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30 Dec 2011

LA DEUDA. UN RELATO DE NO FICCIÓN.

-Buenos días. Pregunto por Don Mario Quispe Huyu... disculpe, Huy-hua.
-Si señor, soy yo.
-¿Es usted Don Mario Quispe Huyhua?
-El mismo para servirle. ¿Qué desea?
-Encantado de saludarle. Mi nombre es Abel Medina y le llamo de REINGRESA S.A. asesoría jurídica externa del Banco Cantabria. Se nos ha encargado la recuperación por vía judicial de la deuda impagada que usted mantiene con nuestro banco.

Al otro lado del teléfono el silencio reinaba y se oía casi imperceptiblemente una respiración cada vez más honda. Rodeando a Abel, en la oficina había tres personas de pié mirándole fijamente, Doña Marta, Don Luis y Don Ángel. Doña Marta tenía unos 39 años, era delgada y menuda, muy elegante pero nada atractiva. Llevaba altos tacones de al menos 10 centímetros que a pesar de espigarla no lograban elevarla más allá del metro cincuenta y cinco. Sus ojos eran oscuros y brillantes y en ese momento miraban tensos y amenazantes. Tenía el ceño y los labios permanentemente fruncidos y arrugados.
Abel quedó unos segundos a la espera de la respuesta de su interlocutor telefónico, pero no oía nada al otro lado de la línea. Marta abrió un poco sus labios fruncidos y Abel pudo ver sus dientes amarillentos apretados con mucha fuerza. Decía, o más bien vocalizaba, vamos, vamos, vamos.

-¿Está usted ahí Don Mario?
-No… Sí, si aquí me encuentro señor.
-¿Conocía usted esta situación Don Mario?
-No… Bueno…
-¿No conocía esta situación?
-Si, algo sabía de que debía un monto, pero no sé bien señor.

Díselo ya, díselo que se entere dijo Marta en un susurro cada vez más elevado, sabiendo que el micrófono auricular de Abel no alcanzaba a su voz, ya que estaba diseñado para captar solamente la voz de quien lo portaba. A su lado Don Ángel entrecerró un poco los ojos y le sonrió con su sonrisa tramposa.


Al lado de Doña Marta estaba Don Luis, un hombre de edad indefinida entre los 50 y los 70 años y de estatura media. Era delgadísimo y su piel estaba muy bronceada, pero de un bronceado más cancerígeno que playero. Tenía profundas ojeras y arrugas por todo su rostro, como si alguien le hubiera tapado los ojos con las dos palmas de las manos y hubiera estirado hacia abajo con fuerza. Su rostro reflejaba un cansancio infinito, el cansancio y la lasitud de los enfermos terminales, pensó Abel. La nariz le sobresalía afilada y pequeña como el pico de un gorrión, tenía un pelo canoso y abundante que le nacía, como a los monos, a dos o tres centímetros de las cejas y que cada mañana se peinaba hacia atrás con gran esmero. Sus ojos eran grises, muy claros e inexpresivos. Eran los ojos de un ciego. Portaba un traje de alpaca azul oscuro con gemelos de plata, un traje elegante que no se "llenaba", un traje vacío, que parecía vestir a un esqueleto abandonado hace años, un esqueleto de lagartija.
Marta alzo un dedo como una garra y señaló la parte subrayada del argumentario, en la cual ponía: Aclaración sobre el saldo total vencido. Abel, intentó leer, lo más neutro posible. Pero era complicado leer de forma natural un texto así.

-Don Mario, nuestro Banco Cantabria, en el ejercicio de sus derechos y conforme se contempla en las cláusulas anteriormente estipuladas su contrato, ha decidido dar por vencido el plazo y exigirle el pago total e inmediato de su préstamo imgadado, habiéndole sido comunicada esta operación mediante burofax.
Las palabras “impagado”, “vencido”, “exigirle” y “pago inmediato” estaban escitas en negrita en el argumentario, indicando que había que pronunciarlas con mayor volumen y acerbo. Es decir con mayor agresividad.

-No le entiendo mi señor.
-Dígame.
-Que no entiendo bien lo que me dice señor. ¿Cuánto debo?
-El total de su deuda asciende a 145.000 euros, sin incluir intereses ni gastos judiciales.
Al otro lado del teléfono se oyó un vahído, una respiración profunda e intermitente, como si el aire parara en varias estaciones.
- Ay mi diosito…
Durante 5 segundos no se oyó nada. Al grano, dijo Don Ángel y casi imperceptiblemente dejó de sonreír. Don Ángel, era el que mejor aspecto tenía y sin duda el de mayor categoría. Tendría unos 50 años y también estaba muy bronceado y muy bien vestido. Era calvo y gordo y en su rostro destacaba una nariz aguileña larga y curvilínea imposibilitando el contacto de los ojos con las lentes que reposaban unos 4 centímetros por debajo de su mirada. Una mirada feliz e irónica reflejada en dos ojos pequeños y brillantes. Una barba negra y espesa tapaba una sonrisa simpática y agradable, bajo la que se escondía una amenaza constante, como queriendo decir, sí, me estoy riendo contigo, pero no te confíes amigo, en cuanto quiera puedo fulminarte. Abel pensó que podría ser un perfecto mercader árabe en una película de gladiadores romanos.

-¿Está usted ahí? Preguntó Abel.
-Yo… Señor yo… yo…
Se oían balbuceos seguidos de silencios. Hazle hablar, dijo Marta, que desembuche lo que sabe.
-Cuénteme Don Mario. Cuénteme.
-Señor… Yo recién había llegado a España y pensaba pagar un alquilercito como siempre. Empecé a trabajar en la obra y no me iba mal, ganaba mi platica. Pero el día en que me abrí la cuenta en el banco ese, unos señores me convencieron de que firmara un montón de papeles, para poder comprar una casa. Cuando leí que se trataba de 150.000 euros les dije que no podía pagarlo. Pero ellos me ofrecieron un monto para poder pagar la casa así de a poquito. Y la pagaba cada mes, a 900 euros al mes. Pero me botaron del trabajo cuando llegó la crisis. Conseguí una nueva chamba pero me pagaban bien poquito y no tenía ni para la escuela de mis hijos.

-Podría haber consultado su problema con su banco en ese momento.
-Si lo hice, señor. Les llamé a los señores del banco para pedirles pagar un poco menos, unos 500 euros al mes, pero no quisieron escucharme y me denunciaron por impago. Además, me dijo la señorita que de todas formas, iban a quitarme la casa. Después de eso me quedé sin chamba y no pude pagar más. Nos botaron de la casa y tuvimos que dormir una semana en la estación de Atocha. Si no es por mi prima que vive acá nos quedamos en la mera calle. En la casa de ella nos turnamos para dormir mi familia y otros familiares de su esposo que también se quedaron en la calle. Por eso yo pensaba que el préstamo ya no contaba señor.

La garra afilada de Marta señaló el nuevo texto del argumentarlo mientras susurraba “que corte el rollo ya”. Abel leyó.
-Don Mario, ya hemos oído su historia en otras ocasiones. Desde el momento en que su caso entró en la vía judicial ya no hay vuelta atrás. Le informo que la Ley Procesal y la Ley de Enjuiciamiento civil solo admiten la posibilidad de frenar un procedimiento judicial en dos casos; que se hayan equivocado en el titular de la deuda y que se pague el importe adeudado más las costas del procedimiento judicial. ¿Me podría decir cuando va a proceder al pago de dicho importe?
“Cuando”, “pago” e “importe”, venían en negrita.

