Oh, the wind, the wind is blowing,
through the graves the wind is blowing,
freedom soon will come;
then we'll come from the shadows.
(The partisan, Leonard Cohen)
14 de julio de 1789; toma de La Bastilla. 2 de mayo de 1808; levantamiento contra la invasión napoleónica. 18 de marzo de 1871; Comuna de París. 25 de octubre de 1917; asalto del Palacio de Invierno. 14 de abril de 1931; proclamación de la Segunda República. 1 de enero de 1959; triunfo revolucionario en La Habana.
Son algunas fechas clave en la historia contemporánea, “La era de las Revoluciones” como la bautizó el gran historiador Eric Hobsbawm. No es ni mucho menos una cronología completa; faltan otras fechas importantes y quizás sobra alguna de consecuencias cuestionables y efímeras. Los días que aquí expongo tienen algo en común; en ellos se produjeron estallidos sociales de carácter popular en los que las masas de indignados salieron a las calles para cambiar la historia. Luchaban por su libertad, por una vida digna y por un sistema político más justo. Por supuesto no lograron ningún objetivo tangible de la noche a la mañana, ni siquiera a lo largo de ese mismo año o de los años sucesivos. Pero pusieron en marcha a la historia, y la historia avanzó para nunca más volver atrás, a pesar de los posteriores fracasos, traiciones y desengaños.
Quedan pocos días para que acabe el año 2011, un año colmado de revueltas, protestas y estallidos sociales y que sin embargo, acaba sin consecuencias fácticas a la vista. La historia, como siempre, se encarga de recordarnos los símbolos y los antecedentes. En nuestra memoria quedará el vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi, que el 17 de diciembre de 2010 se inmoló en protesta del Gobierno y dio lugar a un movimiento revolucionario sin precedentes que se extendió como la pólvora a lo largo de 2011 de Túnez a Egipto, a Libia y a toda la región norteafricana y de Oriente Próximo. Ya son cuatro los dictadores derrocados (Ben Ali, Mubarak, Gadafi y Saleh) y otros tantos muy pendientes de los movimientos opositores. Algunos de ellos en jaque como el sirio Bachar Al Asad. Pero la historia ingrata no ha premiado a los revolucionarios, que padecen el vacío institucional en Libia, la incertidumbre de una democracia recién nacida en Túnez y siguen siendo reprimidos de forma inhumana en Egipto y en Siria. Y a pesar de todo, por primera vez en su historia, el mundo árabe tiene la esperanza de salir por fin de las sombras.
En Europa la historia es bien distinta. Han caído los gobiernos de Grecia y de Italia y el de España ha sido vapuleado en las elecciones. La llamada crisis de la deuda se lleva por delante a todos los responsables de gestionarla. Incluso Merkel y Sarkozi llevan las de perder en las próximas elecciones. Los mercados amenazan con quitar de en medio a cualquier gobierno que no sea útil para sus intereses. Y mientras nuestra economía juega a la ruleta rusa, los gobiernos europeos claman contra las tiranías y apoyan a los aguerridos manifestantes árabes (siempre que tengan intereses geoestratégicos en la zona, como no). Apoyan las revueltas lejanas pero ignoran las protestas democráticas y pacifistas que se producen en sus propios países.
El 15 de mayo comenzó en Madrid un movimiento de protesta global que ha marcado un antes y un después en las conciencias de las nuevas generaciones. Estudiantes, trabajadores precarios y desempleados de todas las ideologías se unieron por vez primera bajo la consigna común de una democracia “real” y participativa. Se pedían tres cosas básicamente. Uno, que el gobierno defienda los intereses de los trabajadores frente a los mercados. Dos, que se consulte al ciudadano ante las decisiones políticas transcendentes. Y tres, que haya una representatividad electoral ecuánime para todos los partidos y no solo para los dos más poderosos. La sencillez de esas propuestas irrebatibles ha extendido el movimiento 15M desde Madrid al resto de las ciudades europeas y americanas. El 15 de octubre fue convocada la manifestación más internacional de la historia. 951 ciudades de 82 países convocaron manifestaciones de protesta convirtiendo el movimiento contestatario en una fuerza global.¿Los resultados? Ninguno a la vista. El tiempo dirá.
