Reportajes, reflexiones, relatos callejeros y otras aventuras. Un homenaje a los detectives salvajes que aún sobreviven en el planeta
Showing posts with label Estados Unidos. Show all posts
Showing posts with label Estados Unidos. Show all posts
19 May 2012
Una cuenta pendiente para Obama
Un hombre condenado a muerte por un asesinato cometido en 1975 ha sido ejecutado en Oklahoma, al sur de Estados Unidos. Es la 18ª ejecución en lo que va de año.
En 2011 en EEUU se condenaron a 78 reos a la pena máxima y se cumplieron 43 sentencias. Por primera vez en 35 años el número de condenados a muerte fue inferior a un centenar. El número sigue descendiendo: en 2010 fueron 112 los condenados, menos que los 224 del año 2000, y mucho menos que los 315 de 1996 (la cifra record hasta ahora). Pero a pesar de ese descenso, la pena de muerte sigue en plena vigencia en EEUU: 34 estados (de 50) siguen aplicándola. El número de ejecuciones mancha la imagen democrática que el país quiere exhibir en el exterior.
No hay que olvidar que en países como Cuba, continuamente acusados de violar los derechos humanos, la pena máxima no se aplica desde el 2003, año en el que fueron fusilados tres secuestradores. Desde 1971, 357 personas han sido ejecutadas en Cuba, un número muy inferior al de Estados Unidos. Muchos dirán que se debe al mayor tamaño del país norteamericano y a la conflictividad social que conlleva la inmigración. Pero lo cierto es que la aplicación de la pena máxima en un país democrático es un anacronismo injustificable en el siglo XXI.
El Gobierno de Obama afirma que la pena de muerte solo debería aplicarse para los peores crímenes, pero debería insistir con mayor firmeza en erradicar una lacra jurídica tan vergonzosa. Y la abolición de la pena capital debería ir unida al fin definitivo de las violaciones de derechos humanos del ejército estadounidense, que suponen un descrédito absoluto a la política exterior norteamericana. Guantánamo, símbolo de la tortura, el secuestro y el abuso más infame, sigue siendo una derrota sangrante para el presidente. La abolición de la pena máxima en EEUU es una de las cuentas pendiente más importantes del gabinete de Obama. Puede que la derogación sea impopular en su país (un 61% de la población apoya la pena máxima), pero su permanencia es intolerable en el mundo occidental.
17 Feb 2012
THE WIRE: ENTRE SHAKESPEARE Y LOS CHICOS DE LA CALLE
“Si Shakespeare te ha interesado alguna vez, te interesará The Wire. Si te gustan cosas más sencillas, quizá no”. Lo afirma Enric González, periodista referente y fanático declarado de la serie. No es el único. Lo más sorprendente del “fenómeno The Wire” es la unanimidad de la crítica al considerarla una obra maestra al nivel del mejor cine y al definirla como una de las mejores series de toda la historia.
El realismo del guión, de los personajes y del ambiente son algunas de las claves de su éxito. El retrato de un Baltimore suburbial y decadente, plagado de violentos narcos, jóvenes salvajes y policías corruptos. Un entorno sucio y maloliente que a primera vista echa para atrás, pero que te atrapa poco a poco exigiéndote la máxima atención. Un panorama desolador que incitaría al pesimismo y al abatimiento si no fuera por la calidad del guión y los personajes. Y es que la esperanza y la lucha por la vida se abren paso en The Wire y florecen incluso en los guetos más decadentes.
Pero el verdadero secreto de la historia, lo verdaderamente seductor es la complejidad con que aparece retratada la lucha interior de cada personaje. En The Wire nada es lo que parece; ni los buenos son honrados galanes, ni los malos son monstruos malhechores. Su conciencia transita entre el bien y el mal y es reflejada con una veracidad extraordinaria gracias al trabajo de un elenco magistral. Nos encontramos ante actores de la talla del joven De Niro, de Pacino, de Hoffman y de otros grandes intérpretes de los setenta que tan bien encarnaron a desequilibrados, pandilleros y gangsters enfermos de poder.
Entre tantos personajes memorables destaca un imbatible Robin Hood gay, libre y salvaje, con un curioso código moral que solo le permite matar a asesinos. No es el único que sorprende: un vulgar capo que a priori parece chulo, hortera y malhablado, resulta ser un personaje tierno y de una fragilidad entrañable, que acaba en una espiral suicida por escapar del entorno cruel de su familia mafiosa. Un toxicómano purulento y balbuceante contempla a unos niños jugar en un parque y sin una sola palabra es capaz de estremecer al espectador que adivina en su rostro apunto del llanto la ilusión inconfesable por salir de ese agujero infernal del que sabe bien que nunca podrá escapar. Un líder sindical al borde de la desesperación, un camello enclenque y borderline, un capo narcotraficante que estudia negocios en la universidad, un detective alcohólico, mujeriego y adicto al trabajo, una lesbiana temeraria, un político que encubre a la mafia. Policías vagos, chapuceros, envidiosos, corruptos, ladrones e incluso algún que otro policía honesto. Nadie ha explicado con tanta sabiduria los entresijos del narcotráfico y sus consecuencias en la sociedad.
The Wire es una serie shakesperiana, llena de argot y de acentos complicados que ni siquiera los norteamericanos entienden, pero llena también de grandes dilemas que nos afectan a todos. La lucha entre el miedo y el valor, la lealtad y la traición, la corrupción y la honestidad, el perdón y la venganza. La vida misma en cinco temporadas.
El autor, David Simon, antiguo periodista de sucesos en The Baltimore Sun, ha sabido plasmar el mundo de la calle, la desigualdad y la marginalidad como solo los grandes maestros han hecho. Para encontrar precedentes comparables a The Wire tenemos que citar muchas de las grandes obras maestras del cine y la literatura. La obra de Simon bebe de los chicos de la calle del neorrealismo italiano, de los Ladrones de bicicletas de Vittorio di Sica, de Los olvidados de Buñuel, de la Ciudad de Dios de Meirelles y de la literatura de Charles Dickens, de Marck Twain y de Zola entre otros. Pero por encima de todas las citadas, los avatares de los jóvenes “hampones y descuideros” de Baltimore recuerdan a los jóvenes mendigos de La lucha por la vida de Baroja, en la que los suburbios madrileños son retratados con la misma mirada cruda y desolada con la que Simon ha descrito su Baltimore. Ciudades de contrastes que presentan luz fuerte al lado de sombra oscura, vida refinada, casi europea, en el centro y vida africana, de aduar, en los suburbios.
El Baltimore de Simon es el Madrid de Baroja. Sus personajes son los de Shakespeare.
Etiquetas:
Artículos de opinión,
critica,
Crónicas,
Estados Unidos,
gangster,
HBO,
Macnulty,
mafia,
Omar,
serie,
series,
shakespeare,
sociedad,
television,
The wire
13 Jun 2011
¡INDIGNEMOS!
El capitalismo es el orden social que resulta de la libertad económica en el usufructo de la propiedad privada sobre el capital como herramienta de producción.[1]
Este concepto, que suena tan liberal, conveniente y lucrativo, en la práctica encarna un orden que podría definirse coloquialmente como la “anarquía de los ricos”; llámense especuladores, empresarios o banqueros. Anarquía en el sentido estricto de la palabra, ya que pueden llevar a cabo todo lo que se les antoje sin que ninguna ley se lo impida; saqueo de países, guerras “preventivas”, golpes de estado, crisis, cambios de gobierno, manipulación informativa y destrucción paulatina del medio ambiente y por ende, del mundo que habitamos.
La absoluta libertad de los amos del mundo se antepone a la labor social de la política y deriva en la acumulación de todo el poder mundial en manos de personas casi anónimas, sin ninguna responsabilidad con el mundo y cuyo primordial interés es enriquecerse a costa de todo y de todos. El efecto es sorprendente; cuanto más multimillonarios son, más avariciosos y ávidos de dinero se vuelven, caiga quien caiga. La derecha neoliberal aún afirma convencida la teoría de que el enriquecimiento individual de estos respetables señores tiene como consecuencia el aumento de la calidad de vida del resto de la población. Y nosotros, habitantes del “primer mundo” (el único que se ha beneficiado de la susodicha calidad de vida), hemos vivido cómodamente y felices en el estilo de vida que estos mandamases han planeado minuciosamente para nosotros; hemos jugado a su juego de trabajo y consumismo y nos han premiado haciéndonos propietarios de casas, coches y nuevas tecnologías. Nos hemos tapado los oídos ante la evidencia de que el costo de nuestro enriquecimiento es el despojo de los países del tercer mundo y hemos hecho la vista gorda ante tantas guerras, hambrunas y ante la destrucción del medio ambiente. Todo es tan ambiguo y tan confuso que las responsabilidades de todo esto se diluyen en el vacío. Vivimos muy bien en nuestra burbuja de cachivaches tecnológicos erráticos, en nuestra educación encaminada al analfabetismo y al empobrecimiento mental irreversible. Nos sentimos bien en el glamour, en lo sofisticado y decente de nuestras vidas.
Cuando todo parecía perdido, algo inexplicable remueve nuestras conciencias y nos lleva a salir a la calle a expresar nuestra indignación. En realidad el momento no es casual, vivimos en un contexto inmejorable para compartir información y tomar partido de una vez en la historia. Gracias a Internet y a las redes sociales, tenemos en nuestro poder todo tipo de información y podemos compartirla en cuestión de segundos. Pero debemos ser cuidadosos; no toda la información que corre por Internet es válida. Debemos hacer una criba severa y apartar la crítica pueril y subjetiva de la crítica documentada. La selección es fácil si se tiene buen ojo; muchos de los grandes intelectuales de nuestro tiempo han decidido tomar conciencia y han llevado a cabo obras literarias y documentales en las que se desenmascaran los grandes engaños e injusticias de nuestro tiempo. Aunque todos intuíamos los abusos de los gobiernos y de los mercados, no es lo mismo intuirlo que saberlo como irrefutable y poder comprobarlo. Al efecto Wikileaks, que ha evidenciado los métodos antidemocráticos, los abusos y el miedo paranoico del gran imperio yanqui, se le han unido las revueltas del mundo árabe, que dan lugar a una nueva era de democratización en la zona más caliente y vapuleada del mundo. El “choque de civilizaciones”[2] (fundamentalismo contra democracia) ha resultado ser una falacia, solo conveniente a los magnates y a los gobiernos ávidos de petróleo y de poder. El pueblo árabe ha dado el espaldarazo definitivo a la era Bin Laden y nos ha hecho entrar en una nueva etapa histórica. Reivindicando un cambio democrático de forma pacífica, los árabes se han convertido en el ejemplo a seguir por los indignados del mundo occidental, que curiosamente han comenzado la protesta en una ciudad de fundación islámica; "Mayrid".