-Señor, ahorita no tengo ni para dar de comer a los hijos. Se lo juro señor...

La mano de Marta señaló la página siguiente donde estaba escrita la lista de amenazas. Don Luis estaba tieso, mirando a Abel con sus ojos grises inexpresivos. Don Ángel cada vez estaba más sonriente y expulsaba aire de forma entrecortada por su nariz farisea, como si se estuviera conteniendo la risa. Abel siguió leyendo, cada vez más nervioso y más vacilante. No quería que sus palabras resultaran hirientes, pero todo lo que leía estaba escrito para herir, para amenazar, para atemorizar, de un modo cansino y reiterativo.

-Tenga en cuenta Don Mario, que su situación debe resolverse lo antes posible, puesto que ya no es posible paralizar la vía judicial ¿No cree que sería mejor adelantar su pago a los próximos 15 días?

-Señor, yo no tengo un peso, se lo juro señor…

Y dale con los pesos, coño, decía Don Ángel, dale con los pesitos de la vaina de la panchada. Y justo le sonó el movil, ¿Sí? Disculpa que llaman de un asunto importante, ¡Hombre Don Fabio! ¡Cuánto tiempo campeón! ¿Si? Que me llamas por lo del aceite de colza ese chino ¿No? Vale, sí, sí, vietnamita, lo que tú digas. Compra, compra Fabio, está clarísimo.


El señor Mario Quispe Huyhua comenzó a hipar. Hacía un esfuerzo enorme para poder expresarse claramente, para que sus palabras sonaran audibles al otro lado del teléfono, pero solo emitía frases entrecortadas y sollozos. Abel sintió la terrible desesperación de su interlocutor clavándose en su pecho en forma de mil agujas, mil agujas envenenadas de tristeza, que algún dios amazónico le disparaba a soplido de cerbatana.

-Yo no tengo a nadie más acá señor. Ni familia ni amigos. Se lo juro. No tengo a nadie acá señor.

Don Ángel, que había terminado su "operación" telefónica, se rió y dijo venga cuéntame otra no te jode ahora el pancho. Abel estaba petrificado. Marta le arrebató el argumentario, pasó las hojas y le señaló la parte final, la opción correspondiente a clientes morosos que se niegan a pagar. Plantó los folios con violencia en la mesa y señaló con el dedo un recuadro escrito completamente en negrita.

Abel leyó, pero esta vez, leyó sin voz, mentalmente, sin pronunciar palabra. Ponía:

Debe saber Dº/Dª… que, a lo largo del procedimiento judicial, se va a embargar preventivamente todos sus bienes así como cualquier otro derecho que posea de cualquier naturaleza susceptible de embargo, salarios, rentas, paro, pensiones etc. Cualquier bien que posea será embargado y vendido o adjudicado por nuestro banco. Teniendo en cuenta estas graves consecuencias ¿No cree que debería realizar un esfuerzo mayor para pagar su deuda?

Abel se sintió incapaz de pronunciar palabra. Oyó a Mario gemir y respirar ansiosamente, sin que el aire llegara nunca al fondo de los pulmones hiperventilados. Luego oyó un ruido seco; Mario Quispe Huyhua había colgado el teléfono. Don Ángel se llevó la mano a la cabeza mientras se reía, como diciendo pero chico, ¿estas agilipollado? Dona Marta le miró con los tendones del cuello en máxima tiesura. Don Luis suspiraba impasible entrecerrando sus ojos grises y siniestros, quizás los únicos en expresar un rastro de pena. ¿Pena por Mario? ¿Por Abel? ¿Por sí mismo?

Era la hora del descanso. El resto de compañeros saló apresuradamente de la oficina. Luego hablamos Abel. Ve al descanso y al volver te espero en mi oficina.
Abel bajó a la calle. El resto de jóvenes trabajadores comentaban la cagada que había cometido delante de los tres supervisores. ¡No empatices! le decía un chico con cara de muñeco de cera y pelo rubio y liso, peinado a un lado como si le hubiera lamido una vaca. No puedes caer en el síndrome de Estocolmo, repetía gangoso y actoral como una vieja aristocrática que regaña a su retoño por su bien. Son nuestras víctimas ¿no te has dado cuenta aún? Si te da pena, no vales para esto, querido.

Durante el tiempo que duró el descanso, los chicos siguieron hablando del trabajo. Alguno, de vez en cuando dejaba escapar la idea de que quizás los bancos también se pasan un poco ¿no? Si, tienes razón los bancos tienen lo suyo. Se han liado a prestar y prestar como locos, a gente que no tenía ni iba a tener nunca dinero para devolverles. Entonces ¿Para qué les prestaban dinero? Pues porque les convenía, coño, porque no les hacían ningún favor, sino que les estafaban. ¿Y cómo es eso de que les convenía? Porque les tenían cogidos por los huevos, ¿porqué va a ser? Chica no sé, no me encocores, la verdad es que es todo muy complicado. Pues que no hubieran pedido prestado, no te digo ahora. Pues si chica, la verdad es que a mí no se me ocurre. Aunque bueno, que no se enteren los encargados, pero yo también debo prestado al banco. Si, si, como te lo digo, es que hace bien poco todo el mundo pedía prestado para la casa, para el coche etc, etc. Y claro no iba a ser yo menos, no te digo. Pues mira tú, que no me lo hubieran prestado. Pero en fin, así es la vida, ahora nos toca a nosotros obligarles a que les devuelvan el dinero y punto.

Es que hay cada sinvergüenza por el mundo, dijo Don Ángel, que se aproximaba por detrás. Mucho sudaca suelto, que si, que si, que te lo digo yo, que han venido aquí en masa y se han creído que nuestro país es Jauja. Y nada de eso señores. ¡Na-da-de-so! Que se enteren de cómo funciona la cosa aquí en Es-pa-ña. Y que conste que yo no soy un facha eh, no tengo nada en contra de los panchitos. Bueno… ni en contra ni a favor. Y todos se reían, claro que sí Don Ángel, repetían todos al unísono. Cuánta razón tienes. Luego algunos ignorantes dicen que la culpa la tienen los bancos ¿no habéis oído ese disparate? ¡Los bancos no tienen la culpa de nada! Los bancos prestan un servicio a este país y hacer circular la economía, coño. La culpa la tiene el maldito gobierno de socialistas ladrones, que os quede claro. ¿O no? Claro que sí, Don Ángel, tiene razón. Pero en fin, así nos va en este país, gobernados por la ETA y acogiendo a todos los sudacas, esto va a convertirse en México DF, lo mejor es irse una temporadita fuera a esperar a que vuelva Don Pelayo ¿No? Y todos reían entusiastas la gracia de Don Ángel. Claro que sí Don Ángel, cuánta razón tiene Don Ángel.

Aquel día Marta reprendió la apatía y la desgana de Abel, pero no en su oficina, sino públicamente, delante de todos sus compañeros. Le dijo literalmente que para estar así, mejor que se fuera a su casa y que si no espabilaba duraría poco en la empresa.