2011 es un año revolucionario aunque ninguna revolución haya conseguido sus logros. Se acabó la era de Bin Laden y los yihadistas, de la ETA y las narcoguerrillas latinoamericanas. Una nueva fuerza popular, democrática y revolucionaria ha surgido y no se apagará fácilmente. Los pesimistas y los sectareos hablan del 15M en pasado, como si hubiera muerto por culpa de no adoptar un signo ideológico. Los ignorantes, los que nunca supieron ni quisieron saber de lo que se trataba, lo tachan de extrema izquierda y lo asocian al minoritario movimiento okupa para desprestigiarlo y darlo por acabado. Para mí es una fecha, simplemente una fecha que marcó un antes y un después en la conciencia de la gente. Fue la fecha en la que las protestas árabes por fin trascendieron, transitaron y se adaptaron al mundo occidental. La parada obligatoria era España, un país a caballo cultural y geográficamente entre ambos mundos. Madrid o Tunez, Sol o Tahrir, 17 de diciembre o 15 de mayo, qué más da. Muchos insisten en las diferencias que nos separan, yo creo que son más los puntos en común. La clave está en sentirlo como una lucha común, pese a la diferencia de los métodos y de los escenarios. Se lucha por la justicia, por la dignidad y por la democracia.
No hay resultados, pero nada será igual a partir de ahora. Se acabó la tolerancia hacia la desigualdad, la indiferencia hacia la corrupción y la pasividad ante los abusos de políticos y los mercados. “Dormíamos; despertamos” fue el lema más significativo de la Puerta del Sol. La prensa no puede ocultar la importancia de las protestas, hasta la revista Time ha elegido al “manifestante” como personaje del año reconociendo esa nueva energía desconocida que ha resurgido en la historia. Los políticos europeos saben que el horno no está para bollos, las tiranías árabes tiemblan e incluso en Rusia (el último país en despertar, por ahora) los manifestantes pueden poner en jaque la corrupción electoral del gobierno. Si persistimos en nuestro empeño, si como dice la canción de Cohen "el viento sigue soplando"; la libertad llegará. Entonces sí, saldremos de las sombras.
Reportajes, reflexiones, relatos callejeros y otras aventuras. Un homenaje a los detectives salvajes que aún sobreviven en el planeta
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20 Dec 2011
Año 2011. Saliendo de las sombras
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9 Aug 2011
CRISIS ECONÓMICA Y ECOLÓGICA ¿PODREMOS AFRONTARLO?
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Arriba podemos ver la gráfica de Mathis Wackernagel, investigador del Global Footprint Network (California). Fijémonos un segundo en el eje vertical. Se trata del Índice de Desarrollo Humano (IDH) con el que las Naciones Unidas miden las condiciones de vida de los países, teniendo en cuenta la esperanza de vida, el nivel educativo y el PIB per cápita. Se considera que el desarrollo de un país es aceptable si supera un 0´8. Una cifra inferior significaría que dicho país tiene un nivel demasiado elevado de miseria, analfabetismo y mortalidad y que su nivel de vida es inaceptable. El eje horizontal numera la cantidad de planetas Tierra que serían necesarios si todo el mundo viviera al nivel de desarrollo de un país en concreto.
Por ejemplo, si toda la tierra viviera al nivel de vida de un país africano (0,3 de IDH) nos sobraría la mitad de los recursos del planeta, pero obviamente todos pasaríamos hambre. Sin embargo, si el mundo entero se mantuviera al nivel de Inglaterra o de Estados Unidos (0,9), necesitaríamos de 4 a 5 planetas tierra para generar tal bienestar y sustentar a todos y cada uno de los países. En 2008 el profesor Carlos Fernández Liria analizó la gráfica denunciando el excesivo coste ecológico que conlleva el estilo de vida en el primer mundo y apuntando que solo hay un país en la tierra cuyo nivel de vida supera el Índice de Desarrollo Humano (0,8) sin que se necesite consumir un planeta entero; Cuba.[1]
Eso significaría que la isla demonizada por los medios, la llamada dictadura de los Castro es el único modelo económico a imitar si queremos que este planeta se conserve a medio plazo. ¿Significa también que los cubanos que huyen del modelo de consumo responsable buscando un “mundo mejor” deberían replantearse su ética y su moral? ¿Significa que nosotros los primermundistas deberíamos autoflagelarnos por nuestra actitud consumista irresponsable, criminal y suicida?