Hoy, domingo 12 de junio, el movimiento 15M retira la acampada de la Puerta del Sol de Madrid. La plaza quedará como símbolo del movimiento, pero tras un mes de duración y de desgaste, se estaba poniendo en riesgo la imagen y la congruencia de los indignados. Que nadie se alarme, el movimiento sigue, va ser reforzado y sin duda lo mejor está por llegar. Pero seamos realistas, para que el cambio sea posible, necesitamos que el mensaje de indignación sea lo más coherente, riguroso y divulgativo posible. Tenemos una tarea pendiente que es la de indignar y comprometer a la gente que aún se niegan a oír y a ver, y para llevar a cabo esa tarea debemos dejar de lado nuestro discurso radical y exigirnos una imparcialidad absoluta. Estoy convencido de que no necesitamos grandes discursos; conociendo la realidad objetiva de las cosas tenemos razones de sobra para denunciar a los amos del mundo y exigir un cambio a nivel global. No es disparatado afirmar que vivimos, no ya en la anarquía de los ricos sino en la dictadura de los mercados. Somos súbditos de los mercados que son el verdadero gobierno mundial en la sombra y que manejan al mismísimo presidente de los Estados Unidos. Autores e intelectuales prestigiosos y reconocidos como Hessel, Chomsky, Hobsbawm, Todd y Galeano, periodistas como Iñaki Gabilondo, Ignacio Ramonet y Pascual Serrano y documentalistas como Charles Ferguson,[3] nos brindan un recital de evidencias argumentadas y nos ponen en bandeja las herramientas para denunciar las injusticias del mundo. Divulguémosles, tomemos conciencia, no hagamos proselitismo político, ni interpretemos las cosas con prismas ideológicos; informemos e indignemos coherentemente a más y más gente hasta que seamos tantos que no puedan con nosotros.
La tarea es difícil; estamos exigiendo a los políticos que nos defiendan de los abusos de los mercados, cuando resulta que los mismos políticos están endeudados por los mercados y amordazados ante su poder (caso de la izquierda) o bien son aliados expresos de los mismos banqueros y empresarios (caso de la derecha del PP y el PSOE). Estamos exigiendo nuestro pan con una navaja torpe y desgastada, pero el encargado de repartir el pan está a su vez siendo apuntado con una pistola en la nuca. Obviamente, prefiere el rasguño de nuestra navajita al pistoletazo que le quitaría la vida; prefieren ser avergonzados y desenmascarados por el pueblo a ser aniquilados políticamente por los mercados. Quizás la única solución posible sea una reivindicación a nivel mundial que paralice el sistema.
Este mayo de 2011 ha cambiado nuestras vidas para siempre y nos ha hecho pasar de la palabra a la acción. No solo se trata de impedir que los mercados se enriquezcan a nuestra costa, en mi opinión es preciso denunciar con la misma intensidad la impunidad que tienen en el tercer mundo. Salen a la luz evidencias de que algunos bancos españoles como La Caixa especulan con la subida del precio de los alimentos, sustento básico de los países del tercer mundo.[4] Te animan a invertir en un depósito en el cual ganas dinero si los alimentos suben, es decir, ganas dinero con el hambre de la gente de África, Asia y América del Sur. ¿Vamos a permitirlo? Desde ya propongo tomar medidas para impedir que lleven a cabo tal barbaridad. Sacar todo el dinero del banco si es necesario.
Dice Galeano que el 15 de mayo ha dividido al mundo en indignados e indignos. Es hora de actuar de una vez contra estos últimos.
Comprometámonos, informémonos, divulguemos, indignemos.
[1][1] Esta definición concuerda con las teorías de Smith (1776), Ricardo (1817), Proudhon (1840), Marx (1848), Weber (1904) y con la actual enciclopedia británica.
[2] Teoría auspiciada por el ideólogo neoliberal norteamericano Samuel Huntington en su obra "The clash of civilizations".
[3] Podeis ver online el documental de Ferguson en http://www.cuevana.tv/peliculas/3310/inside-job/
[4] Blog: 3500 millones de ideas contra la pobreza. “¿Juega tu banco con el hambre del mundo?” http://blogs.elpais.com/3500-millones/2011/04/juega-tu-banco-con-el-hambre-del-mundo.html
Este concepto, que suena tan liberal, conveniente y lucrativo, en la práctica encarna un orden que podría definirse coloquialmente como la “anarquía de los ricos”; llámense especuladores, empresarios o banqueros. Anarquía en el sentido estricto de la palabra, ya que pueden llevar a cabo todo lo que se les antoje sin que ninguna ley se lo impida; saqueo de países, guerras “preventivas”, golpes de estado, crisis, cambios de gobierno, manipulación informativa y destrucción paulatina del medio ambiente y por ende, del mundo que habitamos.
La absoluta libertad de los amos del mundo se antepone a la labor social de la política y deriva en la acumulación de todo el poder mundial en manos de personas casi anónimas, sin ninguna responsabilidad con el mundo y cuyo primordial interés es enriquecerse a costa de todo y de todos. El efecto es sorprendente; cuanto más multimillonarios son, más avariciosos y ávidos de dinero se vuelven, caiga quien caiga. La derecha neoliberal aún afirma convencida la teoría de que el enriquecimiento individual de estos respetables señores tiene como consecuencia el aumento de la calidad de vida del resto de la población. Y nosotros, habitantes del “primer mundo” (el único que se ha beneficiado de la susodicha calidad de vida), hemos vivido cómodamente y felices en el estilo de vida que estos mandamases han planeado minuciosamente para nosotros; hemos jugado a su juego de trabajo y consumismo y nos han premiado haciéndonos propietarios de casas, coches y nuevas tecnologías. Nos hemos tapado los oídos ante la evidencia de que el costo de nuestro enriquecimiento es el despojo de los países del tercer mundo y hemos hecho la vista gorda ante tantas guerras, hambrunas y ante la destrucción del medio ambiente. Todo es tan ambiguo y tan confuso que las responsabilidades de todo esto se diluyen en el vacío. Vivimos muy bien en nuestra burbuja de cachivaches tecnológicos erráticos, en nuestra educación encaminada al analfabetismo y al empobrecimiento mental irreversible. Nos sentimos bien en el glamour, en lo sofisticado y decente de nuestras vidas.
Cuando todo parecía perdido, algo inexplicable remueve nuestras conciencias y nos lleva a salir a la calle a expresar nuestra indignación. En realidad el momento no es casual, vivimos en un contexto inmejorable para compartir información y tomar partido de una vez en la historia. Gracias a Internet y a las redes sociales, tenemos en nuestro poder todo tipo de información y podemos compartirla en cuestión de segundos. Pero debemos ser cuidadosos; no toda la información que corre por Internet es válida. Debemos hacer una criba severa y apartar la crítica pueril y subjetiva de la crítica documentada. La selección es fácil si se tiene buen ojo; muchos de los grandes intelectuales de nuestro tiempo han decidido tomar conciencia y han llevado a cabo obras literarias y documentales en las que se desenmascaran los grandes engaños e injusticias de nuestro tiempo. Aunque todos intuíamos los abusos de los gobiernos y de los mercados, no es lo mismo intuirlo que saberlo como irrefutable y poder comprobarlo. Al efecto Wikileaks, que ha evidenciado los métodos antidemocráticos, los abusos y el miedo paranoico del gran imperio yanqui, se le han unido las revueltas del mundo árabe, que dan lugar a una nueva era de democratización en la zona más caliente y vapuleada del mundo. El “choque de civilizaciones”[2] (fundamentalismo contra democracia) ha resultado ser una falacia, solo conveniente a los magnates y a los gobiernos ávidos de petróleo y de poder. El pueblo árabe ha dado el espaldarazo definitivo a la era Bin Laden y nos ha hecho entrar en una nueva etapa histórica. Reivindicando un cambio democrático de forma pacífica, los árabes se han convertido en el ejemplo a seguir por los indignados del mundo occidental, que curiosamente han comenzado la protesta en una ciudad de fundación islámica; "Mayrid".
Hoy, domingo 12 de junio, el movimiento 15M retira la acampada de la Puerta del Sol de Madrid. La plaza quedará como símbolo del movimiento, pero tras un mes de duración y de desgaste, se estaba poniendo en riesgo la imagen y la congruencia de los indignados. Que nadie se alarme, el movimiento sigue, va ser reforzado y sin duda lo mejor está por llegar. Pero seamos realistas, para que el cambio sea posible, necesitamos que el mensaje de indignación sea lo más coherente, riguroso y divulgativo posible. Tenemos una tarea pendiente que es la de indignar y comprometer a la gente que aún se niegan a oír y a ver, y para llevar a cabo esa tarea debemos dejar de lado nuestro discurso radical y exigirnos una imparcialidad absoluta. Estoy convencido de que no necesitamos grandes discursos; conociendo la realidad objetiva de las cosas tenemos razones de sobra para denunciar a los amos del mundo y exigir un cambio a nivel global. No es disparatado afirmar que vivimos, no ya en la anarquía de los ricos sino en la dictadura de los mercados. Somos súbditos de los mercados que son el verdadero gobierno mundial en la sombra y que manejan al mismísimo presidente de los Estados Unidos. Autores e intelectuales prestigiosos y reconocidos como Hessel, Chomsky, Hobsbawm, Todd y Galeano, periodistas como Iñaki Gabilondo, Ignacio Ramonet y Pascual Serrano y documentalistas como Charles Ferguson,[3] nos brindan un recital de evidencias argumentadas y nos ponen en bandeja las herramientas para denunciar las injusticias del mundo. Divulguémosles, tomemos conciencia, no hagamos proselitismo político, ni interpretemos las cosas con prismas ideológicos; informemos e indignemos coherentemente a más y más gente hasta que seamos tantos que no puedan con nosotros.
La tarea es difícil; estamos exigiendo a los políticos que nos defiendan de los abusos de los mercados, cuando resulta que los mismos políticos están endeudados por los mercados y amordazados ante su poder (caso de la izquierda) o bien son aliados expresos de los mismos banqueros y empresarios (caso de la derecha del PP y el PSOE). Estamos exigiendo nuestro pan con una navaja torpe y desgastada, pero el encargado de repartir el pan está a su vez siendo apuntado con una pistola en la nuca. Obviamente, prefiere el rasguño de nuestra navajita al pistoletazo que le quitaría la vida; prefieren ser avergonzados y desenmascarados por el pueblo a ser aniquilados políticamente por los mercados. Quizás la única solución posible sea una reivindicación a nivel mundial que paralice el sistema.
Este mayo de 2011 ha cambiado nuestras vidas para siempre y nos ha hecho pasar de la palabra a la acción. No solo se trata de impedir que los mercados se enriquezcan a nuestra costa, en mi opinión es preciso denunciar con la misma intensidad la impunidad que tienen en el tercer mundo. Salen a la luz evidencias de que algunos bancos españoles como La Caixa especulan con la subida del precio de los alimentos, sustento básico de los países del tercer mundo.[4] Te animan a invertir en un depósito en el cual ganas dinero si los alimentos suben, es decir, ganas dinero con el hambre de la gente de África, Asia y América del Sur. ¿Vamos a permitirlo? Desde ya propongo tomar medidas para impedir que lleven a cabo tal barbaridad. Sacar todo el dinero del banco si es necesario.
Dice Galeano que el 15 de mayo ha dividido al mundo en indignados e indignos. Es hora de actuar de una vez contra estos últimos.
Comprometámonos, informémonos, divulguemos, indignemos.
[1][1] Esta definición concuerda con las teorías de Smith (1776), Ricardo (1817), Proudhon (1840), Marx (1848), Weber (1904) y con la actual enciclopedia británica.
[2] Teoría auspiciada por el ideólogo neoliberal norteamericano Samuel Huntington en su obra "The clash of civilizations".