A las diez de la noche Abel salió del trabajo, tomo el metro hasta el centro y desde allí caminó hacía su casa (vivía en un minúsculo piso en Lavapiés cuyo alquiler se comía casi todo su sueldo). En la calle paralela a la que vivía, Doctor Fourquet, uno de los balcones le llamó la atención; había dos sábanas negras. En una había una gran letra A rodeada por un círculo, símbolo del anarquismo juvenil. En la otra había un rótulo en el que se leía 15M, un desahucio, una ocupación. Se quedó parado mirando hacia arriba. Por su cabeza rondó la idea de subir y comentarles el desahucio que iba a sufrir Don Mario Quispe Huyhua, darles sus datos para que le alojaran allí si lo necesitaba. Pensó que quizás podría resarcirse, tras haber colaborado en una desgracia. De pronto salió al balcón un chico de unos diecisiete años con una cresta morada en la cabeza, un porro en los labios y una litrona de cerveza en las manos. Estaba tambaleante.

-Tú que coño miras? le dijo el punki a Abel.
-¿Vives ahí?
-Si, claro ¿Es que estás ciego?
-Ya... ¿A ti te han desahuciado? le preguntó al punki.
-Qué coño me van a desahuciar payaso, si yo vivía con mis viejos.
-¿Entonces que haces viviendo ahí?
-Yo vivo aquí para apoyar la causa, dijo y pegó una honda calada al porro, ¿Algún problema pijo de mierda?
-Hijo de puta, pensó Abel, tú eres un niñato hijo de puta, se repitió alejándose mientras el punki amenazaba con lanzarle la litrona.

Abel llegó a casa confundido. Aquella noche le costó mucho dormirse. Su último pensamiento antes de caer dormido fue la cara imaginaria de Mario Quispe, su rostro, su ropa, su casa, sus hijos, su país natal, repleto de sierras y volcanes, en donde era conocedor de piedras, plantas y remedios naturales, en donde nunca usó prestamos, ni hipotecas, ni intereses moratorios, en donde conocía perfectamente cómo sobrevivir en un entorno hostil. En donde ninguno de nosotros, ni Doña Marta, ni Don Ángel ni Don su puta madre, pensó, duraríamos ni un maldito segundo vivos.

Cuando al fin se quedó dormido, Abel soñó que estaba cruzando un gran río verdoso y espumante a lo largo de un endeble puente de madera. El entorno era selvático y había grandes cataratas como las del Niágara, o más bien las del Iguazú. Por delante y por detrás de él había otras personas, probablemente turistas. De pronto una pareja de ancianos cayó al agua. El señor fue socorrido rápidamente por una barca que casualmente pasaba por allí, o que estaba allí para prevenir posibles accidentes. La anciana sin embargo había caído al agua en un lugar más apartado y chapoteaba para no hundirse. Pero se hundió. Su cuerpo se sumergió en las aguas con una rapidez inusual, como si alguien, ¿el monstruo del pantano? le arrastrara hacia el fondo. En ese momento, sin pensarlo, Abel se tiró al agua de cabeza para socorrerla. Abrió los ojos debajo del agua pero todo se veía verdoso y arenoso como un día de marejada. Costaba distinguir nada, pero tras unos segundos nadando hacia la profundidad, consiguió percibir el cuerpo de la mujer hundiéndose con rapidez más y más hondo. Buceó hacía abajo, acompañándose de amplias brazadas. Empleó toda su energía pero el cuerpo de la anciana se hundía con tal rapidez que nunca lograba alcanzarlo. Se sumergió más y más. Había buceado unos 40 metros de profundidad cuando percibió que no le quedaba más aire en los pulmones. Decidió dar por imposible el rescate y nadar de nuevo hacia arriba para salir, pero sus pulmones estaban al límite y la distancia hasta la superficie era demasiado grande. No podía llegar, se estaba ahogando, no tenía más fuerzas para nadar, necesitaba aire. En el momento en que comenzó a tragar agua se despertó con un fuerte espasmo, sudoroso y con fuertes palpitaciones. Miró el reloj: eran las 4:23, faltaban 2 horas para despertarse. No volvió a pegar ojo.

29 Aug 2011

CERRO VALLECANO







14 DE AGOSTO

Suena el teléfono y abro los ojos. No sé qué hora es. Ni siquiera sé si es madrugada, tarde o noche porque la persiana está cerrada a cal y canto. Miro el teléfono que sigue sonando, es ella. No lo cojo, me quedo tumbado y aturdido, despertando pesadamente. Un buen invento la persiana, pienso. En América no tienen persiana y uno se despierta cuando le da la luz del sol. Pero este es el país de la fiesta y la fiesta no respeta la luz del sol ni los horarios establecidos por el mundo civilizado. La puta fiesta.

Miro el reloj, son las 23:30, la siesta duró demasiado. La siesta y la fiesta. Ayer salí hasta las tantas y hoy he trabajado en el turno de mañana y duermo en turno de tarde. La resaca es deprimente. Dormir la siesta es deprimente. Levantarse de la siesta a las 23:30 es aún más deprimente. Me levanto tambaleante y siento una sensación de desequilibrio y de confusión parecida al jet-lag. La juerga de ayer fue de las buenas, bebí demasiado y hoy pierdo un puto día de mi vida de esta forma gratuita e indecente. Abro la pequeña bolsita, preparo una raya, la alineo con mi DNI y la esnifo fuerte sin necesidad del tubito de papel. Un huracán de hielo ardiente recorre mi cara, mi boca, mis ojos, mi cerebro, mi corazón. No hay nada como esto para despertar. Salgo al balcón, la calle está vacía pero oigo más música. En el centro de Madrid la locura nunca termina, los conciertos de Lavapiés han empalmado con los de la Paloma y la música parece perpetuarse indefinidamente en las calles. Decía Hemingway que París en los años veinte era como una fiesta que se mueve y te persigue a donde vayas. Pero éste respetable señor no tuvo la oportunidad de vivir el Madrid de un siglo después. El mundo ha cambiado demasiado y ya nadie va a corromperse a París, ciudad fría, cara y elitista, sino a este aduar semi-africano donde todos estamos locos.

Salgo a pasear un rato para airearme y me meto en el meollo, entre los botellones, los conciertos, los borrachos y los vendedores ambulantes. En el suelo hay latas aplastadas, pis, vómitos y fluidos de todo tipo. Caminar con esta cabeza bamboleante entre la gente enfebrecida de alcohol y deseo es una sensación aterradora pero interesante. Te sientes como un extraterrestre recién aterrizado en un planeta desconocido, ruidoso y anárquico. El río de cuerpos y feromonas dirige mis pasos mientras mis pupilas somnolientas chocan con las miradas de tantos borrachos afanosos de noche. Después de 15 minutos, recuerdo que mañana trabajo (y madrugo) y decido irme, pero antes me detengo y reparo en una escena que llama mi atención.

Tres policías con rostros mediocres y brazos de gimnasio se acercan un grupo de negros que bailan y beben latas de cerveza. Uno de los negros se para ante ellos y les mira con ese semblante fiero de león africano, esa tez sudorosa y metálica, de otro mundo. Le mira con el ceño fruncido y los ojos como dos canicas brillantes que le amenazan, pero al instante sonríe, abriendo más sus canicas y mostrando unos dientes blanquísimos como paletas de pin pon, capaces de arrancarles las orejas de un mordisco. Este es nuestro territorio, parece decirles con esa sonrisa simiesca, yo he cortado manos, he cortado orejas, he violado y he matado, así que no te acerques a mí, paliducho de mierda, no sabes de donde vengo ni quien soy. Es un primate que seguramente convivió con las fieras de la sabana. Es salvaje, huele mal, no teme a nada. Da miedo.

