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23 Dec 2012

CALLES DE OTRO MUNDO





Plazas africanas, bulevares asiáticos, esquinas dominicanas, parques sudamericanos... Tras el boom de la inmigración algunos barrios madrileños han experimentado una transformación que les ha dejado irreconocibles. Este es un retrato de las zonas más étnicas, marcadas por el paro, la desigualdad, y la compleja convivencia entre foráneos y nativos. (Pulsar en las imágenes para ver la fotogalería).




En un extremo de la plaza de Lavapiés está Vicente López, madrileño de 74 años nacido y crecido en el centro de Madrid. Cuando cierra los ojos rememora las verbenas de su juventud, repletas de jóvenes con chaleco, boina, pañuelo y manolas embutidas en vestidos de colores. Se dirige a su negocio, una vieja relojería en la calle de la Fe. La abrió hace 50 años y la mantiene intacta, como un vestigio arqueológico de una ciudad que ya no existe.

En el otro extremo de la misma plaza está Diakité (Diego para los amigos), un senegalés con rastas de 29 años, prototipo del babel de razas, acentos y costumbres que es hoy Lavapiés. Es uno más entre las decenas de africanos que custodian las esquinas del barrio. “Esta plaza era la zona más castiza de Madrid. Pero hoy es más africana que otra cosa”, reflexiona el relojero.
En la capital conviven más de 180 nacionalidades distintas y el 22% de los habitantes son extranjeros. Los latinoamericanos son mayoría (un 51% del total), seguidos de los europeos (30%), asiáticos (9,5%) y africanos (7,4%). Tetuán, Lavapiés, Usera, Puente de Vallecas y Carabanchel son las zonas con mayor concentración de inmigrantes.

Según datos del Ayuntamiento, dos tercios de los madrileños están a favor del fenómeno migratorio, pero en las zonas mencionadas la integración es más compleja. Para unos son barrios multiculturales donde la convivencia mejora cada año. Para otros, guetos de desarraigo, droga y “mafias”.


Lavapiés multiétnico


La geografía humana de todo el planeta pulula por Lavapiés. Un microcosmos de transeúntes africanos, vendedores chinos y pakistaníes, locutorios de indios, mezquitas de bangladesíes y marroquíes, fruterías sudamericanas y grupos de turistas haciendo fotos ante la mirada golosa de los descuideros. Las patrullas de policía vigilan constantemente la zona, donde cada vez quedan menos negocios regentados por españoles.

La mezcla de alta inmigración y población envejecida dificulta a veces la integración entre españoles y extranjeros. Y mientras algunos ancianos se quejan del ruido y “la peligrosidad”, los jóvenes (el 23% del barrio son universitarios) se muestran encantados con el panorama multirracial e incluso han formado brigadas vecinales para impedir las detenciones xenófobas. “Varias veces los policías hemos tenido que salir corriendo de Lavapiés porque los estudiantes nos increpan”, cuenta el inspector José María Benito “nuestra presencia allí es muy necesaria porque se mueve mucha droga en calles y bares”.

De vez en cuando la policía irrumpe en el barrio para llevar a cabo redadas, detener a camellos y cerrar algún que otro bar. “En este barrio no hay violencia. Se podían ir a la Plaza del Reina Sofía a joder la marrana a los pijos que van a la disco Kapital. Siempre están haciendo botellón, meando, dando alaridos peleándose, estallando botellas y destrozando la calle”, acusa Diana, vecina de la zona.


El 67% de los bangladesíes y el 34,2 % de los senegaleses de la ciudad se concentra Lavapiés, sobre todo en la mencionada calle Amparo y en la Plaza de Cabestreros, a unos 100 metros de la de Lavapiés. Diakité es uno de los tantos africanos callejeros del barrio. “No me dedico al trapicheo, pero ya sabes, si alguien me pide yo se dónde encontrarlo”, comenta mirando a todos los lados. Fuentes policiales confirman que no es un área especialmente conflictiva, ni en la que actúen grandes mafias, sino grupos de camellos dedicados al menudeo de droga; “pequeñas chirlas”, en argot policial.

En algunos locales de la zona el movimiento no deja lugar a dudas. Dominic, senegales de 32 años, es camarero de uno de los bares más frecuentados de la zona. Sus ropas anchas, sus rastas, sus pómulos marcados y sus enormes dientes blancos le dan un aspecto simpático a la par que imponente. “Parece Omar, el de esa serie americana, The Wire”, comenta una clienta española mientras Dominic le prepara un cóctel y le guiña el ojo. Cada rato entran grupo de pakistaníes y africanos, chocan la mano y sonríen y vuelven a salir sin consumir nada. Mientras, los clientes se embriagan a base de mojitos bien cargados. Nadie parece darse cuenta de nada. La convivencia es óptima. Todos tienen lo que quieren.