[3] Podeis ver online el documental de Ferguson en http://www.cuevana.tv/peliculas/3310/inside-job/
[4] Blog: 3500 millones de ideas contra la pobreza. “¿Juega tu banco con el hambre del mundo?” http://blogs.elpais.com/3500-millones/2011/04/juega-tu-banco-con-el-hambre-del-mundo.html
Etiquetas:
15M,
capitalismo,
Chomsky,
España,
Estados Unidos,
Europa,
galeano,
Hessel,
indignados,
madrid,
wikileaks
21 Feb 2011
ONCE UPON A TIME IN AMERICA. ERASE UNA VEZ EN AMÉRICA
500 years ago, the United States of America had to send ships to Africa to capture and subdue the native population. They had to spend money in bring them in overcrowded ships to USA, and once there, they forced them to work as slaves, giving them as salary the minimum to survive. They had to spend money in guarded the slaves by army soldiers to prevent riots that in spite of that, happened.
Today, the United States offer to foreigners a precarious work , where they pay the minimum to live. But there is one condition: the workers have to pay 2000 dollars previously in advance for touching USA land. The workers pay the 2000 dollars and come from Russia, Ukraine and other countries, wearing T-shirts “I Love NY”, paying the flight and the rent of the room and spending the summer working under the sun in what is, perhaps, the ugliest boardwalk and beach in the world, with the most disgusting food in the world. The salary is lower than the minimun alowed, and sometimes in shameful conditions. They spend all their salaries in USA. At the nights, the workers get drunk, they have sex with each other.. and 3 months later, they return to their countries saying that they love USA and that is the best summer of their lifes.
Much easier than slavery! cheaper workers, rather volunteers that even pay 2000 dollars to be exploited and later say they love the company. Neither in the “Clockwork Orange” you can imagine something like that.These american gentlemen are very smart, or perhaps the rest of the world is becoming a little stupid.
CRÓNICA: ERASE UNA VEZ EN AMÉRICA.
El recuerdo es un témpano, un hálito frío que me recorre el cuerpo de abajo a arriba. Una incomprensión premeditada o una incapacidad de comprensión que en algo se parece a la que experimenté en Londres cuando fuí, siendo un crío cagado de miedo en el año 2001. Ahora soy un viajero experimentado y bien equipado. Tengo la capacidad de sobrecogerme hasta el desmayo con ciertos paisajes humanos o naturales, pero –sin falsa modestia- también tengo temple para hacerme con cualquier ciudad del mundo, conocerla, disfrutarla, pelearla, conseguir casa, trabajo, amigos y lo más difícil, felicidad. Y con este equipaje aterricé en Nueva York en el mes de mayo de 2010.
LA CIUDAD DE LA MAFIA
La primera vez que caminé por Manhattan sentí que la ciudad caía sobre mí como una cascada gigante que me inundaba, el impacto visual fue abrumador. En mi memoria queda el recuerdo de los dos primeros días, un viaje emocionante vivido con una mezcla de miedo y fascinación. Salgo del metro a la una de la madrugada en Union Square y camino entre decenas jóvenes que comienzan ¿o terminan? la fiesta. Quedaba algo de Londres en aquella arquitectura tan pretendidamente elegante; edificios desiguales entre sí, un eclécticismo de ladrillos rojos y verdes, fachadas victorianas, escaleras de incendios, portales elevados y sótanos oscuros. Pero en la misma piedra se termina la similitud con lo anglosajón, porque en el centro de Manhattan el ambiente de la calle no es sombrío ni triste sino festivo, como si la gente celebrara su ciudad a cada paso. Las calles, siempre iluminadas, se sienten seguras, transitables, confortables y alegres. Ahí están todos los símbolos del cine, las alturas abrumadoras, el bochorno del vapor de las alcantarillas, los kilométricos taxis amarillos y la basura amontonada en espera de los camiones. Sientes, nada más llegar, las dimensiones apepinadas de la isla, de Norte a Sur tan alargada e inabarcable, de Este a Oeste, tan estrecha, como acechada por los ríos Hudson y Harlem que la delimitan. A veces, en algunas calles elevadas, puedes ver ambos ríos con solo girar la cabeza de derecha a izquierda.
La primera noche fue una noche mágica, llena de sensaciones. Era la ciudad más distinta que había visto nunca, una ciudad de montañas incendiadas por fuegos artificiales. A las 3 de la mañana la ciudad estaba vacía pero seguía latiendo la energía, Nueva York era nuestro. Descubrimos por vez primera, como por azar y sorpresa, el Empire State, el Crysler, la Quinta Avenida y Times Square, como hipnotizados ante el escenario de película, tenebroso a la par que luminoso, estático y memorable como si fuera parte de una fotografía previamente grabada en nuestra memoria, acechante pero apacible, como expuesto solo para nuestros ojos recién llegados al centro del mundo. Un espectáculo apabullante, importante, inconmensurable pero a la vez manejable, transitable, vivible... O eso me parecía a mí, recién llegado del caos intransitable y la oscuridad de México DF. Ahora sé que la visión de una ciudad depende mucho del lugar del que vengas. Si llegas de un pueblo acogedor y tranquilo, Nueva York te parecerá un infierno invivible, pero si llegas de una masa humeante repleta de gente temerosa, Nueva York parece una fiesta. ¿Como hubiera sido mi Nueva York llegando desde Madrid? Nunca lo sabré. Lo que sé es que desde el primer momento sentí ganas de quedarme (sensación que no es rara, y que solemos sentir frecuentemente los viajeros apasionados de la vida). Sentir que la ciudad más importante del mundo encaja en tus pies como un puzzle es una experiencia única de vanidad y egolatría que muchos experimentan al llegar a esta ciudad.
En realidad nunca había sentido ganas de vivir en Nueva York y jamás habría hecho planes para ello. Los que me conocen saben que siempre he sido un enamorado de la cultura latinoamericana, de lo popular, lo selvático y lo humano. Siempre quise vivir en ciudades como Buenos Aires, México o La Habana, pero nunca en Nueva York.
Mi interés en Nueva York era distinto y distante, pero no menos importante. Es la ciudad del cine y de los gángsters, el corazón cultural del país más odiado y odioso del planeta, y sin embargo tiene la fama de no ser como el resto del país, de ser una isla de cultura y civilización en un mar de patetismo y vulgaridad. Aunque solo fuera por eso, siempre estaba entre mis destinos obligatorios a visitar. Negarse a ir sería negarse a ver parte del mundo en el que vivimos, sería como vivir en el imperio romano sin haber visitado nunca Roma. Pero más allá de la posibilidad de hacer una visita rápida a la capital cultural del imperio, nunca pensé que fuera una ciudad accesible para un tipo como yo, incluso a veces sentía un poco miedo al pensar en un lugar con edificios tan inmensos y acechantes, que me provocaban una especie de vértigo al revés. Varías veces he soñado conmigo mismo perdido entre rascacielos kilométricos que amenazaban con abrazarme aplastándome.
Al fín estaba allí. El avión tocó suelo estadounidense y me abordó el miedo comprensible a que algún documento no estuviese en orden. Me esperaba encontrar un lugar glamoroso, elitista y de precios inaccesibles, una ciudad moderna de rascacielos de cristal y gente “cool”, moderna y sofisticada con la que se me haría inimaginable convivir. Pensaba en una especie de Londres modernizado, pero igualmente triste y sombrío. Para mi sorpresa, me encontré una isla anárquica y carnavalesca, que a cada calle parece una ciudad diferente y ofrece un espectáculo en cada esquina. Me sentí en un inmenso buque en medio del mar. El Atlántico y los dos ríos gigantescos que rodean la isla de Manhattan impregnan a la ciudad de un olor a mar y una humedad constante, ratas, alcantarillas vaporosas y muelles en los que pululan los borrachos que salen de las tabernas de jazz y de los prostíbulos. Una auténtica isla de piratas.
De sur a norte, Manhattan es un lugar indefinible y camaleónico. El extremo sur de la isla es el escenario más histórico y monumental; los muelles que dan a Brooklin, el mítico e inconmensurable puente de piedra, las vistas a una lejana Estatua de la Libertad, el espectacular centro financiero de Wall Street y el escenario casi apocaliptico del devastado World Trade Center.
Desde allí, caminando 10 minutos al norte, llegas a China Town y te sientes en una ciudad asiática, con parquecitos repletos de chinos en alpargatas jugando a extraños juegos de mesa y que frecuentemente no hablan ingles. A pocas calles hacia el norte, sientes el aroma de las pizzas de los gangsters italianos de Copola y Scorsese, hoy convertidos en cocineros de Little Italy, un minúsculo barrio atiborrado de turistas y restaurantes en el que nunca faltan las escaleras de hierro y las válvulas de incendios. Más al norte el Soho, Moho y Nolita; el Manhattan angloamericano de Woddy Allen se siente en los cafés y en los parques llenos de estudiantes leyendo.
Pero tranquilos, aquí termina mi “promoción” del casco histórico, que esto se está pareciendo a una guía de viaje. Llegamos al Midtown, el centro de la ciudad, el lugar genuino de los rascacielos, se encuentra el Nueva York del turista, un escenario teñido de un esteticismo de luces y publicidades de cartón piedra que es hoy por hoy, la foto más codiciada por la sociedad idiotizada de extranjeros cabezas huecas venidos “a más” en la gran capital del mundo. Hablo del famoso Times Square, la imagen más difundida de la ciudad; un ambiente estresante, hiperpoblado de turistas despistados (con la camisa I Love NY), tiburones ejecutivos, ricachones horteras y niñas pijas locas por ir de compras y parecerse a las anormales de las series de la tele. Todo ello aderezado por los edificios cristalinos más modernos, más altos y luminosos de la ciudad. Quizás sea el lugar más estúpido de la ciudad con diferencia y sin embargo, es el más representativo de la locura y la vulgaridad que rodea la esencia misma de Nueva York.
Terminando el circo, comienza el Central Park, un parque milimétricamente estructurado pero cuya naturaleza salvaje ha sobrevivido milagrosamente en el medio de la isla, conservando las inmensas piedras prehistóricas por las que trepan las ardillas más listas y simpáticas del mundo, que a cada paso se te quedan mirando con cara y gesto de dibujo animado. Y por fin, al norte de Central Park, una línea invisible marca la frontera con otra ciudad, absolutamente distinta, menos transitada por el turista, pero mucho más poblada. Un extenso barrio oscuro de tonos rojizos, violetas y marrones. Un lugar misterioso, inquietante y violento. El extenso Nueva York negro del Harlem y el Bronx. Una calles más arriba vivía yo, en el llamado “Spanish Harlem”.
Los latinos ocupan las calles reuniéndose en pandillas que se adueñan de los barrios. Saben que es su momento y lo asumen; ellos son hoy la mafia neoyorkina y han aprendido la lección perfectamente. Han copiado los gestos y las frases de los pandilleros negros a los que sustituyen desde hace casi veinte años. Hoy, los hispanos son los dueños absolutos del norte de Nueva York, sus restaurantes dan de comer a la mayoría de newyorkinos y se expanden masivamente por la mitad norte de Manhattan, Brooklyn, Queens y Bronx. Son la cultura más influyente de la ciudad y del país entero. El Hispanic New York es hoy, más que un guetto, un submundo mayoritario que eclipsa por completo al New York norteamericano.
A primera vista, el norte de Nueva York es una ciudad Hispanoamericana, invadida por dominicanos, mexicanos, puertorriqueños y ecuatorianos. Mi primera sensación fue de euforia, cuando llegué sentí la emoción de estar en una Habana en todo su esplendor, con las calles llenas de gente procedente de todo Latinoamérica, fabulosos teatros, restaurantes de todo tipo e inmensos mercadillos populares. Una ciudad latinoamericana en la que no existían los problemas latinoamericanos como la violencia o la miseria, parecía que el latino había encontrado su paraíso en ese lugar.
Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que no existe la miseria o la violencia al nivel de Latinoamérica, esos males han sido sustituidos por otros, quizá no tan crueles, pero si efectivos, puesto que han acabado con la naturaleza misma del carácter latino. Y es que el sistema yanqui es incompatible con el carácter latino, es más, supone la negación de todo el calor humano que representa Latinoamérica. El Hispanic New York es un proyecto fracasado, desvirtuado, quizás erróneo desde su origen. Me basto menos de un mes para comprobar que no estaba en ninguna ciudad latinoamericana, sino en la corrupción de la cultura latinoamericana.
Pude conocer -a grandes rasgos- dos tipos de latinos en Nueva York; el frustrado y el resignado. El primero es el "mojado" que llega para trabajar, es explotado y maltratado y regresa a su pueblo en su país natal con unos dólares ahorrados y sin haber aprendido más ingles que el necesario y por supuesto, sin haberse integrado en absoluto en la cultura yanqui. El segundo es el latino asentado en Nueva York, alienado en el sistema yanqui, corroído de ambición de dinero y de ascenso social; mafiosillos parlanchines, nuevos ricos horteras y todo tipo de ignorantes venidos a más que parecen haber olvidado el castellano sin haber aprendido bien el ingles o haberlo fundido o confundido malamente con una especie de spanglish degradante “So, I mean, coño satúsabe how he drinks quehijueputa chico, you know what I mean muthafucka?
Son la desintegración cultural personificada. A estos dos modelos mayoritarios, podría añadirse el latino profesional o intelectual que habla perfectamente ingles y trabaja fuera del guetto, es abogado, comerciante o artista. Está tan absorbido por su nueva sociedad que hace tiempo dejó de ser latino, es hoy un newyorkino más, lo cual por supuesto, no le pesa en absoluto.
Si bien es cierto que algunos sectores de la comunidad latina están luchando por aportar algo nuevo y defender su cultura -creando escuelas, asociaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes, centros culturales, teatro español y proyectos por el estilo- el modelo mayoritario es el contrario; el latino caradura, tipo duro y completamente ignorante, que rechaza todo lo que tenga que ver con su pasado tropical y bananero pero no consigue por más que quiera (por más que se blanquee o se alise el pelo) ser un estadounidense al uso. Su salida es la mafia, que como siempre a lo largo de la historia, sobreprotege lo propio y defenestra lo externo. Afiliado al dollar y afincado en el guetto, el latino observa impávido como se oxida y se pudre todo lo que algún día fue.
Siempre me he preguntado porque hay tantas películas y tan famosas acerca de las mafias, los gangsters y las pandillas de extranjeros que se asentaron en Nueva York. Como si no hubiese otra cosa que retratar más que a los guetos y los tipos duros de la ciudad. En poco tiempo me dí cuenta de que en realidad esas películas no hablan de la mafia; hablan de la gente de esta ciudad, de los pueblos extranjeros que llegaron a Nueva York a lo largo de los siglos y que, ante el rechazo y la hostilidad de los autodenominados “nativos”, acabaron formando grupos violentos para protegerse. Ese cine habla de los creadores de Nueva York. La historia de esta ciudad es la historia de una isla sucesivamente “invadida” por oleadas de inmigrantes; los holandeses primero y después los ingleses (de New Amsterdam a New York) quienes, del siglo XVI al XVIII aniquilaron a todos los indígenas Lenapes, los verdaderos nativos de Manhattan. A lo largo de todo este tiempo, oleadas de esclavos africanos continuaron llegando al nuevo mundo, hacinados y amontonados en barcos, donde muchos morían de hambre, maltratos o enfermedades. En el siglo XIX se abolió la esclavitud pero no el racismo y las nuevas oleadas de irlandeses y chinos, fueron igualmente machacados por la élite anglosajona. En la primera mitad del XX los famosos mafiosos italianos tomaron el control de los casinos y el alcohol en plena ley seca. Y por último los hispanos, que inundaron literalmente la ciudad a partir de la segunda mitad del siglo XX y cuya historia aún no ha llegado al último capítulo.
Todos ellos fueron rechazados por la población angloamericana autodenominada “nativa” y se organizaron en pandillas y familias que crecieron hasta adueñarse de barrios enteros en los que eran intocables y que hoy conservan su olor, su gastronomía e incluso sus lenguas y acentos. La historia de su lucha y sus enfrentamientos entre sí es la historia de esta ciudad, la lucha por la supervivencia, la intolerancia, la violencia y la guerra entre las culturas del mundo. De todo ello hablan las calles de Nueva York, a través de las cuales pareces estar viviendo en una película, en un espectáculo constante que no pensabas que existiera.
Hoy el olor a pólvora ha terminado, pero la lucha de las mafias aún palpita en la ciudad. La ciudad en los guettos es mucho más anárquica y salvaje que Madrid e incluso que México. Los pandilleros se permiten ciertas cosas que en Europa serían inconcebibles. Son los dueños absolutos de su barrio, a veces por encima de la policía. Si caminas en verano por las calles del Harlem en tan solo 10 minutos puedes cruzarte con escenas que en una película te parecerían una exageración, un estereotipo, un empalagamiento de lo newyorkino. Son reales, el escenario cotidiano de la ciudad:
Un campeonato de ajedrez que colapsa la acera entre jugadores y espectadores.
Un partido de basquet en torno a una canasta improvisada en una farola y cuyo terreno de juego es la carretera atascada de coches que maldicen y amenazan con atropellar a los jugadores.
Un inmenso negro boxeador "entrenándose" con un coche al que destroza a puñetazos. Una panda marihuaneros semi-inconscientes sentados en torno a la mítica "peluquería-barbería", su punto de encuentro.
Un loco predicador maldiciendo a toda la calle.
Una pandilla de dominicanos rapeando o lo que es peor, "reguetoneando".
Una discusión entre a gritos y amenazas de muerte -"I gonna kill you muthafucka"-.
Un circulo de niños bañándose y saltando en torno a un inmenso chorro de agua a presión que sale de una válvula recién destrozada, malgastando toneladas de agua potable diarias.
A todo esto, aparece una supermodelo rubia y operada con minifalda y escote nunca vistos, quizás se equivocó de estación de metro.
Toda esta enumeración no es producto de meses, puede verse fácilmente en un solo día. Un espectáculo grotesco e interminable.
Uno se pregunta como es posible que en México haya tanta peligrosidad, con lo apacibles e “indefensos” que resultan los mexicanos en comparación a esta panda de locos desquiciados. Si del carácter de la gente dependiera, esto quizás sería el lugar más peligroso que del mundo. Pero no, las calles siempre están iluminadas, la policía siempre patrulla y la sensación general a pesar de todo es de tranquilidad. La gente vive en la calle y los niños y los viejos pululan por todos lados. La gente está más loca que una cabra, de acuerdo, pero la ciudad está viva y despierta y eso la mantiene segura. En una ciudad latinoamericana no sueles ver gente peligrosa, pero el miedo está allí presente en cada esquina oscura, incluso en cada gran avenida y lo más doloroso, en el comportamiento de tantos y tantos que se quedan en sus casas y prefieren comunicarse por internet, en las chicas que no se ponen la ropa que quisieran y que viajan temerosas de toparse con algún violador, en los policías corruptos, en las armas de fuego, en los chicos de la calle y de las villas.
Creo que el miedo es el verdadero asesino de una ciudad. Pero cuando hay un rastro de sangre diario, el miedo es irremediable. Dicen que esta ciudad era de las más peligrosas del mundo hace 15 años. Hoy el viajero camina tranquilo en casi todo Nueva York. Algo ha cambiado, se ha conseguido aplacar las ansias de violencia. El odio sigue latente en muchas miradas, en la sangre fría, en la hostilidad y en los insultos que se oyen a diario en la ciudad, pero al menos el odio no sale disparado por la pólvora ni empuñado en un cuchillo.
Nueva York, la gran manzana, la ciudad más importante del mundo. El núcleo del imperio de los “tontos” por ciento del cuento del Business, donde los esclavos se creen amos y hasta los amos viven esclavizados. No saben vivir de otra forma. La maldición de Nueva York es estar en los Estados Unidos, el lugar donde la basura es comestible, y la competitividad es la filosofía de vida. La gente camina orgullosa, sintiendo lo importante que es cada centímetro de asfalto que pisa, la cabeza bien alta, la mirada infinita, la respiración profunda esnifando el olor a Ketchup podrido.
Nueva York y Manhattan, la gran manzana o la gran estafa. Solo apto para nenes-de-papa, tiburones ricachones, mafiosillos del guetto o presos en potencia. Fuera de la élite neoyorkina, la ciudad está plagada de amantes del fasto absurdo, pagadores regalados que malgastan sus ingresos y su vida solo por vivir en este lugar tan deseado. Escritores que no escriben, directores que no dirigen, actores que no actúan, vividores que no viven. Personas que no tienen carisma ni para ir al baño sin pedir permiso. Pero eso si, viven en Manhattan! (Se auto-estafan). Pero todo eso se descubre solo con tiempo y experiencia. Uno puede llevarse la impresión del espectáculo o la realidad de la cotidianeidad. Yo me llevo el olor que me dejan seis meses en Estados Unidos.
Se dice que una persona es lo que come, de la misma forma se puede decir que un lugar es lo que huele. México huele a smog y masa de maíz húmeda. Madrid a pis, cerveza, y aceitunas. La Habana a polvo, ron y caña de azúcar. Buenos Aires a mate y a carne tostada. USA huele a Ketchup, a comida-basura, a ondas cibernéticas.
A mentes-basura.
EL AMERICAN WAY OF LIFE
Si me piden que especifique que es lo que no me gustó de aquel increíble espectáculo, de todo ese glamour de gente guapa, vestidos elegantes y rascacielos luminosos, si me piden que describa lo que mi visión distorsionada veía en el metro y en las calles de Nueva York, de Atlantic City y de la costa de New Jersey, lugares tan admiradas por la inmensa mayoría de la gente, mi respuesta -digan lo que digan- es la siguiente: Ví la prepotencia, la soledad, el odio, la frialdad y la infelicidad reflejada en seres desquiciados, estresados, llenos de tics, irrecuperables mental y espiritualmente.
Conviviendo con los trabajadores estadounidenses y latinos volví a recordar el ejemplo de los cubanos, sentados al sol, eternamente aburridos y hastiados de su propio parasitismo, pero vivos; bailando, flirteando y brindando con ron y puros a los noventa años.
