer a los hijos. Se lo juro señor...

La mano de Marta señaló la página siguiente donde estaba escrita la lista de amenazas. Don Luis estaba tieso, mirando a Abel con sus ojos grises inexpresivos. Don Ángel cada vez estaba más sonriente y expulsaba aire de forma entrecortada por su nariz farisea, como si se estuviera conteniendo la risa. Abel siguió leyendo, cada vez más nervioso y más vacilante. No quería que sus palabras resultaran hirientes, pero todo lo que leía estaba escrito para herir, para amenazar, para atemorizar, de un modo cansino y reiterativo.

-Tenga en cuenta Don Mario, que su situación debe resolverse lo antes posible, puesto que ya no es posible paralizar la vía judicial ¿No cree que sería mejor adelantar su pago a los próximos 15 días?

-Señor, yo no tengo un peso, se lo juro señor…

Y dale con los pesos, coño, decía Don Ángel, dale con los pesitos de la vaina de la panchada. Y justo le sonó el movil, ¿Sí? Disculpa que llaman de un asunto importante, ¡Hombre Don Fabio! ¡Cuánto tiempo campeón! ¿Si? Que me llamas por lo del aceite de colza ese chino ¿No? Vale, sí, sí, vietnamita, lo que tú digas. Compra, compra Fabio, está clarísimo.


El señor Mario Quispe Huyhua comenzó a hipar. Hacía un esfuerzo enorme para poder expresarse claramente, para que sus palabras sonaran audibles al otro lado del teléfono, pero solo emitía frases entrecortadas y sollozos. Abel sintió la terrible desesperación de su interlocutor clavándose en su pecho en forma de mil agujas, mil agujas envenenadas de tristeza, que algún dios amazónico le disparaba a soplido de cerbatana.

-Yo no tengo a nadie más acá señor. Ni familia ni amigos. Se lo juro. No tengo a nadie acá señor.

Don Ángel, que había terminado su "operación" telefónica, se rió y dijo venga cuéntame otra no te jode ahora el pancho. Abel estaba petrificado. Marta le arrebató el argumentario, pasó las hojas y le señaló la parte final, la opción correspondiente a clientes morosos que se niegan a pagar. Plantó los folios con violencia en la mesa y señaló con el dedo un recuadro escrito completamente en negrita.

Abel leyó, pero esta vez, leyó sin voz, mentalmente, sin pronunciar palabra. Ponía:

Debe saber Dº/Dª… que, a lo largo del procedimiento judicial, se va a embargar preventivamente todos sus bienes así como cualquier otro derecho que posea de cualquier naturaleza susceptible de embargo, salarios, rentas, paro, pensiones etc. Cualquier bien que posea será embargado y vendido o adjudicado por nuestro banco. Teniendo en cuenta estas graves consecuencias ¿No cree que debería realizar un esfuerzo mayor para pagar su deuda?

Abel se sintió incapaz de pronunciar palabra. Oyó a Mario gemir y respirar ansiosamente, sin que el aire llegara nunca al fondo de los pulmones hiperventilados. Luego oyó un ruido seco; Mario Quispe Huyhua había colgado el teléfono. Don Ángel se llevó la mano a la cabeza mientras se reía, como diciendo pero chico, ¿estas agilipollado? Dona Marta le miró con los tendones del cuello en máxima tiesura. Don Luis suspiraba impasible entrecerrando sus ojos grises y siniestros, quizás los únicos en expresar un rastro de pena. ¿Pena por Mario? ¿Por Abel? ¿Por sí mismo?

Era la hora del descanso. El resto de compañeros saló apresuradamente de la oficina. Luego hablamos Abel. Ve al descanso y al volver te espero en mi oficina.
Abel bajó a la calle. El resto de jóvenes trabajadores comentaban la cagada que había cometido delante de los tres supervisores. ¡No empatices! le decía un chico con cara de muñeco de cera y pelo rubio y liso, peinado a un lado como si le hubiera lamido una vaca. No puedes caer en el síndrome de Estocolmo, repetía gangoso y actoral como una vieja aristocrática que regaña a su retoño por su bien. Son nuestras víctimas ¿no te has dado cuenta aún? Si te da pena, no vales para esto, querido.

Durante el tiempo que duró el descanso, los chicos siguieron hablando del trabajo. Alguno, de vez en cuando dejaba escapar la idea de que quizás los bancos también se pasan un poco ¿no? Si, tienes razón los bancos tienen lo suyo. Se han liado a prestar y prestar como locos, a gente que no tenía ni iba a tener nunca dinero para devolverles. Entonces ¿Para qué les prestaban dinero? Pues porque les convenía, coño, porque no les hacían ningún favor, sino que les estafaban. ¿Y cómo es eso de que les convenía? Porque les tenían cogidos por los huevos, ¿porqué va a ser? Chica no sé, no me encocores, la verdad es que es todo muy complicado. Pues que no hubieran pedido prestado, no te digo ahora. Pues si chica, la verdad es que a mí no se me ocurre. Aunque bueno, que no se enteren los encargados, pero yo también debo prestado al banco. Si, si, como te lo digo, es que hace bien poco todo el mundo pedía prestado para la casa, para el coche etc, etc. Y claro no iba a ser yo menos, no te digo. Pues mira tú, que no me lo hubieran prestado. Pero en fin, así es la vida, ahora nos toca a nosotros obligarles a que les devuelvan el dinero y punto.