El ritmo dominicano de Tetuán


Se dice que no hay dominicano residente en Madrid que no haya pisado por una razón u otra este barrio. En Tetuán, las calles de Topete, Almansa y Tenerife, aledañas a la comercial Bravo Murillo y a la glorieta de Cuatro Caminos, son un espectáculo digno del Nueva York latino: decenas de peluquerías convertidas en puntos de encuentro hasta altas horas de la noche, grupos de caribeños apostando en ruidosas partidas de dominó en las aceras, niños jugando al fútbol y al béisbol en medio de la calle, raperos improvisando rimas en las esquinas y mulatas bailando en locales de salsa con la música a toda pastilla. “¿Te gusta, hermano? A este barrio lo llamamos el pequeño Caribe de Madrid”, cuenta William, vecino de la zona.

Las reacciones entre españoles son las mismas que en Lavapiés: ancianos escandalizados y jóvenes encantados que aseguran que la convivencia ha mejorado mucho. Fuentes policiales confirman esta impresión: los mayores incidentes son pequeños hurtos, peleas tribales, coches con la música a tope y muy de vez en cuando un asesinato, como el de Luis Carlos Polanco, dominicano de 23 años que recibió un tiro en la cabeza en 2009 en plena calle Topete.


Balaguer es uno de los personajes más carismáticos del barrio. Madrileño nacido en Cuatro Caminos hace 72 años, vivió la trasformación de la zona desde la llegada de los primeros dominicanos en los años 80 y decidió ser uno más entre ellos. “Al principio me costó que me aceptaran. Entraba a los bares y me miraban raro. Pero hoy mírame, soy el puto amo del barrio”.


En todos los bares es recibido y celebrado “Balaguer mi helmano, vamo a bailá”. De lunes a domingo trasnocha en la Calle Topete emborrachándose y bailando con las jóvenes mulatas y hablando de política dominicana con los hombres: “Me llaman Balaguer por el antiguo presidente dominicano, el cerebro del dictador Trujillo”. Asegura que en el barrio hay mucha mafia, “pero a mi lado no hay problema con nadie”. Y eso parece, todo el mundo le saluda sonriente y añaden “si vas con Balaguer, vas seguro, porque todos le respetan y le quieren”.

Pero siempre hay excepciones. Al hacer una foto en un callejón se oye una voz ronca y caribeña: “¿A qué pinga se debe esto?”. Y el mismo Balaguer se pone nervioso y hace gestos de que es hora de marcharse. Se trata de El León, un mulato delgado y fibroso de unos 45 años, que viste cazadora de cuero y lleva pendientes colgantes en ambas orejas. “Aquí todo debe hacerse con mi permiso. Yo controlo el barrio y las bandas latinas”. Sea verdad o no, todo el mundo calla cuando él habla e incluso los raperos de las esquinas bajan la voz a su paso y le saludan diligentes.

En un barrio donde el 27% de los parados son extranjeros, muchos jóvenes dominicanos son carne de cañón para las bandas latinas como los Trinitarios y los Dominican Don´t Play. “Ya tú sabes, nos traemos lo bueno y lo malo de allá”, concluye Wilson.


El Chinatown de Usera


El 22% de los asiáticos de Madrid se concentra en el barrio de Usera, considerado el Chinatown de la capital. El aspecto es el de una ciudad asiática ornamentada de elegantes farolillos rojos y letretos en grafía china. En calles como Dolores Barranco el 85% de los negocios pertenece a chinos. Con solo un paseo se percibe el tejido social de esta comunidad discreta y hacendosa. Todo el mundo está trabajando en inmensos bazares, restaurantes y tiendas de todo tipo. Nada de reuniones callejeras ni de peleas. Casi todos son reacios a hablar. “No tenemos tiempo para discutir porque no venimos aquí a eso”, comenta Tinting Zhang, trabajadora china de 29 años. “Venimos a trabajar y eso es lo que hacemos: tra-ba-jar”.

Fuentes policiales afirman que los chinos son la nacionalidad más pacífica y que menos delitos violentos cometen contra españoles. "Las mafias chinas son las más sofisticadas, se dedican principalmente al fraude fiscal, al blanqueo de dinero y al contrabando de productos a gran escala. Los chinos procuran llevarse muy bien con españoles y no causar problemas. Solo emplean violencia contra sí mismos, casi siempre en forma de explotación laboral en talleres", explica un detective de homicidios.