Es mi costumbre cuando llego a un nuevo país deboro toda la literatura y el cine que tenga que pueda aportarme algo acerca de la cultura en la que vivo. En el caso de Nueva York el menú de películas y libros fue un lujo auténtico. Empezando por películas como Taxi Driver, El apartamento, El padrino, Malcom X, Manhattan, Annie Hall, Gangsters de Nueva York y siguiendo con los libros de Kerouak, Henry Miller, Paul Auster, John Dos Passos, Capote, Asbury y un largo listado de obras maestras que de paso me sirvió para hacerme con el idioma. No reconocí el Nueva York cool de Woody Allen, tampoco el de las mafias italianas hoy desaparecidas. Si palpé la agresividad de Malcom X, el estress irrespirable de Baxter en El Apartamento, la depresión y la locura maniaca de Travis en Taxi Driver y el lenguaje gangsteril (I´ll make you an offer that you can´t refuse) que no se si el cine copió de la gente o la gente del cine. Una noche ví de nuevo la pelicula "Precious", que se había estrenado en Madrid no hacía demasiados meses. Me acordé que al ver la película en España me impresionó la tragedia, el desamparo y el odio visceral en el que vivía la protagonista, una pobre adiposa con sida que es marginada por el salvajismo y la violencia de su entorno. Viendo la película aquí "in situ", la tragedia desaparece; es un ejemplo nítido de lo que ves en la calle a diario. Obesos que no pueden ni moverse, gente amenazándose de muerte, personas carcomidas en vida por la violencia, la ignorancia y el odio. Fruto quizás de pasar la vida sentados consumiendo mierda orgánica y mental. Me acuerdo de nuevo de esos viejetes cubanos bailando y meneando el culo para ligarse a las turistas. Y pienso que quizás el secreto de la vida es no dar ni chapa, disfrutar lo máximo posible y comer frutas, arroz, frijoles y un buche de ron de vez en cuando.
Soy consciente de que la visión de la realidad la creamos (y la distorsionamos) nosotros mismos. Sé que el Nueva York idílico del que tantos turistas me hablan también existe, aunque solo te deja pasar de largo respirando apenas la fragancia de la gran ciudad. Pero si, existir existe para el afortunado (adinerado) que lo disfruta, para el becado, para el nene de papá, para el derrochador, para el que tapa sus ojos a todo lo demás. Para el resto, el común de los mortales, nos quedan las fotos típicas y la omisión (también auto-impuesta) de la fealdad y la infelicidad del lugar. Bien, eso es lo que yo ví y lo que yo contaré y creo que es más representativo que el New York de cartón piedra que venden hoy. Quien pueda que lo desmienta.
Los primeros meses trabajando en un parque de atracciones fueron bastante agradables y llevaderos. Los yanquis son muy amables y muy educados en general, tanto o más que los ingleses pero creo que bastante más sonrientes. Pero, si bien la educación la han heredado de los ingleses, también heredaron el distanciamiento. Para saludar son amabilísimos, pero otra cosa es compartir un momento de la vida con un desconocido. Y ni hablar de juntar a sus hijos con otros niños y menos si son de otro color de piel… ¡Vamos! Cuando les preguntaba que tal es este o aquel barrio, siempre me decían; Very nice! Only be carefull with black people!
Una de las claves de el sistema de vida americano es que los propios yanquis se lo han "tragado" enterito y lo defienden a ultranza como si ellos mismo lo hubieran creado. No es racismo, ni prepotencia simplemente, es más que eso, un patriotismo absoluto que les lleva a "dar las gracias por respirar" y eso se refleja en su vida cotidiana. Incluso la gente más borracha y más barriobajera es amable y educada y la mayoría se muestran alegres y felices (lo sean o no), porque les conviene, saben que si se portan mal, les va a ir mucho peor y como dicen aquí; "los de arriba te pueden dar una patada en el culo". Aquí hay mucha gente (entre ellos ancianos, ex-borrachos o ex-mendigos) trabajando explotados por un sueldo mísero, pero están más contentos que unas castañuelas con su país, con su comida apestosa y sus camisetas de la bandera y el ejercito de USA. Inconcebible y entristecedor a partes iguales.
A pesar de su pobreza cultural y económica, los yanquis siguen pensando que son el único lugar del mundo donde se vive decentemente y te compadecen constantemente por no poder gozar del sistema que ellos degustan con tanto esmero. En la antigua Roma también pensaban que los que vivian fuera del imperio, estaban en cavernas oscuras matandose entre sí y devorando a sus propios hijos. Al igual que los romanos, los yanquis tienen una mentalidad muy calculadora, saben muy bien donde están y donde estamos los demás. En Estados Unidos la legislación laboral es mucho mas dura y perjudicial para el trabajador que en cualquier otro lugar donde haya trabajado. En el empleo te dan descansos ínfimos que te descuentan del sueldo y no puedes ni ir a hacer pis si no te coincide con tu descanso. La sensación de estarse haciendo pis durante casi dos horas, retorciendote de dolor delante de tu supervisor impasible que te mira desafiante obligando a esperar tu turno, es lo más cercano que me he sentido nunca a la esclavitud. Jamás he experimentado ni volveré a experimentar nada parecido. Ahora, para ser sincero, eso ocurrió el primer día de trabajo, al segundo día casi me lio a ostias y me despiden, luego acostumbré mi vejiga a funcionar en los pocos descansos que teníamos.
En los Estados Unidos trabaja gente de todo el mundo y cada uno ocupaba su lugar sin rechistar. Nada es por casualidad. El blanco de cara al público, el mulato de camarero, el mexicano a la cocina, el chino a los trabajos esclavos, el ruso y el balcánico de lo que sea, pero bien controlados para que no se queden en el paraiso yanqui más de la cuenta. Los yanquis tienen un chollo con los trabajadores extranjeros que tanto denigran; los asiáticos, los rusos, los árabes y los balcánicos van a USA a matarse trabajando para sacar todo el dinero posible consumirlo obsesivamente en ropa y otras idioteces y a ser posible no regresar jamás a sus odiados países. No se si el amor que profesan a USA es real o fingido, pero es el requisito esencial para poder quedarse.
Los negros estaounidenses son un caso aparte; aunque hay mucha mezcla de negros con blancos y mulatos, en general la gente es blanquecina y rubia o de un negro africano, síntoma evidente de que se da mucha menos mezcla entre razas que en Latinoamerica. El negro yanqui suelen ser despreciativo, ignorante, violento, desconfiando y odioso. Está casi todo el tiempo cabreado con el mundo y lo exhibe apretando su ceño perpetuamente. Son otra clase económica y social, nada más alejado de la alegría y el calor humano de los negros de Latinoamérica. Y yo, como soy un izquierdista impuro e imperfecto, los comprendo pero no los justifico. Me parece que la esclavitud terminó hace tiempo, y aunque el racismo y la desigualdad se perpetúe, esta gente odiosa y violenta son la gente más racista que he conocido en la vida.
Todo el país está literalmente desbordado de latinos -sobre todo mexicanos- y asombra el nivel de terror que tienen. Cuando estaba trabajando y veía a algun mexicano (que es como ver a un compatriota hermano) le preguntaba de qué parte de México son, y para mi sorpresa, siempre, antes de responderme se miraban entre ellos y dudaban antes de hablarme, como si fuera un policía pidiéndoles el pasaporte. Tienen un complejo grandísimo, parece que no les gusta decir que son de México o Sudamérica, quizás creen que pasan por americanos "yanquis", que no se les nota a leguas que son de otro mundo, de otro color, de otra sangre, de otra naturaleza, mucho más caliente y hermosa. ¿Como alguien puede preferir vivir en otro país de este modo, con este miedo, con está inferioridad, con esta indignidad?
Trabajé 7 meses en USA, 4 en un parque de atracciones y otros 3 en un restaurante dominicano. Aprendí muchas cosas importantes de la vida, aparte del inglés. Ya me había dado cuenta de que los trabajadores y familias de USA son más victimas que verdugos y que las condiciones laborales son lamentables para todos ellos, incluso para los ancianos y enfermos. Pero comprobé además, que hay algo más perjudicial para el mundo que un explotador y es un pueblo que quiere ser explotado. Si la gente es temerosa, traga con todo y se siente feliz en su esclavitud, estamos todos jodidos. Si en Europa nadie reivindicara mejoras en el sueldo y en el horario, pasaría como aquí, trabajaríamos 12 horas para ganar 900 euros que no nos dan ni para comer y sin derechos de ningún tipo. A veces hay que vivirlo para creerlo.
Es triste oír a tanto extranjero decir que está contento de trabajar más y más en USA porque “no tiene nada más que hacer” y obviamente porque no tiene un duro y quiere llevarse lo máximo a su país. A los vagos españoles sin embargo no nos gusta estar 12 horas de pie al sol, ni nos gusta no tener tiempo para el ocio ni para cocinar, ni nos gusta comer la mierda de comida que se tragan ellos. No es nuestra situación ni en España ni en Latinoamerica ni en ningún lugar que yo conozca. Todos estábamos cansadísimos de trabajar de 11 de la mañana a 12 de la noche con solo 30 minutos de descanso, con la ropa sucísima porque no había ni tiempo para lavarla, comiendo pizzas y mierdas por el estilo ya que nadie tiene tiempo para cocinar.
En el fondo, la sensación que me dió la gente de USA es más de pena que de otra cosa, porque son, sin duda alguna la gente más desgraciada que he visto en mi vida. He viajado por países pobres como Marruecos, Ecuador, Cuba o incluso México. Pero allí, aunque son más desgraciados económicamente, a veces les ves felices y piensas que con un poco más de seguridad y una economía mejor serían más felices que nosotros.
Aquí no, aquí ves gente loca a diario, como nunca has visto en ningún sitio, con enfermedades nerviosas y tics de todo tipo, hablando solos por la calle. Necesitas verlo muchas veces para creerlo, pero te das cuenta de que muchos acaban con la cabeza atrofiada con tanta basura que les meten dentro; trabajar como perros para gastar en lo que sea, comer la mayor mierda del mundo sin importarles nada y pasar la vida delante de la tele o en tiendas o peor aún; ¡en casinos! Los casinos yanquis son el espectáculo más surrealista y lamentable que he visto en la vida; yo pensaba que no nos dejarían pasar de lo lujosos que son. Nada de eso, te encuentras desde adolescentes drogadictos a viejecitos enganchados como posesos a unas maquinas tragaperras que desprenden un sonido que te atocina la cabeza como si te hubieras fumado un porro.
La gente más activa del mundo también es la más cansada, la menos viva. Semi-robots enloquecidos, patizambos descoyuntados que con 20 años parecen de 30, con 30 de 40, y cuando pasan los 40 ya son semi ancianos. Los ancianos viajan en sillas eléctricas de ruedas (antes eran para matar, ahora para prolongar esa vida de muertos vivientes), llenos de tubos y cachivaches que les permiten seguir “viviendo”.
Cuando conoces la vida que han llevado no te extraña, el sistema exprime cruelmente a los seres humanos en jornadas de trabajo interminables y lo peor de todo, los convence de que deben trabajar más. Ser mejor persona es trabajar más; no se concibe la actitud contraria. Una vez pedí una reducción de jornada (me estaba volviendo loco trabajando 12 horas diarias) y nadie me entendía. Muchos me miraban extrañados y compadéciendome como diciendo; pobrecillo, va a ganar una mierda de sueldo.
Mi visión es la de un anti-imperialista convencido, pero no la de un niñato fumado o uno de esos pseudo-hippies antiamericanos porque sí. Además aquí no estoy hablando del imperialismo ni de la política exterior yanqui, sino de la vida cotidiana. No estoy diciendo que solo haya visto ese tipo de gente infeliz y malsana, no. Soy consciente de que existe otra realidad. Lo que afirmo pese a quien pese, es que todos los días, en cada viaje, en metro, en autobús, en las calles, en las tiendas, incluso en las aulas, respiraba el gélido vaho de la infelicidad más absoluta en una proporción mucho mayor al resto de lugares donde he vivido.
¿De donde puede surgir tanta infelicidad? ¿El resultado del American Way of Life? ¿El puritanismo del "tiempo es oro" y la “raza elegida” heredado de los ingleses? No lo sé, lo único que puedo decir es que ese exceso de gigantismo, ese exceso de velocidad, de sofisticación y de neo-riquismo, ese exceso de trabajo, de ganancia y de basura orgánica comestible no les sienta bien ni a ellos, por más que adoren su modo de vida.