Muchos son los que optan por la solución individual y se convierten al consumo alternativo con la creencia de que si todo el mundo hiciera lo mismo, las transnacionales se verían obligadas a cambiar. Creemos que por no participar en los hábitos de consumo habituales damos ejemplo al resto y contribuimos a mejorar el mundo en el que vivimos.[2] Susan George, la reconocida politóloga y presidenta de ATTAC , afirma que tales actitudes no solo no son ciertas sino que son incluso perjudiciales para la lucha por el cambio, puesto que convencen a muchos de que actuar de forma individualista es mejor que participar en otros frentes más coherentes y necesarios[3].
Queramos o no queramos, vivimos en una sociedad capitalista y suponer que podemos huir de ella o modificarla practicando individualmente el consumo alternativo es una postura demasiado optimista. Como afirma la presidenta de ATTAC, si hoy se redujera la demanda de carne también se criaría menos ganado y por consiguiente se cultivarían menos cereales, lo cual tendría consecuencias muy negativas para los países pobres. Por supuesto, los posibles ahorros que ello conllevara no se repartirían entre los hambrientos. Además, es tan imposible convencer a los millones de consumidores de hamburguesas de que no las consuman, como convencer a un cubano de que debe quedarse en su isla, comiendo arroz con frijoles y practicando el consumo responsable. Hay que tener muy poca vergüenza para condenar el ansia de vivir “bien” de los pobres y de imitar el modo impune con el que destruimos el planeta.
Que el consumo ecológico no sea efectivo como lucha no significa que haya que aceptar que seamos unos consumidores irresponsables, comedores compulsivos de carne y que malgastemos agua y energía a diestro y siniestro. El consumo ético y el hábito ecológico son muy importantes, aunque no sean la mejor estrategia de lucha para cambiar el sistema. Además, debemos ser conscientes de que un reparto equitativo del mundo conllevaría la imposibilidad de vivir al ritmo que vivimos; cambiando de teléfono móvil cada pocos meses, comprando coches nuevos desde los 18 años, derrochando comida a diario y contaminando el planeta tal y como lo hacemos ahora.
Se calcula que el planeta difícilmente podría sustentar el nivel de consumo del primer mundo para más de 600 millones de personas, pero India y China se desarrollan a una velocidad vertiginosa y entre ambos suman casi 3.000 millones de habitantes. Si ambos países se unen a la órbita de consumo del primer mundo (como parece que están haciendo) es muy probable que la situación llegue al colapso y que no tengamos más remedio que renunciar -no ya voluntariamente sino por obligación- a muchas de las comodidades y lujos a los que nos hemos acostumbrado. Los científicos y los biólogos también lo están advirtiendo; si el mundo sigue el camino de los combustibles fósiles y la pérdida de la biodiversidad, la destrucción del planeta a medio plazo está garantizada [4]. Deberíamos al menos plantearnos algunas preguntas, puesto que la posibilidad de vernos en esa situación es alta: ¿Podríamos conseguir racionar nuestras neveras y reciclar todo lo que consumamos? ¿Podríamos resistir esperando colas de autobús y metro en vez de conducir nuestro coche? ¿Podríamos renunciar a los cachivaches tecnológicos que hoy dominan nuestro día a día y nuestros sueños futuristas? Deberíamos al menos, plantear la posibilidad. ¿Estamos pepradados para esto?