8:00 de la mañana, hora de trabajar. La resaca parece resignarse a desaparecer. Otra raya y los síntomas son mínimos. Anoche tardé en dormirme, oyendo mis latidos cocainómanos mientras miraba al techo alto de mi habitación, sin pensar en nada concreto, pensando en todo, en todas las cosas de la vida, en todas a la vez, como dicen que les pasa a los que están entrando en la muerte por el oscuro pasadizo que culmina en luz, o algo así. Pero la luz de afuera no es el cielo ni el infierno, sino Madrid a las 8 de la mañana. Tonos ocres y anaranjados tiñen los edificios blanquiñosos de la ciudad. Antonio López debe pintar a esta hora, pienso mientras cruzo la plaza del Museo Reina Sofía y contemplo entre los edificios claros, el semicírculo púrpura de la estación de Atocha. Camino con energía sintiendo el fresco de la madrugada y los charcos secos, renegridos y putrefactos, huellas de la parranda de anoche. El tren se aleja de la ciudad y entra en el páramo madrileño, árido como el infierno.

Trabajo en Vallecas, ese barrio obrero, canalla, descangallado, fané y sin afeitar, tan parecido a mí en estos momentos. Socorrista, guardavidas, lifeguard. El oficio en sí tiene sus cosas buenas; leer en los muchos ratos libres (tengo el mal de Montano; estoy enfermo de literatura), tomar el sol, nadar en el agua fría y ver -muy de vez en cuando- una chica morena y bronceada. Por lo demás, pura paja de chismosos, malmetedores y atorrantes; que si este no limpia, que si aquél se escaquea, el otro no llega a su hora porque es un listo Manuel, pero luego me pedirá un día libre, y le va a dar un día libre su puta madre ¿tengo razón o no Manuel? y es que para lo que les pagan a estos puñeteros niñatos deberíamos tenerles picando toca la puta mañana, porque aquí no aparece ni dios hasta las 11 y un día vamos a tener una desgracia Manuel ¿Me oyes?.

Mi compañero Nosferatu no es el trabajador típico, es decir, no es el típico chismoso malmetedor y atorrante. No le llamo Nosferatu a la cara porque no tengo confianza ni amistad, ni quiero tenerla. Pero el cabrón es igual al vampiro, con su palidez, su calva brillante, sus orejas puntiagudas y unos ojos oscuros y pequeños, en perpetua vigilia. Es el típico don perfecto obsesionado con el orden y la ley y empeñado en ejercer su trabajo con la mayor excelencia. Otro pobre diablo, en el fondo. A veces, cuando despotrico, cuando eructo, cuando llamo monos de mierda a los monos de mierda que pululan por la piscina, me mira de reojo. Sé que está juzgándome, por mi actitud, por llegar tarde, por venir algo tambaleante y quizás hasta por no afeitarme.

-Buenas, ¿Que tal?. Le digo.
-Estupendamente. Y tú echo mierda. Saliste ayer ¿no?”
-No -Pienso en la posibilidad de darle un corte profundo y sangriento, pero son solo las 8:25 de la mañana.- Me quedé en casita tomando un colacao como un chico bueno.
-Ya… ¿Y esas ojeras que tienes? ¿y el chupetón del cuello? -No me acordaba de que la muy choni de antes de ayer era una vampira chupacuellos, como Nosferatu (el real, es decir, el de ficción).
-Bueno nene, corta el rollo que voy a leer.

La piscina olímpica se extiende ante nosotros larga y cristalina como un trasatlántico invertido -diría el poeta surrealista- como los heraldos negros de Dios -diría el vallejiano- o como un balbuceo de luna -diría el lorquiano-, exhibiendo los fulgores del sol reflejados en el agua, no aptos para mis ojos resacosos -diría el bukowskiano-. Un cerro áspero y desabrido corona nuestro Polideportivo al que se cuela todo tipo de gentuza salvaje; gitanos, kinkis, moros, rumanos, yonquis y maleantes de todo tipo. Jóvenes violentos, renegridos por la intemperie, cuya máxima aspiración en la vida era joder al personal. Un ambiente como este catequiza de racista a cualquiera. Y mis razones tengo. Con todo y con eso, a veces hasta me resulta interesante ver este escenario rocambolesco de gente que parece sacada de un manicomio.

Seguridad, por favor, la valla está más agujereada que un queso gruyer y se están colando por lo menos 15 gitanos, acudan cuanto antes, acaban de robar las mochilas a unas pobres chicas que estaban bañándose, por favor que acudan rápido, los moros están haciendo mortales y uno de ellos ha caído a centímetros de la cabeza un abuelito nadador. ¡¡Que venga el de seguridad cojones!! Allí hay unos tirando piedras, allí se están pegando de hostias, allí se han metido al baño con unas chicas para follárselas… -joder que suerte tienen algunos-. ¿Y qué coño hace ese gitano ahí quieto en el agua? ¡Estoy cagando primo! ¡Qué pasa!

Por fin, a los 45 minutos, llega el encargado de la seguridad, un gordo cabrón, alcohólico y probablemente pederasta.

-¿Me estabais llamando? No veas que niñitas hay debajo de esos árboles, las he pillao haciéndose porros y las he dicho que o me enseñan las tetas o llamo a la policía y se lo digo a sus padres.

-¿No te da vergüenza? –Le dice Nosferatu- Tienen 15 años como mucho.

-Mejor, más tiernecitas. Bueno qué, ¿A quién tengo que echar?

-A esos 15 gitanos rumanos que se están haciendo porros y jodiendo al personal. Pero vamos, si prefieres, diles que te enseñen la poya y les perdonas la vida.

-Muy gracioso. Ya verás cómo le tengo que dar una hostia a algún gilipollas de esos.

Y sale caminando firme y derechito, con esos andares de chulo putas que no tiene dinero ni para ni para ser chulo ni para irse de putas. Pero se va apocopando a mitad de camino. Se va desinflando el gordo cabrón a medida que se aproxima al grupo de morenos callejeros sentados en la grada. Tienen una media de 18 años, la mayoría son fibrosos y fuertes, pero sobre todo el cabecilla, que va completamente tatuado como un Mara Salvatrucha. Tiene un cuello y un rostro de toro bravo, mandíbula gruesa, dientes negros y cejas pobladas y los arcos supra-orbitales hinchados. Todos van en calzones, no porque no tengan bañador, sino para provocar a las chicas marcando verga rumana, visiblemente más grande que la española.

Antes de que el gordo llegue a ellos, el cabecilla tatuado se levanta y se le encara a gritos.

-Tú, mierda, vete a tomar por culo de aquí o te reviento la cabeza.

Y el gordo queda paralizado, parece decirle algo, bajito, no consigo oír el qué. Se oye un “¡Quién!” y, como me temía, el barrigón se da la vuelta y nos señala con el dedo.