Alfonso Chao, presidente del Comité para la Educación y la Integración de los Inmigrantes Chinos en España asegura que la convivencia con los españoles ha empeorado desde la macro redada en el polígono asiático de Cobo Calleja (Fuenlabrada): “Se está produciendo un alejamiento mutuo entre nosotros y los españoles. Es muy triste, porque se nos señala como mafiosos cuando hemos contribuido durante diez años a la economía española”.


La comunidad asiática siempre ha gozado de fama de trabajadora y las cifras corroboran esta impresión: el 95% de los chinos de España están trabajando. “Convivimos con ellos sin problemas”, comenta bromeando un vecino gitano de Usera: “Ellos trabajan de sol a sol y nosotros no curramos ni los días de lluvia”.




El sur latinoamericano

Los distritos del sur de la capital, como Latina, Carabanchel y Puente de Vallecas son las zonas con más paro de la ciudad y con mayor porcentaje de extranjeros desempleados (el 35%). Los ecuatorianos son la nacionalidad más numerosa y la más afectada por la crisis.


El ADN de la zona de Puente de Vallecas se encuentra en el Bulevar y la calle Peña Gorbea, punto de encuentro de familias enteras de latinoamericanos. Algunos hacen parrilladas, otros se emborrachan e incluso hay quien predica al buen Dios con megáfono. En las esquinas algunos camellos y toxicómanos tambaleantes se pinchan en las rodillas ensangrentadas, tiran las jeringuillas al suelo y se gritan constantemente cuando les vuelve a entrar el mono. Entre medias, una pareja de ancianos pasean atónitos ante los maniquís de las tiendas colombianas, cuyos pechos tienen el tamaño de balones de fútbol: “No es que tengamos nada contra los extranjeros, es que aquí se junta lo peor de cada casa”, comenta la mujer septuagenaria. Aunque los vecinos se quejan del ruido y la suciedad, los incidentes no son frecuentes.

"Los mayores altercados son las peleas tribales entre las bandas latinas y el tráfico de drogas cuyo núcleo está en la Cañada Real controlada por rumanos y gitanos españoles", explican fuentes policiales. La diferencia entre las mafias rumanas y las bandas latinas es que las primeras se crean para delinquir y cometen muchos delitos contra la propiedad, mientras que las latinas surgen para crear hermandad y para defenderse de otros grupos hispanoamericanos con los que tienen peleas tribales. Aunque también delinquen, este no es su objetivo fundacional. Los latinos casi nunca agreden a los españoles.

Maribel, vecina madrileña de 62 años vive en un cuarto de la Calle los Yébenes, en el barrio de Aluche. Desde su ventana tiene una vista privilegiada: el perfil de Madrid al completo delante del cual se eleva el Parque del Cerro de la Mica, en el que se asentaba uno de los poblados chabolistas más peligrosos de la capital.


Hoy, el cerro es un parque verde repleto de caminos, farolas y canchas de futbol y baloncesto. Todos los fines de semana cientos de ecuatorianos se agrupan en este parque para tomar el sol, hacer deporte y festejar el fin de semana. Vienen de todo Aluche y Carabanchel pero también de zonas más alejadas, como Parla y Getafe. Salen de la Renfe de Laguna (en una esquina del cerro) con sus neveras y sus bártulos, dispuestos a hacer picnic. “Son buena gente, no tengo nada contra ellos y ellos no se meten con nosotros, pero tampoco hay convivencia. Lo peor es que arman un follón… En verano hemos pasado noches toledanas”, cuenta Maribel.

El sábado 8 de noviembre la policía expulsó de las canchas de baloncesto a los latinos que las usaban. Unos dicen que fue por la suciedad que provocaban, otros dicen que por las peleas, otros que por racismo… Ni la policía ni los afectados dan motivos claros. “Usted puede ser policía y yo no soy cuentero”, es la respuesta más común entre los ecuatorianos. “Ahora que ellos no están, el parque ha quedado casi vacío”, cuenta Maribel “esto ya es más suyo que nuestro, porque ellos lo usan y nosotros, los españoles, somos más caseros. Y ya se sabe: El buey es de donde pace, no de donde nace”.