Como señala Justin Podur, el consumo diario de los habitantes de los países ricos es un resultado del sistema desigual, no la causa de la desigualdad. Dicho de otra forma; los pobres no mueren de hambre exactamente porque los ricos consuman, sino porque “los habitantes de ambas regiones están siendo utilizados por un sistema al que no le importan nada sus habitantes”. Si la historia condena a los habitantes de los países ricos, no será por nuestras elecciones de consumo, “sino por no luchar contra las estructuras de dominación y las relaciones de poder que establecen dichas elecciones”[5]. La solución no es criticar a la gente que bebe cocacola y habla con aparatos de última tecnología, sino denunciar a las empresas que organizan su mercadotecnia y su publicidad de modo masivo para propiciar un consumo irresponsable y destructivo con el medio ambiente.[6] Periodistas, investigadores y movimientos de protesta deberían reivindicar un cambio en nuestros métodos de producción y una economía respetuosa con el entorno natural.
Todos estos esfuerzos requieren una acción conjunta y según los expertos, la mejor opción que tenemos es apoyar a dichos movimientos de protesta, que son la vía más eficaz para denunciar los abusos del sistema y hacer presión. Es muy sano y razonable optar por el consumo alternativo, pero al decir de la politóloga de ATTAC, nadie debería sentirse virtuoso por ello, ni esperar que el resto les aplaudamos; “tenemos cosas más importantes que hacer, como luchar de verdad, contra este sistema injusto”.[7] La conciencia ecológica es solo un primer paso para salvar el planeta. Para poder llevar a cabo un objetivo tan importante deberíamos convencer al máximo número de personas y llevar a cabo una acción conjunta de denuncia. Es importante estar bien informados y usar esos conocimientos para denunciar al sistema, localizando a los culpables de esta situación. En el pasado siglo XX, el enemigo era más localizable; se luchaba contra el fascismo o contra la agresión estadounidense en Vietnam. Hoy el enemigo es más difuso y por ello deberíamos más atentos que nunca. El “No al imperialismo” ha dado paso al “suspensión de la deuda” o “abolición del ajuste estructural”, ante los cuales, muchos aún hoy se quedan perplejos. Si todos conociéramos los abusos y las barbaridades cometidas por los mercados (guerras, saqueos, financiación de regímenes criminales etc.) tendríamos motivos de sobra para estar indignados. Todos deberíamos identificar a los responsables del desastre y tener en el punto de mira a organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI); el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Acuerdo General sobre Comercio de Servicios (AGCS), el G-8 y las transnacionales. Hay que ser conscientes de que en el sistema regido por estas organizaciones, el beneficio es lo único que cuenta. El planeta, la naturaleza y la gente les es indiferente.[8] Capitalismo y ecología son incompatibles y del resultado de esa batalla depende el futuro de la humanidad.
Es prioritario exigir el derecho un reparto más equitativo. Recordemos algunos datos; más de la mitad sur de la Tierra se reparte menos del 1% de la riqueza global, los tres individuos más ricos del planeta poseen una fortuna superior a la de los 48 países más pobres, 3.000 millones de personas (la mitad de la humanidad) consumen agua de mala calidad que genera la muerte a 30.000 personas al día.[9] Las catástrofes asolan el tercer mundo ante la indiferencia de nuestros políticos neoliberales, solo entregados a salvar a los bancos de la crisis. [10]
Tal vez esta crisis no suponga el fin del capitalismo, pero investigadores de la talla de Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Paul Krugman y Joseph Stiglitz (Premio Nobel de economía) anuncian el fin de la era de la economía desregulada, del ultraliberalismo y la globalización financiera. Stiglitz, al que no se puede acusar de izquierdista antisistema (fue asesor económico de Clinton), nos advierte que las políticas de los partidos conservadores de Europa “son una receta para el desastre”[11] y que de seguir este camino España y otros países del sur de Europa podrían sufrir una crisis más grave que la de Argentina en 2001.[12] Si finalmente el colapso ocurre, las consecuencias son impredecibles y a nivel mundial el desastre sería irrecuperable.
¿Estamos preparados para afrontarlo?
[1] http://blogs.publico.es/dominiopublico/267/%C2%BFquien-cabe-en-el-mundo/
[2] Muchos deciden hacerse vegetarianos no por mejorar su salud o ser coherentes con sus creencias, sino para luchar contra el hambre.