Siguen hablando. El cabecilla tatuado se levanta, se acerca y me mira fijo. Su mirada me atraviesa y me saca del letargo de resaca en el que estaba hundido. A pesar de los 30 metros que nos separan, puedo sentir el fuego de sus ojos salvajes clavándose en mí. Pasan 15 segundos interminables, les dice algo a sus compañeros, saca de una mochila unos pantalones militares, se los pone, y coge algo brillante que se guarda en el bolsillo. Se levantan y se aproximan a nosotros. Abro la cremallera de mi bolsa y saco el cuchillo redondo de untar mantequilla. Lo aprieto muy fuerte contra el lateral de la mesa de plástico haciendo una marca cuneiforme, una marca como la que los sumerios imprimían a las piedras, la primera escritura de la humanidad. Solo Nosferatu me vé.

-Tú ¿estás loco? Relájate y guarda eso.

Los rumanos pasan a nuestro lado y el cabezón tatuado se queda mirándome desafiante. No le quito la mirada, pero tampoco suelto el cuchillo, el ridículo cuchillo de cortar mantequilla que se doblaría contra su pecho de toro. Ahora me mira con toda la violencia y el ímpetu animal del tercer mundo, como si estuviera a punto de lanzarse sobre mí, hace una leve mueca de sonrisa, como para que me confíe, pero da paso de nuevo, en una milésima de segundo, a la mirada asesina. Un gesto estudiado, pienso, de actor newyorkino. Se acerca más hasta quedar enfrente de mí. Me levanto. Me apunta con el dedo y me golpea en el pecho con su índice, una, dos, tres, cuatro veces:

-Uno, no me gustan los chivatos cobardes como tú. Dos, no me gusta que me miren así. Tres, no me gustan los maricones de mierda de socorristas que solo venís aquí a ligar con chicas. Cuatro, me he quedao con tu cara primo, si te vuelvo a ver te mato.

Y salen de la piscina. Respiro hondo. La sangre me hierve ¿de miedo? ¿de rabia? Y despotrico lo que queda de tarde contra, moros, rumanos, seguratas, putones verbeneros y la madre que los parió a todos. El calvito hace como que le llaman por teléfono y se va a dar vueltas por la piscina. Hijo de puta, eso mismo le hago yo cuando un pesado me quiere contar su vida.

No le caigo bien a don perfecto. No importa, estoy viendo a la tía más buena que ha pisado esta piscina en todo el verano. Está en las gradas, un poco más atrás de donde estaban los rumanos asesinos. Es muy joven, morena y bronceada. Su piel oscura contrasta con su diminuto bikini amarillo. Tiene el pelo rizado y recogido y se le ve un cuello largo y fino, lindisimo. Su piel es suave –ya sé que aún no se la he tocado, pero se vé que es suave, lisa y bruñida como un canto de un río -que diría el lorquiano-, pulida como un astro metálico -diría el vanguardista- , refulgente como el magma de los volcanes –diría el modernista-. Sus caderas son estrechas, es esbelta, de andares femeninos y culito respingón. Se acerca, mirando de frente y me esfuerzo mentalmente por atraer su mirada. Una mirada oscura y brillante de ojos negros, rasgados y grandes, labios gruesos, nariz algo ancha. Parece una reina árabe, quizás lo es.

Al fin me mira y sonríe. Le dedico una sonrisa de pájaro. Asiento con la cabeza y saludo con la palma. Ella sigue su camino riéndose. No solo lo parece; es árabe y además de ser la mujer más hermosa de la tierra parece buena persona, dulce y considerada. La llamaré Jasmín, la princesa mora de la piscina vallecana. Mi compañero calvo mira la escena con desaprobación. Pobre beato fiel y calzonazos. Mi teléfono suena. Es ella otra vez, no se da cuenta de que no se lo voy a coger. Y menos hoy, que tengo por delante una noche cargada de fiesta, de fiesta y de fiesta.



15 DE AGOSTO

De nuevo de fiesta. De nuevo de resaca. De nuevo una raya. De nuevo al trabajo. Hoy, los pensamientos de poeta enfermo de odio fluyen en mi cabeza insolada. El sol resbala lentamente por la cascada de humo que oculta Madrid y mi cuerpo padece su ausencia irrespirable de poeta maldito o de maldito poeta coñazo. Es un momento de paz o de vacío, de nostalgia o de tristeza. El crepúsculo veraniego ha anunciado el “The end”, pero la película sigue, intermitentemente, casi aburridamente, como dejándose pasar. Y dentro de un rato, casi sin dar tiempo a asumirlo, empezará otra película muy distinta a la anterior; la aventura de la noche, la movida madrileña. En verano lo damos todo, la noche nos arrastra, alcohol, porros, gritos, sexo, amaneceres. El sueño es escaso y el despertar lúgubre. Y las maletas siguen vacías porque no me voy de viaje. Porque se va ella sola. Y los paisajes ya no entran en mis retinas enrojecidas, ni los sueños en mi mente resacosa.

Los esquemas van a romperse. ¿Crees que solo los tuyos? Trepa a ese cerro vallecano y contempla el perfil alquitranado de Madrid. Las millones de personas que te observan y chismorrean felicísimos en su soledad. Siéntete único en el no vivir, el único pato triste del manzanares. Si así lo quieres, siéntete así en esta casa sin puertas ni ventanas. Pero no cuentes conmigo, imbécil. Te espero fuera, ladrando como un gato, un felino madrileño entre los miles de sabuesos vocingleros que te ladran cuando corres, como una perra callejera subiendo por las faldas de esa montaña.

Y en ese mismo instante, cuando ya empieza a anochecer, cuando el sol también cae -the sun also falls- y la ciudad inhala su asfalto pestilente, el niño imperceptiblemente, flota en el agua. Mientras, el yonqui se pincha en la parada de autobús de la carretera de Valencia y el público vomita, el niño bracea con dificultad. En ese puto minuto, mientras la choni pierde el tren que le lleva con su cita, el currela pierde las llaves, el despistado pierde la cartera y yo pierdo la cabeza, el niño forcejea, salpica, gime.

Y si las sandeces te despistan, perderás el azul de su iris y la mirada acuosa del pequeño y temerario nadador. Se hundirá el cuerpo rojizo y dorado de ese niño bañista de Sorolla, el pequeño cuerpo suave y esos ojos que lo tienen todo por ver. Los encharcados pulmones no volverán a inspirar el pestilente humo de la ciudad.

Así que óyele, mira sus ojos, entiende su lenguaje, su mirada, su iris acuosa que te pide ayuda. Se está ahogando. ¡Sálvale! Pierde tu cartera, tus llaves, pierde el último tren que salga hacia la indiferencia. Que se inunde ese móvil al que ella sigue llamando. Sumérgete, juégatela, sálvale. Causa admiración en tus enemigos más encarnizados. Y sé un puto héroe aunque sea por cinco minutos. Y respira hondo el humo pestilente de la ciudad.




16 DE AGOSTO


7:15 de la mañana, suena la alarma y abro los ojos. Me levanto, presiento lo peor, pero no siento mareo ninguno, no tengo resaca. No salí ayer. Hoy no me hacen falta los polvos mágicos. Lo que pasó ayer por la tarde me ha hecho reflexionar. Se puede hacer algo por los demás. Deberíamos estar preparados para reaccionar y hacerlo de la mejor manera posible. Así lo hicimos y estamos orgullosos. Bueno, sin exagerar.