Es que hay cada sinvergüenza por el mundo, dijo Don Ángel, que se aproximaba por detrás. Mucho sudaca suelto, que si, que si, que te lo digo yo, que han venido aquí en masa y se han creído que nuestro país es Jauja. Y nada de eso señores. ¡Na-da-de-so! Que se enteren de cómo funciona la cosa aquí en Es-pa-ña. Y que conste que yo no soy un facha eh, no tengo nada en contra de los panchitos. Bueno… ni en contra ni a favor. Y todos se reían, claro que sí Don Ángel, repetían todos al unísono. Cuánta razón tienes. Luego algunos ignorantes dicen que la culpa la tienen los bancos ¿no habéis oído ese disparate? ¡Los bancos no tienen la culpa de nada! Los bancos prestan un servicio a este país y hacer circular la economía, coño. La culpa la tiene el maldito gobierno de socialistas ladrones, que os quede claro. ¿O no? Claro que sí, Don Ángel, tiene razón. Pero en fin, así nos va en este país, gobernados por la ETA y acogiendo a todos los sudacas, esto va a convertirse en México DF, lo mejor es irse una temporadita fuera a esperar a que vuelva Don Pelayo ¿No? Y todos reían entusiastas la gracia de Don Ángel. Claro que sí Don Ángel, cuánta razón tiene Don Ángel.

Aquel día Marta reprendió la apatía y la desgana de Abel, pero no en su oficina, sino públicamente, delante de todos sus compañeros. Le dijo literalmente que para estar así, mejor que se fuera a su casa y que si no espabilaba duraría poco en la empresa.

A las diez de la noche Abel salió del trabajo, tomo el metro hasta el centro y desde allí caminó hacía su casa (vivía en un minúsculo piso en Lavapiés cuyo alquiler se comía casi todo su sueldo). En la calle paralela a la que vivía, Doctor Fourquet, uno de los balcones le llamó la atención; había dos sábanas negras. En una había una gran letra A rodeada por un círculo, símbolo del anarquismo juvenil. En la otra había un rótulo en el que se leía 15M, un desahucio, una ocupación. Se quedó parado mirando hacia arriba. Por su cabeza rondó la idea de subir y comentarles el desahucio que iba a sufrir Don Mario Quispe Huyhua, darles sus datos para que le alojaran allí si lo necesitaba. Pensó que quizás podría resarcirse, tras haber colaborado en una desgracia. De pronto salió al balcón un chico de unos diecisiete años con una cresta morada en la cabeza, un porro en los labios y una litrona de cerveza en las manos. Estaba tambaleante.

-Tú que coño miras? le dijo el punki a Abel.
-¿Vives ahí?
-Si, claro ¿Es que estás ciego?
-Ya... ¿A ti te han desahuciado? le preguntó al punki.
-Qué coño me van a desahuciar payaso, si yo vivía con mis viejos.
-¿Entonces que haces viviendo ahí?
-Yo vivo aquí para apoyar la causa, dijo y pegó una honda calada al porro, ¿Algún problema pijo de mierda?
-Hijo de puta, pensó Abel, tú eres un niñato hijo de puta, se repitió alejándose mientras el punki amenazaba con lanzarle la litrona.

Abel llegó a casa confundido. Aquella noche le costó mucho dormirse. Su último pensamiento antes de caer dormido fue la cara imaginaria de Mario Quispe, su rostro, su ropa, su casa, sus hijos, su país natal, repleto de sierras y volcanes, en donde era conocedor de piedras, plantas y remedios naturales, en donde nunca usó prestamos, ni hipotecas, ni intereses moratorios, en donde conocía perfectamente cómo sobrevivir en un entorno hostil. En donde ninguno de nosotros, ni Doña Marta, ni Don Ángel ni Don su puta madre, pensó, duraríamos ni un maldito segundo vivos.

Cuando al fin se quedó dormido, Abel soñó que estaba cruzando un gran río verdoso y espumante a lo largo de un endeble puente de madera. El entorno era selvático y había grandes cataratas como las del Niágara, o más bien las del Iguazú. Por delante y por detrás de él había otras personas, probablemente turistas. De pronto una pareja de ancianos cayó al agua. El señor fue socorrido rápidamente por una barca que casualmente pasaba por allí, o que estaba allí para prevenir posibles accidentes. La anciana sin embargo había caído al agua en un lugar más apartado y chapoteaba para no hundirse. Pero se hundió. Su cuerpo se sumergió en las aguas con una rapidez inusual, como si alguien, ¿el monstruo del pantano? le arrastrara hacia el fondo. En ese momento, sin pensarlo, Abel se tiró al agua de cabeza para socorrerla. Abrió los ojos debajo del agua pero todo se veía verdoso y arenoso como un día de marejada. Costaba distinguir nada, pero tras unos segundos nadando hacia la profundidad, consiguió percibir el cuerpo de la mujer hundiéndose con rapidez más y más hondo. Buceó hacía abajo, acompañándose de amplias brazadas. Empleó toda su energía pero el cuerpo de la anciana se hundía con tal rapidez que nunca lograba alcanzarlo. Se sumergió más y más. Había buceado unos 40 metros de profundidad cuando percibió que no le quedaba más aire en los pulmones. Decidió dar por imposible el rescate y nadar de nuevo hacia arriba para salir, pero sus pulmones estaban al límite y la distancia hasta la superficie era demasiado grande. No podía llegar, se estaba ahogando, no tenía más fuerzas para nadar, necesitaba aire. En el momento en que comenzó a tragar agua se despertó con un fuerte espasmo, sudoroso y con fuertes palpitaciones. Miró el reloj: eran las 4:23, faltaban 2 horas para despertarse. No volvió a pegar ojo.