[3] Susan George, “Otromundo es possible si”, 2003.
[4] Franz J. Broswimmer, “Ecocidio”, 2005
[5] Justin Podur, “Consumption, complicity and SUV
[6] Los boicots contra las naranjas Outspan sudafricanas o contra Shell por su acción destructora contra el pueblo ogoni de Nigeria y en el Mar del Norte, perjudicaron a la empresa y contribuyeron a poner din al apartheid. (George, p.211).
[7] Susan George, “Otro mundo es possible si”, 2003.
[8] Noam Chomsky, “El beneficio es lo que cuenta”, 2002.
[9] Ignacio Ramonet, “La catástrofe perfecta”. 2009.
[10] En España cuando ocurre el milagro de que el gobierno apoya económicamente a un país pobre (como en el caso de la terrible sequía en Somalia, en el que el Gobierno ha enviado 25 millones de euros) las quejas de los conservadores no se hacen esperar. Las nuevas generaciones del PP alegan literalmente; “En España no cabe un tonto más! Regalamos 25 millones para Africa!”.
[11] http://www.publico.es/dinero/388925/las-politicas-de-los-partidos-conservadores-son-una-receta-para-el-desastre
[12] http://www.cotizalia.com/noticias/stiglitz-espana-podria-afrontar-crisis-argentina-20101003-58958.html
Arriba podemos ver la gráfica de Mathis Wackernagel, investigador del Global Footprint Network (California). Fijémonos un segundo en el eje vertical. Se trata del Índice de Desarrollo Humano (IDH) con el que las Naciones Unidas miden las condiciones de vida de los países, teniendo en cuenta la esperanza de vida, el nivel educativo y el PIB per cápita. Se considera que el desarrollo de un país es aceptable si supera un 0´8. Una cifra inferior significaría que dicho país tiene un nivel demasiado elevado de miseria, analfabetismo y mortalidad y que su nivel de vida es inaceptable. El eje horizontal numera la cantidad de planetas Tierra que serían necesarios si todo el mundo viviera al nivel de desarrollo de un país en concreto.
Por ejemplo, si toda la tierra viviera al nivel de vida de un país africano (0,3 de IDH) nos sobraría la mitad de los recursos del planeta, pero obviamente todos pasaríamos hambre. Sin embargo, si el mundo entero se mantuviera al nivel de Inglaterra o de Estados Unidos (0,9), necesitaríamos de 4 a 5 planetas tierra para generar tal bienestar y sustentar a todos y cada uno de los países. En 2008 el profesor Carlos Fernández Liria analizó la gráfica denunciando el excesivo coste ecológico que conlleva el estilo de vida en el primer mundo y apuntando que solo hay un país en la tierra cuyo nivel de vida supera el Índice de Desarrollo Humano (0,8) sin que se necesite consumir un planeta entero; Cuba.[1]
Eso significaría que la isla demonizada por los medios, la llamada dictadura de los Castro es el único modelo económico a imitar si queremos que este planeta se conserve a medio plazo. ¿Significa también que los cubanos que huyen del modelo de consumo responsable buscando un “mundo mejor” deberían replantearse su ética y su moral? ¿Significa que nosotros los primermundistas deberíamos autoflagelarnos por nuestra actitud consumista irresponsable, criminal y suicida?
Muchos son los que optan por la solución individual y se convierten al consumo alternativo con la creencia de que si todo el mundo hiciera lo mismo, las transnacionales se verían obligadas a cambiar. Creemos que por no participar en los hábitos de consumo habituales damos ejemplo al resto y contribuimos a mejorar el mundo en el que vivimos.[2] Susan George, la reconocida politóloga y presidenta de ATTAC , afirma que tales actitudes no solo no son ciertas sino que son incluso perjudiciales para la lucha por el cambio, puesto que convencen a muchos de que actuar de forma individualista es mejor que participar en otros frentes más coherentes y necesarios[3].