Today, the United States offer to foreigners a precarious work , where they pay the minimum to live. But there is one condition: the workers have to pay 2000 dollars previously in advance for touching USA land. The workers pay the 2000 dollars and come from Russia, Ukraine and other countries, wearing T-shirts “I Love NY”, paying the flight and the rent of the room and spending the summer working under the sun in what is, perhaps, the ugliest boardwalk and beach in the world, with the most disgusting food in the world. The salary is lower than the minimun alowed, and sometimes in shameful conditions. They spend all their salaries in USA. At the nights, the workers get drunk, they have sex with each other.. and 3 months later, they return to their countries saying that they love USA and that is the best summer of their lifes.
Much easier than slavery! cheaper workers, rather volunteers that even pay 2000 dollars to be exploited and later say they love the company. Neither in the “Clockwork Orange” you can imagine something like that.These american gentlemen are very smart, or perhaps the rest of the world is becoming a little stupid.
CRÓNICA: ERASE UNA VEZ EN AMÉRICA.
El recuerdo es un témpano, un hálito frío que me recorre el cuerpo de abajo a arriba. Una incomprensión premeditada o una incapacidad de comprensión que en algo se parece a la que experimenté en Londres cuando fuí, siendo un crío cagado de miedo en el año 2001. Ahora soy un viajero experimentado y bien equipado. Tengo la capacidad de sobrecogerme hasta el desmayo con ciertos paisajes humanos o naturales, pero –sin falsa modestia- también tengo temple para hacerme con cualquier ciudad del mundo, conocerla, disfrutarla, pelearla, conseguir casa, trabajo, amigos y lo más difícil, felicidad. Y con este equipaje aterricé en Nueva York en el mes de mayo de 2010.
LA CIUDAD DE LA MAFIA
La primera vez que caminé por Manhattan sentí que la ciudad caía sobre mí como una cascada gigante que me inundaba, el impacto visual fue abrumador. En mi memoria queda el recuerdo de los dos primeros días, un viaje emocionante vivido con una mezcla de miedo y fascinación. Salgo del metro a la una de la madrugada en Union Square y camino entre decenas jóvenes que comienzan ¿o terminan? la fiesta. Quedaba algo de Londres en aquella arquitectura tan pretendidamente elegante; edificios desiguales entre sí, un eclécticismo de ladrillos rojos y verdes, fachadas victorianas, escaleras de incendios, portales elevados y sótanos oscuros. Pero en la misma piedra se termina la similitud con lo anglosajón, porque en el centro de Manhattan el ambiente de la calle no es sombrío ni triste sino festivo, como si la gente celebrara su ciudad a cada paso. Las calles, siempre iluminadas, se sienten seguras, transitables, confortables y alegres. Ahí están todos los símbolos del cine, las alturas abrumadoras, el bochorno del vapor de las alcantarillas, los kilométricos taxis amarillos y la basura amontonada en espera de los camiones. Sientes, nada más llegar, las dimensiones apepinadas de la isla, de Norte a Sur tan alargada e inabarcable, de Este a Oeste, tan estrecha, como acechada por los ríos Hudson y Harlem que la delimitan. A veces, en algunas calles elevadas, puedes ver ambos ríos con solo girar la cabeza de derecha a izquierda.
La primera noche fue una noche mágica, llena de sensaciones. Era la ciudad más distinta que había visto nunca, una ciudad de montañas incendiadas por fuegos artificiales. A las 3 de la mañana la ciudad estaba vacía pero seguía latiendo la energía, Nueva York era nuestro. Descubrimos por vez primera, como por azar y sorpresa, el Empire State, el Crysler, la Quinta Avenida y Times Square, como hipnotizados ante el escenario de película, tenebroso a la par que luminoso, estático y memorable como si fuera parte de una fotografía previamente grabada en nuestra memoria, acechante pero apacible, como expuesto solo para nuestros ojos recién llegados al centro del mundo. Un espectáculo apabullante, importante, inconmensurable pero a la vez manejable, transitable, vivible... O eso me parecía a mí, recién llegado del caos intransitable y la oscuridad de México DF. Ahora sé que la visión de una ciudad depende mucho del lugar del que vengas. Si llegas de un pueblo acogedor y tranquilo, Nueva York te parecerá un infierno invivible, pero si llegas de una masa humeante repleta de gente temerosa, Nueva York parece una fiesta. ¿Como hubiera sido mi Nueva York llegando desde Madrid? Nunca lo sabré. Lo que sé es que desde el primer momento sentí ganas de quedarme (sensación que no es rara, y que solemos sentir frecuentemente los viajeros apasionados de la vida). Sentir que la ciudad más importante del mundo encaja en tus pies como un puzzle es una experiencia única de vanidad y egolatría que muchos experimentan al llegar a esta ciudad.
En realidad nunca había sentido ganas de vivir en Nueva York y jamás habría hecho planes para ello. Los que me conocen saben que siempre he sido un enamorado de la cultura latinoamericana, de lo popular, lo selvático y lo humano. Siempre quise vivir en ciudades como Buenos Aires, México o La Habana, pero nunca en Nueva York.
Mi interés en Nueva York era distinto y distante, pero no menos importante. Es la ciudad del cine y de los gángsters, el corazón cultural del país más odiado y odioso del planeta, y sin embargo tiene la fama de no ser como el resto del país, de ser una isla de cultura y civilización en un mar de patetismo y vulgaridad. Aunque solo fuera por eso, siempre estaba entre mis destinos obligatorios a visitar. Negarse a ir sería negarse a ver parte del mundo en el que vivimos, sería como vivir en el imperio romano sin haber visitado nunca Roma. Pero más allá de la posibilidad de hacer una visita rápida a la capital cultural del imperio, nunca pensé que fuera una ciudad accesible para un tipo como yo, incluso a veces sentía un poco miedo al pensar en un lugar con edificios tan inmensos y acechantes, que me provocaban una especie de vértigo al revés. Varías veces he soñado conmigo mismo perdido entre rascacielos kilométricos que amenazaban con abrazarme aplastándome.
Al fín estaba allí. El avión tocó suelo estadounidense y me abordó el miedo comprensible a que algún documento no estuviese en orden. Me esperaba encontrar un lugar glamoroso, elitista y de precios inaccesibles, una ciudad moderna de rascacielos de cristal y gente “cool”, moderna y sofisticada con la que se me haría inimaginable convivir. Pensaba en una especie de Londres modernizado, pero igualmente triste y sombrío. Para mi sorpresa, me encontré una isla anárquica y carnavalesca, que a cada calle parece una ciudad diferente y ofrece un espectáculo en cada esquina. Me sentí en un inmenso buque en medio del mar. El Atlántico y los dos ríos gigantescos que rodean la isla de Manhattan impregnan a la ciudad de un olor a mar y una humedad constante, ratas, alcantarillas vaporosas y muelles en los que pululan los borrachos que salen de las tabernas de jazz y de los prostíbulos. Una auténtica isla de piratas.
De sur a norte, Manhattan es un lugar indefinible y camaleónico. El extremo sur de la isla es el escenario más histórico y monumental; los muelles que dan a Brooklin, el mítico e inconmensurable puente de piedra, las vistas a una lejana Estatua de la Libertad, el espectacular centro financiero de Wall Street y el escenario casi apocaliptico del devastado World Trade Center.
Desde allí, caminando 10 minutos al norte, llegas a China Town y te sientes en una ciudad asiática, con parquecitos repletos de chinos en alpargatas jugando a extraños juegos de mesa y que frecuentemente no hablan ingles. A pocas calles hacia el norte, sientes el aroma de las pizzas de los gangsters italianos de Copola y Scorsese, hoy convertidos en cocineros de Little Italy, un minúsculo barrio atiborrado de turistas y restaurantes en el que nunca faltan las escaleras de hierro y las válvulas de incendios. Más al norte el Soho, Moho y Nolita; el Manhattan angloamericano de Woddy Allen se siente en los cafés y en los parques llenos de estudiantes leyendo.
Pero tranquilos, aquí termina mi “promoción” del casco histórico, que esto se está pareciendo a una guía de viaje. Llegamos al Midtown, el centro de la ciudad, el lugar genuino de los rascacielos, se encuentra el Nueva York del turista, un escenario teñido de un esteticismo de luces y publicidades de cartón piedra que es hoy por hoy, la foto más codiciada por la sociedad idiotizada de extranjeros cabezas huecas venidos “a más” en la gran capital del mundo. Hablo del famoso Times Square, la imagen más difundida de la ciudad; un ambiente estresante, hiperpoblado de turistas despistados (con la camisa I Love NY), tiburones ejecutivos, ricachones horteras y niñas pijas locas por ir de compras y parecerse a las anormales de las series de la tele. Todo ello aderezado por los edificios cristalinos más modernos, más altos y luminosos de la ciudad. Quizás sea el lugar más estúpido de la ciudad con diferencia y sin embargo, es el más representativo de la locura y la vulgaridad que rodea la esencia misma de Nueva York.
Terminando el circo, comienza el Central Park, un parque milimétricamente estructurado pero cuya naturaleza salvaje ha sobrevivido milagrosamente en el medio de la isla, conservando las inmensas piedras prehistóricas por las que trepan las ardillas más listas y simpáticas del mundo, que a cada paso se te quedan mirando con cara y gesto de dibujo animado. Y por fin, al norte de Central Park, una línea invisible marca la frontera con otra ciudad, absolutamente distinta, menos transitada por el turista, pero mucho más poblada. Un extenso barrio oscuro de tonos rojizos, violetas y marrones. Un lugar misterioso, inquietante y violento. El extenso Nueva York negro del Harlem y el Bronx. Una calles más arriba vivía yo, en el llamado “Spanish Harlem”.
Los latinos ocupan las calles reuniéndose en pandillas que se adueñan de los barrios. Saben que es su momento y lo asumen; ellos son hoy la mafia neoyorkina y han aprendido la lección perfectamente. Han copiado los gestos y las frases de los pandilleros negros a los que sustituyen desde hace casi veinte años. Hoy, los hispanos son los dueños absolutos del norte de Nueva York, sus restaurantes dan de comer a la mayoría de newyorkinos y se expanden masivamente por la mitad norte de Manhattan, Brooklyn, Queens y Bronx. Son la cultura más influyente de la ciudad y del país entero. El Hispanic New York es hoy, más que un guetto, un submundo mayoritario que eclipsa por completo al New York norteamericano.
A primera vista, el norte de Nueva York es una ciudad Hispanoamericana, invadida por dominicanos, mexicanos, puertorriqueños y ecuatorianos. Mi primera sensación fue de euforia, cuando llegué sentí la emoción de estar en una Habana en todo su esplendor, con las calles llenas de gente procedente de todo Latinoamérica, fabulosos teatros, restaurantes de todo tipo e inmensos mercadillos populares. Una ciudad latinoamericana en la que no existían los problemas latinoamericanos como la violencia o la miseria, parecía que el latino había encontrado su paraíso en ese lugar.
Nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que no existe la miseria o la violencia al nivel de Latinoamérica, esos males han sido sustituidos por otros, quizá no tan crueles, pero si efectivos, puesto que han acabado con la naturaleza misma del carácter latino. Y es que el sistema yanqui es incompatible con el carácter latino, es más, supone la negación de todo el calor humano que representa Latinoamérica. El Hispanic New York es un proyecto fracasado, desvirtuado, quizás erróneo desde su origen. Me basto menos de un mes para comprobar que no estaba en ninguna ciudad latinoamericana, sino en la corrupción de la cultura latinoamericana.
Pude conocer -a grandes rasgos- dos tipos de latinos en Nueva York; el frustrado y el resignado. El primero es el "mojado" que llega para trabajar, es explotado y maltratado y regresa a su pueblo en su país natal con unos dólares ahorrados y sin haber aprendido más ingles que el necesario y por supuesto, sin haberse integrado en absoluto en la cultura yanqui. El segundo es el latino asentado en Nueva York, alienado en el sistema yanqui, corroído de ambición de dinero y de ascenso social; mafiosillos parlanchines, nuevos ricos horteras y todo tipo de ignorantes venidos a más que parecen haber olvidado el castellano sin haber aprendido bien el ingles o haberlo fundido o confundido malamente con una especie de spanglish degradante “So, I mean, coño satúsabe how he drinks quehijueputa chico, you know what I mean muthafucka?
Son la desintegración cultural personificada. A estos dos modelos mayoritarios, podría añadirse el latino profesional o intelectual que habla perfectamente ingles y trabaja fuera del guetto, es abogado, comerciante o artista. Está tan absorbido por su nueva sociedad que hace tiempo dejó de ser latino, es hoy un newyorkino más, lo cual por supuesto, no le pesa en absoluto.
Si bien es cierto que algunos sectores de la comunidad latina están luchando por aportar algo nuevo y defender su cultura -creando escuelas, asociaciones de defensa de los derechos de los inmigrantes, centros culturales, teatro español y proyectos por el estilo- el modelo mayoritario es el contrario; el latino caradura, tipo duro y completamente ignorante, que rechaza todo lo que tenga que ver con su pasado tropical y bananero pero no consigue por más que quiera (por más que se blanquee o se alise el pelo) ser un estadounidense al uso. Su salida es la mafia, que como siempre a lo largo de la historia, sobreprotege lo propio y defenestra lo externo. Afiliado al dollar y afincado en el guetto, el latino observa impávido como se oxida y se pudre todo lo que algún día fue.
Siempre me he preguntado porque hay tantas películas y tan famosas acerca de las mafias, los gangsters y las pandillas de extranjeros que se asentaron en Nueva York. Como si no hubiese otra cosa que retratar más que a los guetos y los tipos duros de la ciudad. En poco tiempo me dí cuenta de que en realidad esas películas no hablan de la mafia; hablan de la gente de esta ciudad, de los pueblos extranjeros que llegaron a Nueva York a lo largo de los siglos y que, ante el rechazo y la hostilidad de los autodenominados “nativos”, acabaron formando grupos violentos para protegerse. Ese cine habla de los creadores de Nueva York. La historia de esta ciudad es la historia de una isla sucesivamente “invadida” por oleadas de inmigrantes; los holandeses primero y después los ingleses (de New Amsterdam a New York) quienes, del siglo XVI al XVIII aniquilaron a todos los indígenas Lenapes, los verdaderos nativos de Manhattan. A lo largo de todo este tiempo, oleadas de esclavos africanos continuaron llegando al nuevo mundo, hacinados y amontonados en barcos, donde muchos morían de hambre, maltratos o enfermedades. En el siglo XIX se abolió la esclavitud pero no el racismo y las nuevas oleadas de irlandeses y chinos, fueron igualmente machacados por la élite anglosajona. En la primera mitad del XX los famosos mafiosos italianos tomaron el control de los casinos y el alcohol en plena ley seca. Y por último los hispanos, que inundaron literalmente la ciudad a partir de la segunda mitad del siglo XX y cuya historia aún no ha llegado al último capítulo.
Todos ellos fueron rechazados por la población angloamericana autodenominada “nativa” y se organizaron en pandillas y familias que crecieron hasta adueñarse de barrios enteros en los que eran intocables y que hoy conservan su olor, su gastronomía e incluso sus lenguas y acentos. La historia de su lucha y sus enfrentamientos entre sí es la historia de esta ciudad, la lucha por la supervivencia, la intolerancia, la violencia y la guerra entre las culturas del mundo. De todo ello hablan las calles de Nueva York, a través de las cuales pareces estar viviendo en una película, en un espectáculo constante que no pensabas que existiera.
Hoy el olor a pólvora ha terminado, pero la lucha de las mafias aún palpita en la ciudad. La ciudad en los guettos es mucho más anárquica y salvaje que Madrid e incluso que México. Los pandilleros se permiten ciertas cosas que en Europa serían inconcebibles. Son los dueños absolutos de su barrio, a veces por encima de la policía. Si caminas en verano por las calles del Harlem en tan solo 10 minutos puedes cruzarte con escenas que en una película te parecerían una exageración, un estereotipo, un empalagamiento de lo newyorkino. Son reales, el escenario cotidiano de la ciudad:
Un campeonato de ajedrez que colapsa la acera entre jugadores y espectadores.
Un partido de basquet en torno a una canasta improvisada en una farola y cuyo terreno de juego es la carretera atascada de coches que maldicen y amenazan con atropellar a los jugadores.
Un inmenso negro boxeador "entrenándose" con un coche al que destroza a puñetazos. Una panda marihuaneros semi-inconscientes sentados en torno a la mítica "peluquería-barbería", su punto de encuentro.
Un loco predicador maldiciendo a toda la calle.
Una pandilla de dominicanos rapeando o lo que es peor, "reguetoneando".
Una discusión entre a gritos y amenazas de muerte -"I gonna kill you muthafucka"-.
Un circulo de niños bañándose y saltando en torno a un inmenso chorro de agua a presión que sale de una válvula recién destrozada, malgastando toneladas de agua potable diarias.
A todo esto, aparece una supermodelo rubia y operada con minifalda y escote nunca vistos, quizás se equivocó de estación de metro.
Toda esta enumeración no es producto de meses, puede verse fácilmente en un solo día. Un espectáculo grotesco e interminable.
Uno se pregunta como es posible que en México haya tanta peligrosidad, con lo apacibles e “indefensos” que resultan los mexicanos en comparación a esta panda de locos desquiciados. Si del carácter de la gente dependiera, esto quizás sería el lugar más peligroso que del mundo. Pero no, las calles siempre están iluminadas, la policía siempre patrulla y la sensación general a pesar de todo es de tranquilidad. La gente vive en la calle y los niños y los viejos pululan por todos lados. La gente está más loca que una cabra, de acuerdo, pero la ciudad está viva y despierta y eso la mantiene segura. En una ciudad latinoamericana no sueles ver gente peligrosa, pero el miedo está allí presente en cada esquina oscura, incluso en cada gran avenida y lo más doloroso, en el comportamiento de tantos y tantos que se quedan en sus casas y prefieren comunicarse por internet, en las chicas que no se ponen la ropa que quisieran y que viajan temerosas de toparse con algún violador, en los policías corruptos, en las armas de fuego, en los chicos de la calle y de las villas.
Creo que el miedo es el verdadero asesino de una ciudad. Pero cuando hay un rastro de sangre diario, el miedo es irremediable. Dicen que esta ciudad era de las más peligrosas del mundo hace 15 años. Hoy el viajero camina tranquilo en casi todo Nueva York. Algo ha cambiado, se ha conseguido aplacar las ansias de violencia. El odio sigue latente en muchas miradas, en la sangre fría, en la hostilidad y en los insultos que se oyen a diario en la ciudad, pero al menos el odio no sale disparado por la pólvora ni empuñado en un cuchillo.
Nueva York, la gran manzana, la ciudad más importante del mundo. El núcleo del imperio de los “tontos” por ciento del cuento del Business, donde los esclavos se creen amos y hasta los amos viven esclavizados. No saben vivir de otra forma. La maldición de Nueva York es estar en los Estados Unidos, el lugar donde la basura es comestible, y la competitividad es la filosofía de vida. La gente camina orgullosa, sintiendo lo importante que es cada centímetro de asfalto que pisa, la cabeza bien alta, la mirada infinita, la respiración profunda esnifando el olor a Ketchup podrido.
Nueva York y Manhattan, la gran manzana o la gran estafa. Solo apto para nenes-de-papa, tiburones ricachones, mafiosillos del guetto o presos en potencia. Fuera de la élite neoyorkina, la ciudad está plagada de amantes del fasto absurdo, pagadores regalados que malgastan sus ingresos y su vida solo por vivir en este lugar tan deseado. Escritores que no escriben, directores que no dirigen, actores que no actúan, vividores que no viven. Personas que no tienen carisma ni para ir al baño sin pedir permiso. Pero eso si, viven en Manhattan! (Se auto-estafan). Pero todo eso se descubre solo con tiempo y experiencia. Uno puede llevarse la impresión del espectáculo o la realidad de la cotidianeidad. Yo me llevo el olor que me dejan seis meses en Estados Unidos.
Se dice que una persona es lo que come, de la misma forma se puede decir que un lugar es lo que huele. México huele a smog y masa de maíz húmeda. Madrid a pis, cerveza, y aceitunas. La Habana a polvo, ron y caña de azúcar. Buenos Aires a mate y a carne tostada. USA huele a Ketchup, a comida-basura, a ondas cibernéticas.
A mentes-basura.
EL AMERICAN WAY OF LIFE
Si me piden que especifique que es lo que no me gustó de aquel increíble espectáculo, de todo ese glamour de gente guapa, vestidos elegantes y rascacielos luminosos, si me piden que describa lo que mi visión distorsionada veía en el metro y en las calles de Nueva York, de Atlantic City y de la costa de New Jersey, lugares tan admiradas por la inmensa mayoría de la gente, mi respuesta -digan lo que digan- es la siguiente: Ví la prepotencia, la soledad, el odio, la frialdad y la infelicidad reflejada en seres desquiciados, estresados, llenos de tics, irrecuperables mental y espiritualmente.
Conviviendo con los trabajadores estadounidenses y latinos volví a recordar el ejemplo de los cubanos, sentados al sol, eternamente aburridos y hastiados de su propio parasitismo, pero vivos; bailando, flirteando y brindando con ron y puros a los noventa años.
Es mi costumbre cuando llego a un nuevo país deboro toda la literatura y el cine que tenga que pueda aportarme algo acerca de la cultura en la que vivo. En el caso de Nueva York el menú de películas y libros fue un lujo auténtico. Empezando por películas como Taxi Driver, El apartamento, El padrino, Malcom X, Manhattan, Annie Hall, Gangsters de Nueva York y siguiendo con los libros de Kerouak, Henry Miller, Paul Auster, John Dos Passos, Capote, Asbury y un largo listado de obras maestras que de paso me sirvió para hacerme con el idioma. No reconocí el Nueva York cool de Woody Allen, tampoco el de las mafias italianas hoy desaparecidas. Si palpé la agresividad de Malcom X, el estress irrespirable de Baxter en El Apartamento, la depresión y la locura maniaca de Travis en Taxi Driver y el lenguaje gangsteril (I´ll make you an offer that you can´t refuse) que no se si el cine copió de la gente o la gente del cine. Una noche ví de nuevo la pelicula "Precious", que se había estrenado en Madrid no hacía demasiados meses. Me acordé que al ver la película en España me impresionó la tragedia, el desamparo y el odio visceral en el que vivía la protagonista, una pobre adiposa con sida que es marginada por el salvajismo y la violencia de su entorno. Viendo la película aquí "in situ", la tragedia desaparece; es un ejemplo nítido de lo que ves en la calle a diario. Obesos que no pueden ni moverse, gente amenazándose de muerte, personas carcomidas en vida por la violencia, la ignorancia y el odio. Fruto quizás de pasar la vida sentados consumiendo mierda orgánica y mental. Me acuerdo de nuevo de esos viejetes cubanos bailando y meneando el culo para ligarse a las turistas. Y pienso que quizás el secreto de la vida es no dar ni chapa, disfrutar lo máximo posible y comer frutas, arroz, frijoles y un buche de ron de vez en cuando.