Llego a mi puesto de trabajo 45 minutos antes y decido nadar. Salto de cabeza y siento el agua fría y limpia de la mañana resbalando por mi cuerpo. Mis brazos entran en el agua como delfines -son flechas deslizándose hacia delante, son arpones lanzados desde el cielo- para terminar empujando el agua hacia atrás. Mis pies patalean el agua empujando como hélices de una lancha. Me gusta sentirme un pez, incluso en esta piscina desolada en medio del páramo vallecano.

Saludo, hoy si, a los operarios de mantenimiento. Luis – porque Nosferatu se llama Luis- me da los buenos días efusivamente. Sé que se siente orgulloso de mí por lo de ayer. Me trae un libro de salvamento.

-He pensado que deberíamos ojearlo. Para estar mejor preparados si vuelve a ocurrir. ¿No? Te lo presto y me lo devuelves cuando quieras.

Y tiene toda la razón. Es buen chico este vampiro llamado Luis. Mientras me seco siento el aire de la mañana y el sol que me acaricia la piel. Me siento extrañamente contento con el mundo. Me dan ganas de besarle en la calva.


A media mañana, algo detiene mi lectura pero no sé qué es. Busco con la mirada y veo la piscina vacía. Hasta Luis parece aburrido, medio adormilado. Muchas veces he sentido este sentimiento anticipatorio, esta premonición de que algo –lindo o feo- va a ocurrir. Ese sexto sentido nos alerta de que algo extraordinario va a suceder en nuestras vidas. Y entramos en un estado de desvelo, de ansiedad y de lívido. Resulta extraño la capacidad que tenemos a veces para adivinar que algo está a punto de ocurrir y la ceguera que demostramos otras veces, metiéndonos en la boca del lobo, llendo derechitos al matadero, como dice el guajiro, con los ojos tapados como los caballos. Ya lo veo. Es Jasmin que viene a lo lejos.

Jasmín se lanza al agua muy cerca de nosotros, el chapuzón despierta a Luis que se incorpora de súbito, pero le digo que no se preocupe y vuelve a su letargo. La princesa árabe se apoya en el borde más cercano.

-Socorrista, ¿Y si me ahogo?
-Yo te salvo.
-¿Y como?
-Te hago el boca a boca. –Ella se parte de risa. Luis, que se hacía el dormido, sonríe sin poder contenerse. Estáoyendo
-¿Y si no me despierto?
-Tendría que llevarte al hospital para curarte
-¿Me curarías de verdad? -Luis abre un ojo.
-Yo no. Algún médico.
-¿Y porque tú no?
-Porque yo no sé curarte-Luis tose, pasan unos segundos de silencio.
-Ah… Pero yo quiero que me cures tú. -No sabe con quién está hablando.
-Bueno, pues yo te curo.
-Vale, cúrame ahora, que me he hecho daño al tirarme al agua.- Luis hace un sonido nasal, se está aguantando la risa.
-Vale…

Jasmín no me da tiempo a decir nada más. Sale de la piscina ágilmente, las gotas de agua esquían por su cuerpo montañoso y moreno, por sus tetas dulces (y ya sé que no las he probado, pero sé que son dulces como los frutos de su país natal -diría el poeta nerudiano-) y por sus piernas firmes. Una tira del sujetador se le desliza un poco descubriendo una teta como una manzana, algo menos bronceada que el resto del cuerpo, pero igual de suave, igual de dulce. Las curvas se suceden hasta sus tobillos tatuados con raíces y ramas espinosas. De cerca es aún más exuberante.

-Yo creo, señorita, que me está provocando. Y no sé cómo ayudarla

-Aquí no. me dice. Mejor vamos a dar un paseo, y se aleja 15 metros sin dejarme reaccionar.

Miro a Luis y deja de hacerse el dormido, abre los ojos y se descojona.

-Vete tranquilo. En serio. Hoy estamos dos socorristas más de la cuenta porque acaban de cerrar la piscina de invierno. Además mi novia también viene a verme, debe estar a punto de llegar.

-No jodas. Me da palo. ¿Qué edad tendrá?

-Tranquilo que no irás preso. No parece tan pequeña.

-No sé Luis. Y me doy cuenta de que por primera vez en el verano, le he llamado por su nombre.

-¡Que te vayas coño!. Me da una palmada y se despide sonriente. Miro a Jasmín que ya está a 50 metros, un poco más y se larga. Ahora o nunca, pienso. Estas cosas no pasan todos los días. Me pongo las chanclas y salgo detrás de ella sin camiseta. Pero antes de seguirla me paro, doy la vuelta hacia Luis y le beso en la calva.

-¡Quita Ostia! Aquí te espero cabronazo. Me dice desde el puesto.

-No voy a tardar, no te preocupes.

Avanzo rápido hacia ella. Me ve venir y me espera.

-¿Dónde vamos? Le digo.
-A mi casa, vivo justo allí. Y señala a los bloques más cercanos al polideportivo.
-Hablas muy bien español, pero eres de fuera ¿no?
-Si, de Argelia, pero llevo aquí 11 años.
-Ah, no conozco tu país. ¿Y qué haces en España?
-¿Cómo que qué hago en España?
-Si, ¿A qué te dedicas? -Según lo pregunto me arrepiento de haber preguntado esa sandez.

-¿Yo? No hago nada. Vivo como una reina. –Sabía yo que era la reina mora.
-Entonces. ¿Eres rica?
-Si, soy rica, mi familia es rica. -Me mira y comienza a reírse.
-¿En qué trabajan?
-Yo vivo aquí con mis primos que venden armas a los de la ETA. Las traen de mi país y ganan mucho dinero. -Y se sigue descojonando. Me está vacilando una niña y yo sigo preguntando gilipolleces.

-Ya… Y no estarán tus primos pro etarras en casa ¿No?
-Nooo. Este finde están fuera de Madrid.

Seguimos caminando hasta salir de la piscina. Jasmin avanza con seguridad, sin la más mínima curiosidad por mi vida, con un desprecio olímpico de todo lo referente a mi vida. Nos adentramos en las calles ajardinadas del barrio de Santa Eugenia. El sol arde sobre nuestras cabezas, pero ella no suda ni una gota. Cuando camina se le mueven ligeramente los pechos.

Llegamos a su casa. Subimos por ascensor a pesar de que es un piso primero. El metro cuadrado en el que estamos casi nos obliga a estar pegados. Se coloca delante mío y de espaldas y puedo sentir su cuerpo caliente y su culo respingón rozando mi bañador. Jasmin huele a mango. Antes de que se abra la puerta del ascensor, decido que no puedo contenerme más y acerco mi cara hasta su cuello, la huelo y la doy un mordisquito en la oreja mientras la agarro suavemente de la cintura. Ella maulla como un gatito, casi imperceptiblemente y con su mano me roza el paquete. No me lo esperaba.

Entramos a la casa enloquecidos, avanzamos hasta una habitación con cama de matrimonio. La excitación impide que me fije en ningún otro detalle. Solo en sus labios gruesos que se muerde de placer, en sus ojos negros que me miran fijamente, en su cuerpo pegado al mío, en su mano que se desliza por su espalda para desabrocharse el sujetador, en sus tetas firmes, mucho más blancas que el resto de su cuerpo, en sus pezones de color rosa clarito que chupo al instante, mientras mi mano baja hasta su…

Suena un timbre como un trueno que casi me provoca un infarto. Proviene del portal, Jasmin corre a ver quien es, Regresa y me empuja con fuerza. Su cara se estremece en una mueca de terror y yo me acojono sin saber siquiera por qué, o sabiéndolo perfectamente.