Queramos o no queramos, vivimos en una sociedad capitalista y suponer que podemos huir de ella o modificarla practicando individualmente el consumo alternativo es una postura demasiado optimista. Como afirma la presidenta de ATTAC, si hoy se redujera la demanda de carne también se criaría menos ganado y por consiguiente se cultivarían menos cereales, lo cual tendría consecuencias muy negativas para los países pobres. Por supuesto, los posibles ahorros que ello conllevara no se repartirían entre los hambrientos. Además, es tan imposible convencer a los millones de consumidores de hamburguesas de que no las consuman, como convencer a un cubano de que debe quedarse en su isla, comiendo arroz con frijoles y practicando el consumo responsable. Hay que tener muy poca vergüenza para condenar el ansia de vivir “bien” de los pobres y de imitar el modo impune con el que destruimos el planeta.
Que el consumo ecológico no sea efectivo como lucha no significa que haya que aceptar que seamos unos consumidores irresponsables, comedores compulsivos de carne y que malgastemos agua y energía a diestro y siniestro. El consumo ético y el hábito ecológico son muy importantes, aunque no sean la mejor estrategia de lucha para cambiar el sistema. Además, debemos ser conscientes de que un reparto equitativo del mundo conllevaría la imposibilidad de vivir al ritmo que vivimos; cambiando de teléfono móvil cada pocos meses, comprando coches nuevos desde los 18 años, derrochando comida a diario y contaminando el planeta tal y como lo hacemos ahora.
Se calcula que el planeta difícilmente podría sustentar el nivel de consumo del primer mundo para más de 600 millones de personas, pero India y China se desarrollan a una velocidad vertiginosa y entre ambos suman casi 3.000 millones de habitantes. Si ambos países se unen a la órbita de consumo del primer mundo (como parece que están haciendo) es muy probable que la situación llegue al colapso y que no tengamos más remedio que renunciar -no ya voluntariamente sino por obligación- a muchas de las comodidades y lujos a los que nos hemos acostumbrado. Los científicos y los biólogos también lo están advirtiendo; si el mundo sigue el camino de los combustibles fósiles y la pérdida de la biodiversidad, la destrucción del planeta a medio plazo está garantizada [4]. Deberíamos al menos plantearnos algunas preguntas, puesto que la posibilidad de vernos en esa situación es alta: ¿Podríamos conseguir racionar nuestras neveras y reciclar todo lo que consumamos? ¿Podríamos resistir esperando colas de autobús y metro en vez de conducir nuestro coche? ¿Podríamos renunciar a los cachivaches tecnológicos que hoy dominan nuestro día a día y nuestros sueños futuristas? Deberíamos al menos, plantear la posibilidad. ¿Estamos pepradados para esto?
Como señala Justin Podur, el consumo diario de los habitantes de los países ricos es un resultado del sistema desigual, no la causa de la desigualdad. Dicho de otra forma; los pobres no mueren de hambre exactamente porque los ricos consuman, sino porque “los habitantes de ambas regiones están siendo utilizados por un sistema al que no le importan nada sus habitantes”. Si la historia condena a los habitantes de los países ricos, no será por nuestras elecciones de consumo, “sino por no luchar contra las estructuras de dominación y las relaciones de poder que establecen dichas elecciones”[5]. La solución no es criticar a la gente que bebe cocacola y habla con aparatos de última tecnología, sino denunciar a las empresas que organizan su mercadotecnia y su publicidad de modo masivo para propiciar un consumo irresponsable y destructivo con el medio ambiente.[6] Periodistas, investigadores y movimientos de protesta deberían reivindicar un cambio en nuestros métodos de producción y una economía respetuosa con el entorno natural.