Soy consciente de que la visión de la realidad la creamos (y la distorsionamos) nosotros mismos. Sé que el Nueva York idílico del que tantos turistas me hablan también existe, aunque solo te deja pasar de largo respirando apenas la fragancia de la gran ciudad. Pero si, existir existe para el afortunado (adinerado) que lo disfruta, para el becado, para el nene de papá, para el derrochador, para el que tapa sus ojos a todo lo demás. Para el resto, el común de los mortales, nos quedan las fotos típicas y la omisión (también auto-impuesta) de la fealdad y la infelicidad del lugar. Bien, eso es lo que yo ví y lo que yo contaré y creo que es más representativo que el New York de cartón piedra que venden hoy. Quien pueda que lo desmienta.
Los primeros meses trabajando en un parque de atracciones fueron bastante agradables y llevaderos. Los yanquis son muy amables y muy educados en general, tanto o más que los ingleses pero creo que bastante más sonrientes. Pero, si bien la educación la han heredado de los ingleses, también heredaron el distanciamiento. Para saludar son amabilísimos, pero otra cosa es compartir un momento de la vida con un desconocido. Y ni hablar de juntar a sus hijos con otros niños y menos si son de otro color de piel… ¡Vamos! Cuando les preguntaba que tal es este o aquel barrio, siempre me decían; Very nice! Only be carefull with black people!
Una de las claves de el sistema de vida americano es que los propios yanquis se lo han "tragado" enterito y lo defienden a ultranza como si ellos mismo lo hubieran creado. No es racismo, ni prepotencia simplemente, es más que eso, un patriotismo absoluto que les lleva a "dar las gracias por respirar" y eso se refleja en su vida cotidiana. Incluso la gente más borracha y más barriobajera es amable y educada y la mayoría se muestran alegres y felices (lo sean o no), porque les conviene, saben que si se portan mal, les va a ir mucho peor y como dicen aquí; "los de arriba te pueden dar una patada en el culo". Aquí hay mucha gente (entre ellos ancianos, ex-borrachos o ex-mendigos) trabajando explotados por un sueldo mísero, pero están más contentos que unas castañuelas con su país, con su comida apestosa y sus camisetas de la bandera y el ejercito de USA. Inconcebible y entristecedor a partes iguales.
A pesar de su pobreza cultural y económica, los yanquis siguen pensando que son el único lugar del mundo donde se vive decentemente y te compadecen constantemente por no poder gozar del sistema que ellos degustan con tanto esmero. En la antigua Roma también pensaban que los que vivian fuera del imperio, estaban en cavernas oscuras matandose entre sí y devorando a sus propios hijos. Al igual que los romanos, los yanquis tienen una mentalidad muy calculadora, saben muy bien donde están y donde estamos los demás. En Estados Unidos la legislación laboral es mucho mas dura y perjudicial para el trabajador que en cualquier otro lugar donde haya trabajado. En el empleo te dan descansos ínfimos que te descuentan del sueldo y no puedes ni ir a hacer pis si no te coincide con tu descanso. La sensación de estarse haciendo pis durante casi dos horas, retorciendote de dolor delante de tu supervisor impasible que te mira desafiante obligando a esperar tu turno, es lo más cercano que me he sentido nunca a la esclavitud. Jamás he experimentado ni volveré a experimentar nada parecido. Ahora, para ser sincero, eso ocurrió el primer día de trabajo, al segundo día casi me lio a ostias y me despiden, luego acostumbré mi vejiga a funcionar en los pocos descansos que teníamos.
En los Estados Unidos trabaja gente de todo el mundo y cada uno ocupaba su lugar sin rechistar. Nada es por casualidad. El blanco de cara al público, el mulato de camarero, el mexicano a la cocina, el chino a los trabajos esclavos, el ruso y el balcánico de lo que sea, pero bien controlados para que no se queden en el paraiso yanqui más de la cuenta. Los yanquis tienen un chollo con los trabajadores extranjeros que tanto denigran; los asiáticos, los rusos, los árabes y los balcánicos van a USA a matarse trabajando para sacar todo el dinero posible consumirlo obsesivamente en ropa y otras idioteces y a ser posible no regresar jamás a sus odiados países. No se si el amor que profesan a USA es real o fingido, pero es el requisito esencial para poder quedarse.
Los negros estaounidenses son un caso aparte; aunque hay mucha mezcla de negros con blancos y mulatos, en general la gente es blanquecina y rubia o de un negro africano, síntoma evidente de que se da mucha menos mezcla entre razas que en Latinoamerica. El negro yanqui suelen ser despreciativo, ignorante, violento, desconfiando y odioso. Está casi todo el tiempo cabreado con el mundo y lo exhibe apretando su ceño perpetuamente. Son otra clase económica y social, nada más alejado de la alegría y el calor humano de los negros de Latinoamérica. Y yo, como soy un izquierdista impuro e imperfecto, los comprendo pero no los justifico. Me parece que la esclavitud terminó hace tiempo, y aunque el racismo y la desigualdad se perpetúe, esta gente odiosa y violenta son la gente más racista que he conocido en la vida.
Todo el país está literalmente desbordado de latinos -sobre todo mexicanos- y asombra el nivel de terror que tienen. Cuando estaba trabajando y veía a algun mexicano (que es como ver a un compatriota hermano) le preguntaba de qué parte de México son, y para mi sorpresa, siempre, antes de responderme se miraban entre ellos y dudaban antes de hablarme, como si fuera un policía pidiéndoles el pasaporte. Tienen un complejo grandísimo, parece que no les gusta decir que son de México o Sudamérica, quizás creen que pasan por americanos "yanquis", que no se les nota a leguas que son de otro mundo, de otro color, de otra sangre, de otra naturaleza, mucho más caliente y hermosa. ¿Como alguien puede preferir vivir en otro país de este modo, con este miedo, con está inferioridad, con esta indignidad?
Trabajé 7 meses en USA, 4 en un parque de atracciones y otros 3 en un restaurante dominicano. Aprendí muchas cosas importantes de la vida, aparte del inglés. Ya me había dado cuenta de que los trabajadores y familias de USA son más victimas que verdugos y que las condiciones laborales son lamentables para todos ellos, incluso para los ancianos y enfermos. Pero comprobé además, que hay algo más perjudicial para el mundo que un explotador y es un pueblo que quiere ser explotado. Si la gente es temerosa, traga con todo y se siente feliz en su esclavitud, estamos todos jodidos. Si en Europa nadie reivindicara mejoras en el sueldo y en el horario, pasaría como aquí, trabajaríamos 12 horas para ganar 900 euros que no nos dan ni para comer y sin derechos de ningún tipo. A veces hay que vivirlo para creerlo.
Es triste oír a tanto extranjero decir que está contento de trabajar más y más en USA porque “no tiene nada más que hacer” y obviamente porque no tiene un duro y quiere llevarse lo máximo a su país. A los vagos españoles sin embargo no nos gusta estar 12 horas de pie al sol, ni nos gusta no tener tiempo para el ocio ni para cocinar, ni nos gusta comer la mierda de comida que se tragan ellos. No es nuestra situación ni en España ni en Latinoamerica ni en ningún lugar que yo conozca. Todos estábamos cansadísimos de trabajar de 11 de la mañana a 12 de la noche con solo 30 minutos de descanso, con la ropa sucísima porque no había ni tiempo para lavarla, comiendo pizzas y mierdas por el estilo ya que nadie tiene tiempo para cocinar.
En el fondo, la sensación que me dió la gente de USA es más de pena que de otra cosa, porque son, sin duda alguna la gente más desgraciada que he visto en mi vida. He viajado por países pobres como Marruecos, Ecuador, Cuba o incluso México. Pero allí, aunque son más desgraciados económicamente, a veces les ves felices y piensas que con un poco más de seguridad y una economía mejor serían más felices que nosotros.
Aquí no, aquí ves gente loca a diario, como nunca has visto en ningún sitio, con enfermedades nerviosas y tics de todo tipo, hablando solos por la calle. Necesitas verlo muchas veces para creerlo, pero te das cuenta de que muchos acaban con la cabeza atrofiada con tanta basura que les meten dentro; trabajar como perros para gastar en lo que sea, comer la mayor mierda del mundo sin importarles nada y pasar la vida delante de la tele o en tiendas o peor aún; ¡en casinos! Los casinos yanquis son el espectáculo más surrealista y lamentable que he visto en la vida; yo pensaba que no nos dejarían pasar de lo lujosos que son. Nada de eso, te encuentras desde adolescentes drogadictos a viejecitos enganchados como posesos a unas maquinas tragaperras que desprenden un sonido que te atocina la cabeza como si te hubieras fumado un porro.
La gente más activa del mundo también es la más cansada, la menos viva. Semi-robots enloquecidos, patizambos descoyuntados que con 20 años parecen de 30, con 30 de 40, y cuando pasan los 40 ya son semi ancianos. Los ancianos viajan en sillas eléctricas de ruedas (antes eran para matar, ahora para prolongar esa vida de muertos vivientes), llenos de tubos y cachivaches que les permiten seguir “viviendo”.
Cuando conoces la vida que han llevado no te extraña, el sistema exprime cruelmente a los seres humanos en jornadas de trabajo interminables y lo peor de todo, los convence de que deben trabajar más. Ser mejor persona es trabajar más; no se concibe la actitud contraria. Una vez pedí una reducción de jornada (me estaba volviendo loco trabajando 12 horas diarias) y nadie me entendía. Muchos me miraban extrañados y compadéciendome como diciendo; pobrecillo, va a ganar una mierda de sueldo.
Mi visión es la de un anti-imperialista convencido, pero no la de un niñato fumado o uno de esos pseudo-hippies antiamericanos porque sí. Además aquí no estoy hablando del imperialismo ni de la política exterior yanqui, sino de la vida cotidiana. No estoy diciendo que solo haya visto ese tipo de gente infeliz y malsana, no. Soy consciente de que existe otra realidad. Lo que afirmo pese a quien pese, es que todos los días, en cada viaje, en metro, en autobús, en las calles, en las tiendas, incluso en las aulas, respiraba el gélido vaho de la infelicidad más absoluta en una proporción mucho mayor al resto de lugares donde he vivido.
¿De donde puede surgir tanta infelicidad? ¿El resultado del American Way of Life? ¿El puritanismo del "tiempo es oro" y la “raza elegida” heredado de los ingleses? No lo sé, lo único que puedo decir es que ese exceso de gigantismo, ese exceso de velocidad, de sofisticación y de neo-riquismo, ese exceso de trabajo, de ganancia y de basura orgánica comestible no les sienta bien ni a ellos, por más que adoren su modo de vida.
Etiquetas:
America,
Crónicas,
Estados Unidos,
mafia,
Nueva York,
RELATOS,
USA
Subscribe to:
Posts (Atom)