-No, no, no…¡¿Ahora que hago?! Dice, agarrandose la cabeza como una loca.
-¿Qué coño pasa?
-¡Mis primos suben, tienes que irte!. -Y muy nerviosa, sin mirarme empieza a abrir el armario, a mirar por la merilla, por la ventana. Me dice que la siga pero cuando voy a salir por la puerta, alguien aporrea la madera a puñetazos y se oyen gritos en algún idioma africano.

Histérica, me señala debajo de la cama y me meto sin dudarlo. Abre la puerta y como una manada de antílopes de la sabana, irrumpen tres personas que difícilmente puedo divisar debajo de la cama. Uno, por el color de piel, parece árabe como ella y los otros dos son negros que discuten acaloradamente en africano, y se dirigen al árabe en francés. Uno de ellos golpea la pared y emite unos bramidos de gorila, otro se debe estar cagando en Dios, en Alá, en Mefisto, en Mahoma o en la madre de todos ellos. Se dirigen a ella, también a gritos. El tercero se sienta en la cama con el culo justo encima de mi cabeza. Siguen discutiendo y rugiendo sin parar.

Mi corazón late tan rápido que temo que lo oigan, el sudor me cae por la frente, pensamientos locos viajan sin rumbo por mi cabeza. La pesadilla no termina. Entran y salen de la habitación y no paran de dar alaridos y golpear los muebles. Y yo me veo en esa situación ridícula y peligrosa a partes iguales. ¿Sera verdad lo de sus primos y la ETA? Si me descubren aquí abajo me van a machacar la cabeza como mínimo. En uno de los momentos álgidos del griterío, mi móvil suena y vibra. Lo tengo en el bolsillo de mi bañador (no recordaba ni que lo tenía) y al instante lo aprieto para que no se oiga. Afortunadamente solo era el “bip” de un mensaje, eclipsado por los bramidos. Es un mensaje de mi compañero: “Que hijo de puta, estas tardando eh! Pásatelo bien follador!”. Según lo leo no sé si reírme o llorar. Pongo el móvil en modo silencio.

Pasan segundos, minutos y horas. Siguen discutiendo. A ratos callan, pero no se van. Pienso en mil y un planes de fuga imposibles. Pienso en escribir un mensaje pidiendo ayuda, pero no sé ni donde coño estoy. Pienso y pienso sin llegar a ninguna conclusión lógica para salir de esta locura ilógica y surrealista. A parte de que no conozco la zona, en el camino no mire a otro lado que no fuera su culo. Trato de no hacer ruido al respirar y de calmarme, pero la tensión empieza a acumularse en mi cuerpo. Siento un latido doloroso en el corazón y me acojono doblemente ¿Demasiada coca últimamente? Pienso en mi familia, que debe estar en la playa, en mi madre, en mis hermanos. Me siento sucio e indigno. Siento que me merezco todo lo que me pase. La tristeza infinita del universo me invade en ese momento de desesperación. Cierro los ojos con fuerza y las lágrimas mojan el suelo polvoriento de la habitación. A la vez, extrañamente, me siento invadido por un sentimiento de amor hacia todas las personas, incluidos esos traficantes. Tengo que contenerme para no romper a llorar allí mismo.

Pasa otra hora, por lo menos. Miro el teléfono de nuevo. Solo han pasado 3 horas pero se me han hecho como trescientas. Tengo dos nuevos mensajes de mi compañero echándome en cara mi falta de seriedad. Hay otro mensaje, es ella, me dice: “Solo te quería decir que al final si que me marcho fuera. Tenías razón; ya no nos veremos nunca más”. Justo en ese momento oigo la puerta de la habitación cerrarse y la habitación queda en silencio. Me asomo por debajo sigilosamente como James Bond infiltrado en una fortaleza soviética. Parece que se han marchado a otro cuarto. Sin dudarlo salgo de debajo de la cama, me pongo en pie y con dificultad recobro el equilibrio. Estoy completamente tenso, contraído y deshidratado. Recuerdo que estoy en un piso primero, abro la ventana y trepo dispuesto a saltar. En ese momento, apoyado en cuclillas sobre la ventana a cuatro metros del suelo de la calle, la puerta se abre y oigo gritos en árabe y en francés sucesivamente.

Es él. Su mandíbula, sus cejas de toro y sus tatuajes. Resulta que no es rumano, sino árabe ¿Es el hermano de Jasmin?. Su mirada me quema, sus pupilas ensangrentadas me reconocen. Me llama hijo de puta en español mientras dos negros con camisetas fosforescentes le miran extrañados.

¿Es de verdad el hermano de Jasmín? ¿Sus primos traficantes son los negros? ¿De verdad habrán vendido armas a la ETA? Son los últimos y absurdos pensamientos que acuden a mi mente mientras el hermano de mí princesa árabe me apunta con la pistola mientras me dedica una sonrisa plagada de dientes negros superpuestos unos a otros. Al instante se pone serio y alza la ceja como diciendo “¿Ves lo que pasa? te lo dije. Si te vuelvo a ver te mato”. Y dispara.

28 Dec 2010

LA VIOLENCIA



Teníamos un profesor. Se llamaba Usino y le bautizamos Usino el asesino. Un día me pilló peleando contra Tomasín en el recreo. Esperó pacientemente a que termináramos la pelea, una pelea de niños que se revuelcan, una pelea sin golpes en la que salí vencedor. Cuando nos levantamos me cruzo la cara con tal fuerza que me quedé paralizado durante 5 minutos.
La violencia era su mano.
El sonido de su mano.
El rojo de su mano.

Todavía recuerdo al Fonta, el payo más duro del barrio. Porrero y navajero, siempre con su gorra, su chusta, y su plumas robado. Achantaba, robaba y ostiaba a quien podía. A cualquier mindundi incapaz de plantarle cara a la saldida del tuto. Siempre iba acompañado de la banda de gitanos más famosos y peligrosos del barrio. La pandilla capitaneada por el Moi, el Petete, el Tijera, el Tolingas, todos esos.

La violencia era su puño estallando en la cara de mi amigo Esteban porque no le quería dar la cartera.

Nunca se me pasó por la cabeza hacerles frente. Y años después, a veces me sigo topando con ellos en cualquier ciudad del mundo. Los mismos ojos vacíos, la misma mirada gaznápira, los mismos tics frenéticos. Te enseñan los dientes porque ven que eres el típico blando incapaz de liarse a ostias un martes a las 21:00 a la salida del curro.

Un día, hace pocos meses volví a ver al Fonta cuando salía de un teatro de Lavapiés. Hacía mucho que no le veía y aquel lugar era el último en el que esperaba encontrármelo. Tendría veintitantos y ya estaba demacrado y andrajoso como un tuso de 40, como un punkarra trasnochado de la movida, como un pseudohippie, como un kostra, como un perroflauta, como un pies negros, como un mendigo, que coño. Y aún estaba emporrado, como cuando tenía 15. Pero ya no le acompañaban los gitanos (algunos habían muerto, otros estaban en la cárcel). Había cambiado su pandilla por una camada de perros callejeros.