Cuando los primeros rayos del sol tiñen de amarillo las calles de Madrid, los inmigrantes trasnochadores y los madrugadores se cruzan. Asociaciones y ONGs aseguran que los muros de la incomunicación cada vez son más débiles. Los ancianos se acostumbran poco a poco a vivir en calles de otro mundo y los jóvenes se mudan a la zona premeditadamente buscando un ambiente multiétnico. La crisis y el paro obligan a muchos al retorno, pero para estos barrios no hay vuelta atrás. Casi todos los jóvenes de Lavapiés coinciden: si todos se fueran, Madrid sería mucho más aburrido.

20 Oct 2012

La Chinatown española, al rojo vivo

El 16 de octubre la policía desarticuló la red de blanqueo más importante de los últimos años. Su base estaba en Cobo Calleja, Fuenlabrada, el núcleo de comercio asiático más importante de Europa. Recorremos el polígono chino donde la tensión crece por momentos





En Fuenlabrada no se habla de otra cosa. “Se veía venir”, es la frase más repetida. El autobusero de la línea 471, que pasa por el polígono de Cobo Calleja, clama a voces: “Yo a los putos chinos ni los recojo”. En los asientos cercanos seis personas se unen a la conversación: “Haces bien, no generan un puto duro al país”, añade un hombre de unos 40 años. El autobús llega a una parada en la que esperan seis chinos. “No les pares”, susurra una mujer al conductor. “Si pudiera, les dejaría tiraos”, responde este. Y frena. Los chinos suben y se sientan en la parte trasera. El silencio reina.

El autobús llega al polígono industrial Cobo Calleja, a unos 18 kilómetros al sur de Madrid, considerado el núcleo de comercio chino más grande de Europa. El aspecto del lugar es el de una auténtica ciudad asiática con enormes edificios rojos en forma de cubo, inmensos bazares, elegantes letreros con grafía china, decenas de orientales montando en bicicletas y lujosos coches negros de alta gama. El polígono se construyó en los años 70 por el empresario leonés Manuel Cobo Calleja y hoy ocupa 160 hectáreas entre Pinto y Fuenlabrada. Casi 10.000 personas trabajan en los más de 370 almacenes de empresas mayoristas que abastecen a la mayoría de los bazares de España.


“China: La gran fabrica del mundo a su disposición”, reza la página web del polígono. Pero la realidad escondía una historia más compleja. El martes 16 de octubre la Fiscalía Anticorrupción llevó a cabo la Operación Emperador, contra la mayor trama de contrabando, evasión de capitales y blanqueo de dinero de los últimos años, cuya base era Cobo Calleja. La red mafiosa, formada por tres clanes chinos, actuaba desde 2009 y defraudaba cada año unos 200 o 300 millones de euros. En total pudo haber blanqueado unos 1.200 millones de euros introduciendo grandes cantidades de mercancía procedente de China. Los chinos evadían impuestos gracias a documentos falsos y a la corrupción de los funcionarios españoles a los que pagaban comisiones. Se señala como presunto jefe de la trama a Gao Ping, conocido empresario y promotor de arte. También han sido detenidos el concejal de Seguridad de Fuenlabrada, el socialista José Borrás y el actor porno Nacho Vidal.

Tras las detenciones y el precinto de varios almacenes, el estado de ánimo de muchos trabajadores de la zona roza la desesperación. Algunos coches de lujo siguen merodeando por el lugar, dando vueltas sin estacionar en ningún lugar, como vigilando la situación. Entre ellos, decenas de trabajadores orientales que se han quedado sin empleo deambulan por las calles con gestos de miedo y rabia. La mayoría de ellos se niega a declarar. Algunos afirman que conocían a Gao Ping, que “iba mucho por el polígono”, pero aseguran que ellos no pertenecen a “su familia”.


El vigilante del principal recinto precintado (un almacén dedicado a la importación de ferretería) tiene orden de no dejar pasar a nadie, pero tras un rato de conversación accede a dejarnos entrar y fotografiar toda la nave. “A las cinco de madrugada entró la policía con grande pistola y romperlo todo, pum pum”, cuenta haciendo el gesto de disparar con una escopeta y señalando los cristales rotos de uno de los almacenes.


