
Según el mito griego, Europa fue una hermosa
princesa fenicia de grandes y penetrantes ojos. Una mañana soleada, mientras se
divertía con sus amigas en una playa de Tiro (Líbano), la princesa tuvo el
infortunio de coincidir con Zeus, dios del cielo y del trueno, supervisor de
los dioses del Olimpo y mujeriego infatigable. Cuando Zeus vio por primera vez a
la joven sufrió una erección de caballo. Se escondió para espiarla con lascivia
y se tocó hasta el suplicio. Tan grande fue el bombazo emocional, que el mismo
dios rechazaba personarse ante la princesa. Temía ser rechazado. Estaba
obnubilado, paralizado, lobotomizado. Para engatusarla sin ser visto decidió
transformarse en un gran toro blanco de irresistible mansedumbre. Europa se
acercó a acariciarlo y cayó en la trampa: cuando estaba montando en su lomo, el
toro se alzó volando hacia los mares.
Los padres de Europa, desesperados, emprendieron
una búsqueda incansable pero nunca pudieron encontrar a la princesa. El
todopoderoso Zeus la había raptado y se la había llevado a vivir al oeste, a la
isla de Creta, donde al fin consiguió enamorarla y saciar sus salvajes apetitos.
Pero el destino no fue amable con Europa. Resulta
que el cabrón de Zeus estaba comprometido, cómo no, con la diosa Hera. Y ya
saben: una vez metido se olvida lo prometido. La humilde -y mortal- fenicia no podía
competir contra la eterna juventud de una diosa. Ya desfogado, Zeus fue
perdiendo el interés. Europa tuvo que conformarse con ser el capricho
momentáneo del Dios de Dioses. Tuvo todos los bienes a su alcance, pero no el
amor de Zeus. Europa tuvo que conformarse con ser una más en la larga lista de
conquistas del todopoderoso y mujeriego Zeus.
Hasta aquí los orígenes mitológicos. El resto es historia
conocida. En sus más de 3000 años de historia, a pesar de la riqueza material y
cultural, Europa cayó en el abismo de guerras crueles e interminables. La joven
envejeció mal y padeció diversas enfermedades: fanatismo, sectarismo,
nacionalismo y totalitarismo de todo tipo. Un nuevo Dios había dominado las
mentes de los hombres imponiendo una nueva religión monoteísta y controlando el
mundo través del Olimpo de los mercados financieros y sus santos apóstoles, las
empresas.
Desde entonces no han cambiado mucho las cosas. La
pobre Europa sigue raptada en aquella isla perdida, raptada y ninguneada, pero
aún enamorada de ese nuevo Dios supremo que, al igual que Zeus, se disfraza de
toro manso para engatusar y corromper. Un Dios conquistador, caprichoso, tramposo, y
experto en esconderse y cambiar de rostro según convenga. Europa, fruto de
siglos y siglos de saqueo y de ignominia, perece moralmente hasta el punto de
no reconocerse a sí misma. Y como siempre sucede, la infamada y maltratada se
regocija haciendo el mismo daño que padece. Dicen que el origen etimológico del
griego Europa (Ευρώπη) significa “ojos grandes”. Pero esos ojos no miran a
cualquiera.
Grecia fue la cuna de la civilización occidental.
Fue allá donde surgió la génesis del pensamiento, la filosofía, el arte, el
teatro y la democracia; la génesis misma de nuestra cultura. Pero hoy todo ello
no es más que palabrería, souvenirs baratos, turismo de masas. Y todo ello es
propiedad privada de ese falso toro manso y de aspecto pacífico al que todos
quisiéramos acercarnos, acariciar y quizás, insensatos, montarnos en su lomo.
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