No me reconoció. Pero debió ver mi cara de tipo blando; el típico pringao incapaz de liarse a hostias un domingo a las 22 a la salida del teatro. Tomába unas cañas con mi familia en la puerta de un bar que estaba lleno a rebosar, a pesar que los camareros (pseudoartistas incomprendidos y prepotentes) caían mal a todo el mundo. El bar es, como ya sabrán, La Escalera de Jacob.

Chaaacho dame un cigarro ¿Qué no tienes? Válgame el payomierda este… Pues vete a tomar por culo de aquí. A tu puta casa, comemierda.
Y mierda y mierda y más mierda.
Y minutos y minutos mierda.
Y yo me callé y no hice nada, aunque me salía por las orejas.
El humo
De la inquisición
A-cu-mu-lán-do-se.
Esperé a que se fuera y me despedí de mis familiares que estaban deseando irse. Y justo entonces, cuando me estaba metiendo en el garito, escuché la palabra PUTA. Salí y ví al Fonta insultando a mi hermana.
Y
ya
no
pude
pensar
más.

De la ostia que le calcé, le dejé tumbado en el suelo. Bruce Lee firmaría encantado la patada voladora que se incrustó en el sucio pecho del Fonta. Pero no crean que me siento orgulloso. Me arrepiento mucho de esa locura que no pude controlar.

Casi le mato.
Mientras mi cuerpo aún estaba en el aire y el cuerpo del fonta caía a cámara lenta, sus perros sarnosos me mordieron en los sobacos (eran los únicos cuerpos que no se movían a cámara lenta). El Fonta quedó en el suelo como un saco de patatas. Los "hippies" lavapieseros me llamaron fascista, asesino. Me acusaron de pegar a un indefenso, a un pobre excluido por la sociedad. Y a todo esto el Fonta no se levantaba. Y mi familia con el blanco en la cara.

Si, es verdad. Hasta hace unos años la violencia era Son Goku, Terminator y Van Damme.
Una mano.
El sonido de una mano.
El rojo de una mano.

Ahora, la violencia es un cuerpo frío que yace en el suelo y no se levanta. Y yo sigo siendo un tipo blando, aún más incapaz de liarse a hostias un jueves a las 14 al venir de comprar el pan.

19 May 2010

A VER SI ME EXPLICO (Dialogo imaginario entre el México de la calle y la escoria de la Condesa)







NO MANCHES GUEI! QUE SUCIO LUGAR! OH MY GOD! EN LAS TAQUERIAS COME LA PLEBE! UN COFFEE EN EL ITALIAN?

A ver si me explico:

El buen taco, el de verdad,
Se toma con limon y salsa de chile
Uno se mancha los dedos
Y la salsita escurre
por la boca y al morderlo
se siente el picantito
Jalapeño, rojo o chipotle
El que quieras.

Pero no se corta
con cuchillo y tenedor;
Tonto-la-poya, no es una trucha
No se le quitan las espinas
Ni se pone esa cara de pendejo
Al probarlo.


-NO MANCHES, QUE PROLE DE TIPO, ESTÁ MÁS PADRE IR AL VIPS, O AL SABORNS, NETA!
LA NETA GUEI, VAMOS A ACAPULCO PUES!

Vete tú a Acapulco
A gastarte tu mísero sueldo
Para sentirte Paulino y Rubio
Yo me iré donde sea
Es facil es-coger aquí
En este paraiso
Donde no teneis acceso
Los de tu especie de mirlos.
No teneis cojones
Para salir de vuestra jaula
Y no teneis cuerpo para vivirlo

PARA VER QUÉ? SI NOSOTROS LOS FRESAS VIAJAMOS MUCHÍSIMO, SOLO MIRA NUESTRO FACEBOOK CUANTAS PICS Y MIRA CUAN...

Para poder “ver”
las centellas luminosas
en las lagunas de Chacahua
no basta tener dos ojos,
Tampoco lo intentes con flash!
tu canon no lo capta
No podrás mostrárselo a tus adictos
en el Facebook
No podrás vulgarizarlo
Ni manchar su magia
Que de otra forma
Quedaría asociada a tu nombre de perro.

El gato del tepozteco,
arañará tu cara cremosa,
los abismos de hierbe el agua
te invitarán a saltar al vacio,
tus tímpanos reventarán
al escuchar el aullido
del mono chiapaneco

Tus tripas
sufrirán a Moctezuma
más que los descendientes de Cortés
Y tu culo de Belladonna
no podrá con los mosquitos
(también los hay jotitos)
de la selva Lacandona

Y al fín, el sol incorruptible
del desierto de Sonora
dejará tu tupé chamuscado
y quedará calvo tu coco
de serafín engominado


AAYY MOTHER OF GOD! QUESESO?

Invoco a Quetzalcoatl!
Para que las cenizas del Popo
Asfixien tus pulmones
Acostumbrados, como buen fresa,
al smog que suda la charca negra
de tu ciudad chapapote
y al tufo de colonia
de los antros de la Condesa.

PERO NO MAAANCHES! LA ZONA ROSA ESTÁ MAS PADRE QUE TODOS ESOS
LUGARES DE PROLE! NO MÁS MIRA QUE TIPAZOS, PUROS GABACHOS! A POCO!

Zona Rosa, Zona Fresa,
Son solo dos calles
Invadidas de monigotes
Que se creen a salvo
De los olvidados de Buñuel
que entre hambrientos ambulantes
Recogerán su cosecha
Sacándoos el blanco de hiel
a ese careto amarronado
en salas de rayos uva.


PERO NO MANCHES, NI TE ENTIENDO A TI NI A ESA BANDA…
NO ME HAGAS PENSAR, ¡OSEA QUE OSO!

Me vas a hacer hablar mal al final..
Como el prieto peleador callejero
Que te jura a ti y a tu novio
desde el auto robado a un güero
¡Cuuuchen jotos ustés amí…
Melapeeelan!!!!!
Mioiste chingatumadreculero?
Me-la-pe-lan!!!
Y su mano imita un cilindro
que se agita vibrante
arrimándose a su boca

JAJAJA NO MANCHEES, SI NO SABE NI HABLAR ESE TIPO!

El prieto no vocaliza,
Pero al menos suena azteca
Vuestra voz amanerada
Fresada y aflautada
Suena a película doblada
en acento pseudo-latino
que más suena a yanco-tocino

Huyamos a Coyoacan
A recordar, con mucho esfuerzo
El gemido de mi Frida;
Su canto afónico chavelero
y la colorida ordinariez
De su amor
hacia su morro;
Aaaahhhhh!!...
“¿¡Me hice pis!?”
No, mi Frida,
te corrías a chorros.

PERO ¿COMO CREES PENDEJO!?
¿TE CREES MUY ARTISTA POR QUE NO TE GUSTA
“SEX AND DE CITY” CON ACENTO “YANCO-LATINO”?

y aquí responde el calvo Alamo;

“¿A ti quien
te ha dicho
Que yo
me considero
un artista?”

Eso es.

Responde jijo de tu chingada madre
¿A ti quien coño te ha dicho
Que yo me crea un artista?

¿Crees que un artista escribiría
un una mierda de poema pendejo
como este, que por cierto
te dedico?


Resumiendo;
Que razón tenía,
Conchaetumadre Luis D´Elia;
!!Os odio, blancos!!