Todos estos esfuerzos requieren una acción conjunta y según los expertos, la mejor opción que tenemos es apoyar a dichos movimientos de protesta, que son la vía más eficaz para denunciar los abusos del sistema y hacer presión. Es muy sano y razonable optar por el consumo alternativo, pero al decir de la politóloga de ATTAC, nadie debería sentirse virtuoso por ello, ni esperar que el resto les aplaudamos; “tenemos cosas más importantes que hacer, como luchar de verdad, contra este sistema injusto”.[7] La conciencia ecológica es solo un primer paso para salvar el planeta. Para poder llevar a cabo un objetivo tan importante deberíamos convencer al máximo número de personas y llevar a cabo una acción conjunta de denuncia. Es importante estar bien informados y usar esos conocimientos para denunciar al sistema, localizando a los culpables de esta situación. En el pasado siglo XX, el enemigo era más localizable; se luchaba contra el fascismo o contra la agresión estadounidense en Vietnam. Hoy el enemigo es más difuso y por ello deberíamos más atentos que nunca. El “No al imperialismo” ha dado paso al “suspensión de la deuda” o “abolición del ajuste estructural”, ante los cuales, muchos aún hoy se quedan perplejos. Si todos conociéramos los abusos y las barbaridades cometidas por los mercados (guerras, saqueos, financiación de regímenes criminales etc.) tendríamos motivos de sobra para estar indignados. Todos deberíamos identificar a los responsables del desastre y tener en el punto de mira a organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI); el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Acuerdo General sobre Comercio de Servicios (AGCS), el G-8 y las transnacionales. Hay que ser conscientes de que en el sistema regido por estas organizaciones, el beneficio es lo único que cuenta. El planeta, la naturaleza y la gente les es indiferente.[8] Capitalismo y ecología son incompatibles y del resultado de esa batalla depende el futuro de la humanidad.
Es prioritario exigir el derecho un reparto más equitativo. Recordemos algunos datos; más de la mitad sur de la Tierra se reparte menos del 1% de la riqueza global, los tres individuos más ricos del planeta poseen una fortuna superior a la de los 48 países más pobres, 3.000 millones de personas (la mitad de la humanidad) consumen agua de mala calidad que genera la muerte a 30.000 personas al día.[9] Las catástrofes asolan el tercer mundo ante la indiferencia de nuestros políticos neoliberales, solo entregados a salvar a los bancos de la crisis. [10]
Tal vez esta crisis no suponga el fin del capitalismo, pero investigadores de la talla de Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Paul Krugman y Joseph Stiglitz (Premio Nobel de economía) anuncian el fin de la era de la economía desregulada, del ultraliberalismo y la globalización financiera. Stiglitz, al que no se puede acusar de izquierdista antisistema (fue asesor económico de Clinton), nos advierte que las políticas de los partidos conservadores de Europa “son una receta para el desastre”[11] y que de seguir este camino España y otros países del sur de Europa podrían sufrir una crisis más grave que la de Argentina en 2001.[12] Si finalmente el colapso ocurre, las consecuencias son impredecibles y a nivel mundial el desastre sería irrecuperable.
¿Estamos preparados para afrontarlo?
[1] http://blogs.publico.es/dominiopublico/267/%C2%BFquien-cabe-en-el-mundo/
[2] Muchos deciden hacerse vegetarianos no por mejorar su salud o ser coherentes con sus creencias, sino para luchar contra el hambre.
[3] Susan George, “Otromundo es possible si”, 2003.
[4] Franz J. Broswimmer, “Ecocidio”, 2005
[5] Justin Podur, “Consumption, complicity and SUV
[6] Los boicots contra las naranjas Outspan sudafricanas o contra Shell por su acción destructora contra el pueblo ogoni de Nigeria y en el Mar del Norte, perjudicaron a la empresa y contribuyeron a poner din al apartheid. (George, p.211).
[7] Susan George, “Otro mundo es possible si”, 2003.
[8] Noam Chomsky, “El beneficio es lo que cuenta”, 2002.
[9] Ignacio Ramonet, “La catástrofe perfecta”. 2009.
[10] En España cuando ocurre el milagro de que el gobierno apoya económicamente a un país pobre (como en el caso de la terrible sequía en Somalia, en el que el Gobierno ha enviado 25 millones de euros) las quejas de los conservadores no se hacen esperar. Las nuevas generaciones del PP alegan literalmente; “En España no cabe un tonto más! Regalamos 25 millones para Africa!”.
[11] http://www.publico.es/dinero/388925/las-politicas-de-los-partidos-conservadores-son-una-receta-para-el-desastre
[12] http://www.cotizalia.com/noticias/stiglitz-espana-podria-afrontar-crisis-argentina-20101003-58958.html
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