En el interior del recinto hay grandes cajas plastificadas. Un gran ventanal de la tienda de ropa Gold City luce una enorme perforación. Aún hay aparcados 11 coches de marca BMW, Mercedes y Audi. Solo quedan tres bisuterías abiertas. Enfrente de ellas hay un hombre chino elegante y trajeado, que luce bigote y pañuelo de seda. Es el propietario de una bisutería que luce desolada en medio del patio cercado. Prefiere no dar su nombre. “Ya con la crisis el negocio iba mal pero ahora que esto está vigilado y vallado no viene nadie. ¡Llevamos días y días a cero! ¿Con qué pago a mis trabajadores?”, cuenta rabioso. “Nos echan la culpa a los chinos de la mafia, pero la culpa también es de los españoles corruptos de la aduana, porque nosotros no entramos en pateras como esos africanos ¿sabes? Entramos por fronteras legales”, añade el propietario, mientras sus empleados esperan aburridos a clientes que no llegarán “nosotros somos muy trabajadores, trabajamos día y noche”. Le pregunto si los trabajadores duermen habitualmente en los almacenes. “No, no”, se retracta “viven en Madrid”. Preguntados por su horario, estos responden en mal español: “No horario, todo el tiempo trabajar”.

Para los clientes españoles de Cobo Calleja todo está mucho más claro. “Era descarado. Allí prácticamente todas las compras se ejecutan sin IVA. Cobraban única y exclusivamente en metálico. Un día vi un hombre trajeado pagando más de 15.000 euros en billetes de 100, 200 y 500 en medio de los pasillos del almacén”, cuenta Jesús Martín, comerciante de Fuenlabrada. Sara Alcover es la propietaria de un bazar en la sierra de Madrid que compraba material en Cobo Calleja. “Ibamos siempre allí a pesar de lo lejos que está, porque es muy muy barato. Nunca tuvimos problemas con los chinos, son gente muy pacífica. Pero estaba claro que había algo raro allí. Había una nave, enfrente de donde yo compraba, que siempre estaba semi-vacía y a oscuras. El dueño llegaba todos los días media hora antes del cierre, cada día con un cochazo diferente, un BMW, un Tuareg o un Q7… Lo aparcaba en el garaje del almacén y cerraban. Y los trabajadores se quedaban a dormir allí”, cuenta Alcover.

Trabajadores y pacíficos

La comunidad asiática siempre ha gozado de fama de trabajadora y las cifras corroboran esta impresión: el 95% de los chinos de España están trabajando y el 40% de ellos son autónomos o empresarios. En Madrid hay casi 30.000 chinos y el 22% se concentran en el barrio de Usera, considerado el Chinatown de la capital. La relación de los chinos con los españoles no siempre ha sido pacífica. El 26 de julio de 2012 la policía desarticuló una de las mayores redes de venta de droga de la comunidad china y clausuró varios prostíbulos y dos conocidos karaokes de clientela asiática: El Cielo y el Mundo, en Parla y Uanma, en Leganés, ambos escenarios de trifulcas, detenciones y asesinatos. No obstante, según fuentes policiales, los incidentes son mínimos en comparación con otras nacionalidades.

Jenny Yong, secretaria general de la Asociación de intercambio de Arte Cultural Hispano-China, se declara sorprendida ante las detenciones: “Íbamos mucho a Cobo Calleja y seguiremos yendo porque hay mucha gente honesta allí que no son la mafia”. Por su parte Alfonso Chao, presidente del Comité para la Educación y la Integración de los Inmigrantes Chinos en España se muestra preocupado por la situación: “Se está produciendo un alejamiento mutuo entre nosotros y los españoles. Es muy triste, porque se nos señala como mafiosos cuando hemos contribuido durante diez años a la economía española”.

En Madrid, y especialmente en Fuenlabrada, el recelo entre la comunidad china y los españoles crece ante el mutismo de los primeros y la palabrería de los segundos. En Twitter, decenas de usuarios españoles escriben exabruptos con la etiqueta #putoschinos. Mientras unos se desgañitan, los otros se muestran taciturnos. De las 12 asociaciones chinas consultadas, solo dos han aceptado hablar del tema. “No tenemos tiempo para discutir, porque no venimos aquí a discutir ni a divertirnos”, comenta Tingting Zhang, trabajadora china de 29 años, “venimos a trabajar y eso hacemos”.

El autobús regresa del polígono de Cobo Calleja a Fuenlabrada. “Yo ya sabía que esto pasaría, con todos esos ferraris y esos chanchullos raros”, comenta el mismo conductor. “Y lo peor es que han pillado a una pequeñísima parte de todos los que son”, añade una mujer de unos 50 señalándose la uña del dedo índice. De nuevo, el vehículo para, se montan chinos y reina el silencio y la tensión.

Al poco rato, se oye de nuevo al conductor, esta vez en voz baja: “¿Te imaginas ser madero y tener que contar todos esos fajos de billetes? Se me saltaban las lágrimas cuando lo vi en la tele. En el fondo no tienen un pelo de tontos...”.





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